Opinión

La guerrita de Calderón II

Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

En su artículo titulado “¿Quién frenará la guerra del narco?” publicado en La Jornada Aguascalientes el martes de esta semana, la diputada por el PRD Nora Ruvalcaba Gámez hace cuestionamientos sugestivos que me llevaron a ampliar mis comentarios de la semana pasada sobre el tema.
En primer término deja en claro que el Estado ha dado al problema un “tratamiento equivocado”.
¿Por qué equivocado? Pues simplemente porque Felipe Calderón ha arrastrado al Estado a una de las situaciones más riesgosas en la historia moderna del país después de la Revolución, con un capricho personal en su afán de legitimar su cuestionada elección, su aún más cuestionada calificación como presidente electo por parte del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y, finalmente, su toma de posesión bajo el manto del ejército.
Y ha sido tan equivocada que, como lo dije en otro comentario que se publicó tanto en la revista Proceso 1589 como en Crisol en línea:
“Unos tres meses después,  la prensa nos dio la noticia de que Calderón ya reconoció que ‘…es una batalla que… el gobierno… no puede ganarla solo…’ Y ahora, ese gobierno que él preside, sí necesita el apoyo ‘…de la sociedad, se requiere de los ciudadanos…’ para que lo saquen del atolladero en que se metió.
“Pero si el propio Calderón no confía en el pueblo -muros de acero al canto-, ¿cómo quiere que ese mismo pueblo le haga la tarea de hacer confiables a policías y ‘autoridades’ que no lo son? Lo que pide son actos de magia.
“Ojalá esto le ayudara a reflexionar en que más importante que la aplicación de la ley -en la que tanto insiste- es la justicia; que la autoridad, antes de ser investida por la propia ley, necesita estar ungida por la moral; y, finalmente, que el gobernante debe actuar con prudencia e inteligencia y evitar los actos viscerales, violentos por naturaleza.”
Y predicó en el desierto, porque el pueblo no le iba a apoyar en un capricho personal que ha costado la vida de 2,021 mexicanos en el sexenio de Fox y de 8,414 en los dos primeros años de Calderón (2,794 en el año 2007 y 5,620 del 1º de enero al 30 de diciembre en 2008) cifras que requieren un análisis riguroso para determinar cuántas muertes corresponden a ejecuciones entre narcotraficantes, bajas de los narcotraficantes en enfrentamientos con el gobierno, bajas del gobierno a manos de narcotraficantes -desde policías, soldados, presidentes municipales y otros funcionarios públicos de todos los rangos- errores militares y demás excesos autoritarios. Lo paradójico del caso es que este récord -que lleva un incremento sombrío- lo alcanza quien en su campaña se comprometió nada menos que a garantizar la seguridad pública.
Y pensemos, por ejemplo, en injusticias como el hecho de que el agricultor desprotegido se convierte en productor de marihuana, o el desempleado que se convierte en pequeño distribuidor, son colocados automáticamente en el terreno de los enemigos a los que el gobierno pretende reducir, aislar o de plano eliminar, sin molestarse en lo más mínimo en pensar que son mexicanos cuyos derechos el mismo gobierno ha conculcado con su criminal y pro-imperial política económica. Y lo más absurdo es que esto lo hace quien en su campaña se comprometió a ser nada menos que el presidente del empleo.
Por lo pronto, los mismos adinerados nacionales que lo llevaron al poder y lo incitaron a declararle la guerra al narcotráfico, ahora que les ha resultado contraproducente porque son los que están en la mira de los secuestradores, lo increpan y le dicen que “si no puede, renuncie”.
Y dos publicaciones de los Estados Unidos: el CQ Researcher, que se lee sobre todo entre las altas esferas políticas -el Capitolio, la Casa blanca, etc.- y la revista neoyorquina Forbes -de gran impacto entre los empresarios más ricos del mundo- coinciden en un juicio drástico en relación con la lucha mexicana contra el narcotráfico; el primero con un estudio distribuido el día 12 de diciembre pasado, denominado “La guerra contra las drogas en México. ¿Está la violencia salpicando a Estados Unidos?; y la segunda en el número del día 22, con el reportaje “Mexican meltdown” (México fundido). Ambas publicaciones coinciden en que Calderón está llevando a México a un precipicio de fracaso y bancarrota de imprevisibles consecuencias.
¿Les creerá Calderón a ellos, que es a quienes sirve como lorito en todas las reuniones internacionales abogando por la economía de mercado que ya incluso ellos están dejando de aplicar?
Pero “¿Quién frenará la guerra del narco?” pregunta Nora Ruvalcaba. Solo hay una persona que puede hacerlo y es quien la inició: Calderón. Si él tuviera la suficiente modestia, después de meditarlo a conciencia llegaría a la conclusión de que se equivocó; regresaría a sus cuarteles a los integrantes de las fuerzas armadas a las que expuso al ridículo sin necesidad alguna, puesto que de acuerdo con la Constitución nada tienen que andar haciendo en labores policíacas y dejaría de estar anegando su conciencia en tanta sangre derramada por su obcecación e incompetencia que ahora tienen al país enfrascado en un problema mayor que seguramente él no va a saber resolver, pues no posee la virtud de la humildad -aquella que consiste en reconocer las propias limitaciones- para solicitar el consejo de expertos en la materia, que los hay.
Y si Calderón no corrige el camino, legalmente hablando al pueblo lo único que le queda será inconformarse mediante las manifestaciones públicas.
¡Cuánta urgencia tiene México de instrumentos de democracia directa como la revocación de mandato para no tener que soportar ineptos durante todo un sexenio! Pero claro, mientras la enorme mayoría de nuestros legisladores actúen de espaldas a sus supuestos representados y sean más sensibles a los “cañonazos” del poder ejecutivo, se doblegarán al partido en el poder, el que hipócritamente se opone, ahora, a propuestas que él mismo planteara cuando era oposición. n
Aguascalientes, México, América Latina


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