Opinión

Las Drogas IV

Las drogas no son buenas ni malas en sí; los que actuamos bien o mal somos los seres humanos según el uso que les demos. El más noble es el terapéutico o curativo que, cuando se aplica de manera responsable con un propósito específico y no repetitivo, no dejan secuelas ni producen adicción; ejemplo de ello son cualesquiera de las derivadas del opio que se utilizan como anestésicos para proceder a una intervención quirúrgica o como analgésicos después de ella, y otros que se utilizan como psicofármacos en el tratamiento de estados psicóticos como la esquizofrenia o la paranoia.

Algunas se usan con fines mágicos, rituales, festivos, o simplemente placenteros; son muy apreciadas por quienes, erróneamente, creen que con ellas pueden atraer la fortuna y el amor y alejar toda clase de angustias y malestares, como si fueran la panacea tan buscada por los antiguos alquimistas.

Pero cuando esas drogas que se denominan psicotrópicas se utilizan en forma desordenada, las pérdidas que se reflejan posteriormente en el deterioro de la salud son costosas y terribles, pues pueden llegar a destrozar la vida intelectual y emocional de la víctima, la tranquilidad y patrimonio de su familia, e incluso conducirla a cometer delitos premeditados o involuntarios. [“Una sustancia psicotrópica o psicotropo (del griego psyche, “mente” y tropein, “tornar”) es un agente químico que actúa sobre el sistema nervioso central, lo cual trae como consecuencia cambios temporales en la percepción, ánimo, estado de conciencia y comportamiento”]

El final de un drogadicto puede ser la muerte temprana por daños a órganos diversos, pero el origen de todo radica en que la droga psicotrópica o estupefaciente daña, en primer término -repito- al sistema nervioso central.

Por esa razón continuaremos analizando la forma como actúan en el ser humano, insistiendo en que el propósito consiste en difundir ideas generales para aquellos lectores que desean introducirse en el tema -de preferencia jóvenes que necesitan elementos de referencia para tomar decisiones- sin pretender desarrollos especializados de carácter anatómico, fisiológico y mucho menos terapéutico, que no son de mi competencia.

 

Infiltración de las drogas en el organismo

 

Entre las acciones más usuales están las de ingerirlas, ya sea bebidas (alcohol, café) o masticadas (peyote, hoja de la coca); chuparlas o tragarlas en forma de tabletas o cápsulas (LSD, cafiaspirina, éxtasis); fumarlas (tabaco, marihuana); inhalarlas (cocaína, solventes, pegamentos); e inyectarlas (heroína, morfina, etc.). Algunas son versátiles, pues pueden incorporarse en más de una forma.

 

Desórdenes que provocan

 

Un trago de aguardiente, por ejemplo, es absorbido con mucha rapidez en las paredes del estómago, debido a que por sus características moleculares no requiere mayor separación de sus componentes; de allí es transportado de inmediato por los vasos sanguíneos entre otras partes al cerebro, estimulando las neuronas en diferentes grados de intensidad, según la cantidad y calidad de droga que se consuma.

Una copa de vino tinto en las comidas es incluso aconsejada como un tónico reconstituyente.

Dos o tres copas de una bebida “espirituosa” en una reunión, estimulan, alegran y contribuyen al ambiente festivo, porque las neuronas despiertan las potencialidades del organismo que responde con chispa y brillantez.

Pero una vez traspasado cierto límite -que nadie puede definir con certeza en números porque cada organismo tiene el suyo- las neuronas empiezan a embotarse, “pierden el piso” y dejan de razonar lógicamente; las órdenes que dan son confusas. Por su parte, las fibras nerviosas encargadas de transmitir esas órdenes de por sí deficientes, las tergiversan a su vez o de plano las interrumpen. El resultado es desastroso.

El problema se agudiza cuando un “alma caritativa” nos enseña que la mejor manera de evitar la cruda es manteniéndonos ebrios en forma permanente, mediante las muy variadas y folklóricas formas de “curárnosla”. Porque no hay duda de que medio litro de aguardiente en el torrente sanguíneo actúa en sentido contrario al tonificador: en lugar de estimular, deprime. Es cuando el borrachín pasa de la alegría al pleito, luego llora sus desgracias, después balbucea porque ya no puede coordinar sus ideas ni sus músculos; si ya está en la etapa del “delirium tremens” lo aterrorizan desvaríos mentales cuando no encuentra qué beber y, si no tiene perro que le ladre, se queda dormido en cualquier parte con riesgo de morir de frío, atropellado, por asfixia al carecer de reflejos para controlar el vómito, o por intoxicación si la sobredosis fue excesiva. Y si sobrevive, al día siguiente lo estará esperando la tortura de la cruda moral cuando despierte con la piel achicharrada por el sol y sin saber dónde está ni qué pasó. Pero no faltará alguien que se apiade y le dé unas cuantas monedas, que utilizará para “hacerse la cruz” recetándose una “piedrita” y repetir el ciclo. (Continuamos la próxima semana). 


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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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