Opinión

Odessa, la obra maestra olvidada de…¿los Bee Gees?

Si 2009 es un año abundante en aniversarios número 40 para la música rock, el mundo debió haber sido un lugar sumamente interesante hace cuatro décadas, al menos, musicalmente hablando. En los próximos doce meses se cumplirán 40 años de los conciertos de Woodstock (amor y paz) y Altamont (simpatía por el diablo). En enero son 40 años desde la última tocada de los Beatles (en la azotea de Abbey Road) y en julio es el aniversario de la muerte de Brian Jones. En 1969 aparecieron tres de los discos más grandes de todos los tiempos, el Abbey road, Let it bleed y Led Zeppelin I; nació el supergrupo Blind Faith y mientras el hombre llegaba a la luna, en las radios de todo el mundo la canción más popular era aquella del inicio de la era de Acuario (Aquarious/Let the sunshine in).  1969, más que año internacional de la astronomía, debería ser el año internacional del rock. No quiero olvidarme de otro 40 aniversario, quizá más modesto, pero que merece se le dedique esta columna de 13 de enero, pues justo hoy Rhino Records lanza a la venta la nueva edición de “Odessa”, el que fuera el cuarto álbum de los Bee Gees.

Sé que en este punto algunos lectores se verán tentados a dar vuelta a la página del periódico atacados por una indignación snob y una imborrable (e injusta) imagen de los Bee Gees como un trío de treintones con cadenas, pantalones blancos acampanados, melenas esponjadas con de pistola para el pelo y voces muy, muy agudas. Algunos incluso se sentirán ultrajados de ver el nombre de los infames Gees junto al de las bandas de Page, Lennon, Jagger y Clapton. Pero en realidad esa imagen discotequera es apenas un trozo –cinco años–  de una carrera que duró más de cuarenta. Los Bee Gees eran ya una banda efectiva muchos años antes de ganar notoriedad por sus voces chillonas y ritmo funky. En 1967 el entonces quintento compuesto por los hermanos Barry, Robin y Maurice Gibb, más el guitarrista Vince Melouney y el baterista Collin Peterson, saltó a los reflectores como un grupo más de la ola inglesa, vestidos con ropas de Carnaby Street, muy lejos aún del pelo en pecho y cadenas. En cuanto a imagen, eran indistinguibles de otras bandas como los Byrds, los Kinks o los Monkees. Y para sorpresa de muchos, sí, eran una excelente banda, con una gran capacidad armónica, intuición para la composición, gusto por las letras extravagantes y capacidad natural para crear ganchos melódicos. En apenas dos años, produjeron una cascada de auténticas joyas pop como “Massachussets”, “World” y “Have you seen my wife Mr. Jones”. Su inagotable curiosidad los llevó a experimentar todo tipo de propuestas lírico-musicales.

Revisando su extenso catálogo uno se encuentra, por ejemplo, con ecos de Dylan en “Sir Geoffrey saved the world” (Vicky Hayes se acerca al pueblo / predicando en los subterráneos/ hablando con los corderos que bajaron del cielo. /Todo mundo se aferra a algo / pero nadie tiene nada / todo mundo está feliz / pero nadie puede ver), eficaces intentos de incursionar en el rock pesado (“On time”) e incluso himnos con motivaciones políticas como “I´ve gotta get a message to you” , un single perfecto que era también una protesta en contra de la pena de muerte; había perfeccionismo clasicista en rolas muy tempranas como “Holiday” y barroquismo gregoriano en “Every christian lion hearted man”, sin mencionar la belleza tipo beatle de “Lonely days”, una tonada que me sedujo desde la primera escucha. Luego, en la década de los 70, pasaron brevemente a la música disco hasta alcanzar su nadir en los años 80, cuando mencionarlos era casi una mala palabra.

Para muchos, su punto más alto fue quizá el álbum “Odessa”, disco esencial que pudiera aspirar al título de obra maestra. Originalmente empaquetado como álbum doble, con forro de terciopelo rojo, los Bee Gees lo concibieron como un álbum conceptual que originalmente sería llamado “Masterpeace” (sic). En estricto sentido, Odessa no resultó ser un álbum conceptual, aunque aquí y allá se observan rastros de una intención unificadora y un eje temático acerca de un hombre perdido en el mar; musicalmente, tiene una vocación sinfónica y arreglos de cuerdas más complejos que en discos anteriores.

Esto no quiere decir que los hermanos Gibb no hubieran compuesto buenas canciones antes de Odessa. Ahí están “To love somebody” y “Lemons never forget”. Pero podríamos extraer cualquiera de ellas de su álbum, ponerla en otro y nadie notaría la diferencia. Odessa, en cambio, posee una redondez absoluta, la banda está al tope, sobre todo Robin, que busca sintetizar una larga historia que comienza con el desastre del barco británico Verónica, perdido en el mar Báltico en 1899. Robin, con su voz vibrato natural, encarna al capitán que se despide de su amante desde ultratumba (Querubín, perdí mi barco en el mar Báltico / estoy en un iceberg corriendo libre) para terminar en un crescendo en tonos muy bajos, creando un efecto realmente hermoso, seguido de una calma sepulcral, rota por una guitarra flamenca. El álbum en seguida brinca a “You´ll never see my face again”, una de las baladas más bien logradas en la carrera de Barry (que para estas alturas aún no descubre el falsetto que lo haría famoso) y en seguida “Black Diamond” que, nuevamente, quizá sea una de las interpretaciones vocales más complejas de Robin.

Otros momentos decisivos del disco son “Melody fair”, “First of May” (que después serían el soundtrack del inolvidable film Melody) y “Lamplight”, de una ambición sonora destacable lograda en base a la armonía de los tres hermanos, que casi suenan como coro polifónico; canción de amor idílico que no deja de tener su cinismo poético (Me quedé solo con mis pensamientos y me reí/ entonces vi tu cara en una vieja fotografía/ pensé que no podría vivir sin ti / pero ¿qué más puedo hacer?), así como la velada burla al progreso en “Edison”, crítica mucho más sutil e incorpórea que los himnos de protesta tan en boga en 1969 (Edison incendió al mundo/ realmente nos hizo el día / Todo el mundo puede saborear su gloria / pero oh, míranos ahora / tenemos tanto que aprender).

La nueva edición de Odessa incluye un CD extra con versiones alternativas y sobrantes como “Nobody´s someone” y “Pity”. El triple álbum reproduce el paquete original de terciopelo, incluyendo un póster y una calcomanía. Si bien Odessa no tuvo la trascendencia de otros discos del grupo como “Saturday night fever” o “Spirits having flown”, es un buen punto de entrada a su discografía: conozco a coleccionistas ortodoxos que admitieron este único disco de los Bee Gees en sus discotecas. Yo agregaría otros dos: “Horizontal” (1968) y “Main course” (1975).

Habiendo dominado tantos estilos musicales, no es una sorpresa que tantos actos hayan reconocido callada o abiertamente la influencia de los Bee Gees en su música, desde Madonna hasta la banda de rock pesado Kiss. En los últimos años, incluso los cantantes de rap han empezado a abrir el baúl de tesoros de los hermanos Gibb. Los Gees, como muchas otras bandas, cometieron errores monumentales en su carrera (hasta los Beatles hicieron su Magical Mystery Tour), pero creo que quienes apuntan sus dedos hacia ellos no han escuchado otra cosa que “Staying alive”. Si hubo un tiempo en que nadie quería volver a oír a los Bee Gees (los absurdos vetos radiofónicos de los años 80), la reedición de su obra maestra, Odessa, es un buen momento para reconocerles el lugar que merecen: uno de los más destacados en la historia de la música contemporánea.

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Gustavo Vazquez Lozano

Gustavo Vazquez Lozano

1 Comment

  1. 17/09/2017 at 14:26 — Responder

    Hay muchos discazos en la carrera de Bee Gees no solo Odessa como por ejemplo Cucumber Castle y To Whom It May Concern, a este punto considero que Bee Gees es una de las bandas mas infravaloradas de la historia hasta por los que se dicen “conocedores” de musica.

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