Opinión

Las Drogas I

Nuestra especie -homo sapiens sapiens- que existe hace solo 12 mil años, es la inventora de la agricultura. Pero es muy probable que las mujeres de nuestra especie antecesora -la homo sapiens Cro-Magnon, que vivió entre 10 mil y 40 mil años a.C.- hayan dejado las bases para las técnicas hortícolas y pastoriles, que requieren considerables conocimientos organizados sobre la reproducción y cuidado -domesticación- de plantas y animales, así como su uso alimenticio, medicinal, mágico, etc.

Entre esos productos están las llamadas drogas, que el diccionario de la Real Academia Española define: “Del ár. hisp. hatrúka; literalmente, ‘charlatanería’. f. Sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes. || 2. Sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno. || 3. medicamento. || ~ blanda. f. La que no es adictiva o lo es en bajo grado, como las variedades del cáñamo índico. || ~ dura. f. La que es fuertemente adictiva, como la heroína y la cocaína.”

Como se ve, las drogas pueden ser de efectos diferentes: estimulantes, deprimentes, narcóticas (“p. ej., el cloroformo, el opio, la belladona, etc.”) o alucinógenas, además de adictivas como la heroína o la cocaína, o bien no adictivas o adictivas en bajo grado, como la marihuana.

Ya de aquí se pueden desprender muchas conclusiones, pero en esta ocasión lo que nos interesa es destacar que el uso de las drogas, de cualquier índole que sean, es tan antiguo como la humanidad misma. Hasta en las películas vemos a chamanes, brujos, sacerdotisas, reyes, emperadores y hasta papas utilizando filtros mágicos, brebajes, ungüentos, bálsamos, cocimientos, vapores, humos, raíces, polvos, piedras, animales, venenos, antídotos, etc. Y nuestras comunidades autóctonas americanas consideran como sagradas a plantas como el peyote -del náhuatl peyotl- en México, la hoja de coca -del quechua kuka- en los Andes, la marihuana -Ganjah, derivada del nombre hindi del río Ganges y de Jah, forma abreviada de Dios, en hebreo- a la que también llaman “pan real” los miembros de la religión Rastafari en el Caribe, y cierto tipo de hongos en diversos países, entre otras.

Los pueblos euroasiáticos y africanos cultivaron la Botánica y llegaron a construir obras excelsas como los jardines de Babilonia -siglo siete antes de Cristo- considerados una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Con el oscurantismo científico impuesto durante la Edad Media por el imperio Católico Romano -entre otras cosas en el terreno de la medicina- la Biología en general y la Farmacopea en especial se estancaron, conservándose solo la llama de la investigación en la periferia musulmana del Califato de Córdoba, que en el siglo diez ocupaba dos terceras partes de la actual península Ibérica y era “el lugar más culto y liberal de Europa”.

En nuestro continente, el conocimiento en cuanto a plantas y animales fue tan amplio y profundo que las culturas mesoamericanas, por ejemplo, construyeron, organizaron y mantuvieron infinidad de jardines botánicos como el prodigioso de Tezcucingo con su sistema de terrazas irrigadas por un acueducto que llevaba el agua desde las estribaciones del Iztaccíhuatl hasta la cumbre del cerro; el de Xochimilco con su sistema de chinampas (pequeñas parcelas flotantes); o el de Oaxtepec que, dividido e irrigado por el río Yautepec, poseía temazcales, un hospital para reposo de convalecientes, estanques para la cría de peces, inmensos jardines y huertos con legumbres, yerbas medicinales y árboles frutales con las más variadas especies traídas de todos los confines por órdenes del emperador Moctezuma Ilhuicamina, quien además dispuso construir uno de los más grandes y suntuosos palacios del imperio, todo lo cual maravilló a los conquistadores que vieron “…ricos aposentos… y la madera tan olorosa de cedros y árboles preciados, salas y cenadores y baños, y muchas casas… encaladas y hermoseadas de mil pinturas… que era cosa admirable y ciertamente era huerta para un gran príncipe…”

Las “casas de animales” y las “pajareras” eran verdaderos zoológicos; el del gran palacio de Tenochtitlan era atendido por más de seiscientos trabajadores.

Todas las especies ubicadas en estos espacios no eran simples aglomeraciones, sino que eran estudiadas con un sistema taxonómico (clasificación metódica) y un propósito que no se limitaba a la ciencia y el esparcimiento, pues también eran espacios de meditación con una trascendencia estética, cósmica, ontológica.

Constancia fehaciente de esa ciencia prehispánica está en el códice botánico-medicinal escrito en náhuatl por el sabio indígena de origen xochimilca Martín de la Cruz, traducido al latín por otro sabio indígena, Juan Badiano, y obsequiado al emperador Carlos Quinto bajo el título Libellus medicinalibus indorum herbis (Libro de las hierbas medicinales de los indios).

Europa recibió con júbilo estas aportaciones americanas y, potenciando su renacimiento, organizaron los primeros jardines botánicos del viejo mundo: Padua en 1543 y Pisa en 1546, antecedentes de las obras cumbre de Linneo y Darwin, publicadas dos y tres siglos después, respectivamente.

El conocimiento científico obtenido en aquellos jardines botánicos y zoológicos del Anáhuac se difundía entre toda la población e independientemente de que hubiese médicos, en las casas se cultivaban las yerbas medicinales de uso más frecuente y se poseían herbarios con muestras de especies de orígenes lejanos adquiridas en los tianguis lugareños o en Tlatelolco, uno de los mercados más grandes del mundo.

Esta sana costumbre, vigente en nuestro estado todavía a mediados del siglo pasado sobre todo en lugares como Jesús María, se niega a sucumbir en los mercados con nuestros yerberos, herederos de nuestros sabios curanderos de la Gran Chichimeca.

Pero dejemos el tema de la Medicina tradicional para otra ocasión y volvamos al de las drogas, que seguiremos tratando la próxima semana.

Aguascalientes, México, América Latina


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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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