Opinión

¡Santos Prepucios!

 Marco García Robles

En nuestro calendario, el primero de enero hace referencia a la Circuncisión; o sea, el acto en el que un rabino cortóle la piel que recubría el glande del niñito Jesús… ojalá que esta celebración no sea motivo de apelativo, como le pasó a don Aniv de la Rev o la señora Expropiación.
Como buena familia judía, a los ocho días de nacimiento del Mesías, María y José acudieron al templo a refrendar el pacto de Yahvé con Abraham, consistente precisamente en cortar ese pedazo de pellejo “innecesario”. Ya en el Nuevo Testamento, San Pablo habla de que este rito ya no es obligatorio, pues el salvador había derramado ya su sangre en una nueva alianza con Dios.
Pero como mi intención no es dar una clase de religión ni nada por el estilo, sólo mencionaré que la supuesta existencia de los “divinos restos” -que tradicionalmente eran enterrados- suscitó debates y libros enteros sobre si Jesús resucitó con su miembro completo o si se llevó el citado trozo viril en la Ascensión (ojo, que quede claro que no estoy vacilando, no vaya a ser objeto de una lapidación).
La abadía de Charroux reivindicó poseer el Santo Prepucio durante la Edad Media. Se dijo que había sido regalado a los monjes por Carlomagno, del que a su vez se dice que aseguró que un ángel se lo había traído (aunque existe otra versión según la cual el Santo Prepucio fue un regalo de boda de Irene, emperatriz de Bizancio). A principios del siglo XII, se llevó en procesión a Roma, donde se le fue presentado al Papa Inocencio III, al que se le pidió que asegurase su autenticidad. Su Santidad rechazó la propuesta.  La abadía de Coulombs, en la diócesis de Chartres también reivindicó en la Edad Media estar en poder de dicha reliquia. Una leyenda dice que cuando Catalina de Valois se quedó embarazada en 1421, su marido, Enrique V de Inglaterra, mandó buscar el bendito “aro”.
La cuestión, como me señalase mi buen Robledo -jefe de fotografía de este diario-, es que mis aportaciones buscan combinar palabras altisonantes, escabrosas e intensas, así que para su deleite las enumeraré de una buena vez, a propósito de la verga (acepción de “pene” según la Real Academia Española de la Lengua, para que no se me escandalicen) con o sin el citado cuero: penetración, requesón, frenillo, semen, erección, vagina, puñeta. No las enlisto porque esté afectado por el síndrome de Gilles de la Tourette, sino porque servirán para algunos comentarios a continuación.
La circuncisión (en latín: “cortar en círculo”) estuvo en boga en pasadas generaciones como una práctica de salud pública, luego cayó en desuso, principalmente en Europa y de manera reciente resurge como una propuesta para reducir las infecciones de transmisión sexual (ITS) como el VIH/sida y el papiloma. Resulta que se ha demostrado que un hombre circuncidado tiene menores probabilidades de resultar afectado al sostener relaciones con una mujer que tenga algún cuadro de ITS -antes llamadas enfermedades venéreas-. Por ello la Organización Mundial de la Salud sugiere que se instituya como una práctica de prevención.
Quizás muchos varones no tomen en consideración ese pedacito de su ser, salvo que lo vean atascado en su cremallera, porque su pareja (hombre o mujer) se queje de mal olor debido a la acumulación de una sustancia blanquecina denominada científicamente como “esmegma” –requesón para los cuates – o bien, porque en el acto de penetrar resulta doloroso porque no se retrae completamente con la erección –fimosis-.
Esta última situación médica, que por la dificultad del aseo personal puede devenir en infecciones, propicia la recomendación de realizar la extirpación del prepucio, o por lo menos del frenillo –ese “tensor” similar al de la lengua-, con lo que se puede alcanzar una higiene óptima y mejorar la vida sexual. El argumento principal en contra es por supuesto, la disminución de la sensibilidad del pene, causada por la queratinización o endurecimiento de la piel y la mucosa del glande.
Papás: No regañen a sus hijos por “chaqueteársela”, “jalarle el cuello al ganso” o “ir con Manuela”, pues la masturbación, además de constituir una forma de autoconocimiento de la respuesta sexual, es también un mecanismo para disminuir y hasta desparecer la fimosis. Y no se sientan culpables aunque Jehová (censurado de sus genitales en la Capilla Sixtina) haya castigado a Onán por “derramar su semen”.
Por cierto, una de las pocas representaciones de “La Circuncisión de Jesús” puede apreciarse en la Pinacoteca Parroquial del vecino municipio de Asientos. ¡Ah! y si quieren conocer una versión cinematográfica donde el Nazareno sí hace uso de sus circuncidadas partes, no dejen de ver la película “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, prohibida por años en nuestro país


Vídeo Recomendado


The Author

opinionLJA

opinionLJA

No Comment

¡Participa!