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El rayo se apaga (crónica de un aficionado necaxista)

Hasta el día de ayer, minutos antes de que iniciara el encuentro entre los Rayos del Necaxa y los Tuzos del Pachuca, el equipo aguascalentense presentaba los siguientes argumentos:

10 juegos jugados; sólo uno ganado, por tres empatados y, nada más, seis perdidos. Junto con Tigres (en igualdad de circunstancias, es decir, con 10 juegos jugados), se presentaba como el equipo más goleado del torneo, con 19 goles recibidos; Indios seguía a este par de equipos con 18 goles recibidos. En cuanto al poder ofensivo, Necaxa competía por el penúltimo deshonroso lugar; sólo 11 goles anotados; prácticamente uno por partido. El último lugar en este rubro, era (sigue siendo) posesión absoluta de Morelia, que sólo ha anotado seis goles en lo que va del torneo (ahora nos explicamos por qué el Necaxa sí les pudo ganar a ellos). Seis puntos, de 30 disputados. Seis dolorosos, ridículos y miserables puntos era la cosecha total que el equipo de Aguascalientes mostraba en la tabla general, hasta el día de ayer, antes de su partido contra Pachuca. Esta suma, además del resto de las desastrosas estadísticas, era la que lo tenía en el sótano de la tabla general. Basados en estos datos, la efectividad del equipo se reducía a un 20 por ciento. Si fuera tienda de abarrotes, tendría que declararse forzosamente en quiebra. Banca rota. Se fini. Consumatum est. Game over. Sálvese quien pueda. ¡Niños y mujeres primero! Localidades gratis a los primeros 20 mil aficionados que soporten ver 90 minutos de debacle, cada quincena…

Pero la esperanza es lo último que debe morir, sobre todo cuando algo tan oneroso, como una plaza en primera división, está en juego. Necaxa y su afición soportaban su esperanza en su primera victoria del torneo, conseguida contra el equipo moreliano.

El ritual del aficionado

 

Necaxa, ayer, poco antes de las 19 horas, saltaba a la cancha con un uniforme inusual: completamente rojo. Un rojo que alarmaba; que debía alarmar al rival, quizás, porque emulaba al color del uniforme que el líder general del torneo -Toluca- porta con tanto orgullo. Mientras los equipos se acomodaban en la cancha, este reportero sacaba del ropero, religiosamente, aquella preciosa casaca del Necaxa de finales de los 90: Con el escudo del equipo en el corazón, y sus dos dignísimas estrellas justo arriba de dicho escudo. Playera completamente pulcra de publicidad, salvo por el recuadro de Elf, y en el lado derecho del pectoral la marca deportiva de la casaca, Umbro. Donde debía llevar el número, mi casaca tiene la invaluable firma de Alex Aguinaga, y algunos otros jugadores de aquellos tiempos. Me puse la playera. Me senté frente al televisor. Y acallé mi desencanto por el actuar de este tibio equipo, que no es lo que fue la década pasada. La esperanza es lo último que debe morir. Todavía se puede. Todavía…

Vía crucis ó 90 minutos de calvario

 

No terminaba por acomodarme bien en el sillón, no habían pasado tres minutos de juego, cuando Christian Giménez mandaba un balón que no era tiro ni tampoco centro, pero que Iván Vázquez medía con absoluta falta de pericia… Al minuto dos, Pachuca coreaba el primer gol den encuentro. El ritual, la esperanza, comenzaba a enturbiarse, a hacerse lo que ha sido casi todo este torneo: un profundo rencor contra un equipo que no es el que hizo que me enamorara del futbol cuando era pequeño.

Las cosas pintaban definitivamente mal. No era culpa del plantel, tampoco del técnico. El error había sido del portero; cierto. Pero apenas era el minuto dos. Un equipo fuerte tiene que reaccionar; 88 largos minutos le restaban al encuentro.

Sin embargo, Necaxa se desdibujó; acumuló hombres a la altura de la media cancha, pero no había coordinación entre ellos; los esfuerzos individuales eran sofocados incluso con facilidad por un Pachuca que no hacía nada extraordinario, pero que seguía tocando la puerta. Entonces Iván Vázquez tuvo un par de oportunidades para enmendar su error, y lo hizo con un par de vistosas y efectivas atajadas.

El primer tiempo siguió en el mismo talante. Un Necaxa desorientado, nervioso que no lograba conectarse en el partido, y un Pachuca haciendo las cosas simplemente bien. Bien a secas. Así se acabó la primera parte.

Para el segundo tiempo, los Rayos saltaron a la cancha con otra disposición. Definitivamente querían cambiar las cosas, revertir el marcador; así, a gritos y sombrerazos, bien que mal, los jugadores empezaron a integrarse al ataque; a hablar entre ellos; a avanzar como el equipo que deben ser. A cuatro minutos de comenzado el segundo tiempo, el “Chango” Moreno sacaba el cañón y disparaba un balazo que parecía iba a gol, pero que se estrellaba en el travesaño. Ahí debimos preocuparnos todos (todavía más). Jugadores, afición, directiva; ahí las veladoras debieron apagarse: a pesar de que en Aguascalientes amagaba con llover y el relámpago iluminaba la ciudad y el trueno cimbraba los corazones de los niños; a pesar de todo ello, Thor no estaba con el Necaxa. El largo fulgor que atravesaba la noche de Aguascalientes, nada decía en el estadio del Pachuca.

 

Paréntesis

 

Javier España escribió, en una noche de relámpagos como esta, los siguientes versos, según él para niños:

“La ventana sacude al tronido del trueno que truena / y la sombra del árbol que duerme en el patio / se despierta, sorprendida, sobre mi cama. […] ¿Nunca se irá la lluvia? ¿Nunca el miedo? […] Otro relámpago y otro: esta luz que duele”…

Fin del paréntesis. Se extingue la luz. Cae el segundo y el tercer gol de los Tuzos.

Y así, en el completo abandono, el Necaxa luchaba desesperada e inútilmente. Al minuto 72 el “Chaco” tomaba la pelota pasada la media cancha, corría unos metros, hacía un par de quiebres… y encajaba el segundo gol para la causa Tuza. Soberbio gol, por cierto.

Cinco minutos después, al 79, el mismo Christian Giménez anotaba su tercer gol de la noche, al prender un balón que la defensa necaxista había intentado rechazar. ¿Para qué contar el resto?, cuando debiéramos decir solamente, como Villaurrutia, que “algo nos dice que morir es despertar”, despertar a este sueño de esperanza, y pedir después, como Borges, que “ojalá fuera éste el último día de la espera”, y que ya no tuviéramos que ver un juego más del equipo de casa; no tuviéramos que enterarnos de si pierde o si gana; no tuviéramos que saber ya nada del torneo.

Para los Rayos, la noche había terminado. Al minuto 93, el silbatazo de Jesús Fabricio Morales daba por concluido el encuentro.

Tiempo agregado: Indios sufre descalabro. Tigres le gana a Chivas

Por su parte, dos de los equipos que también están en la lucha por no descender tuvieron actividad la noche de ayer, con distintos resultados; por su parte, el equipo de Indios fue humillado por un equipo de San Luís que parece empezar a encontrar el nivel de torneos anteriores; el marcador: 1-4. Tigres, en cambio, sorprendió sacando un triunfo de oro frente a Chivas; marcador: 1-0. En el rebaño las cosas no andan muy bien, y es probable que los rumores de posibles medidas drásticas en el plantel comiencen a correr a partir de este día.

De cualquier forma, si hoy terminará el torneo, el equipo de Aguascalientes sería el que tendría que despedirse de la primera división nacional.

La casaca del glorioso Rayo de los noventa, la playera del grupo de jugadores al que el “Perro” Bermúdez bautizara como el equipo de la década (obviamente de la década pasada), es guardada de nuevo, con amor y con tristeza, en el ropero. Ya vendrán tiempos mejores, me digo, pero ahora sí, con absoluta desesperanza.


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