Opinión

Perdón por intolerarlos

s medianoche, detenidas en el camellón que divide el boulevard Siglo XXI, tres sombras pueden ser cualquier cosa, el paso a toda velocidad de los camiones de carga y la falta de luz no permite distinguirlas a primera vista; con dificultad intentan cruzar el Tercer Anillo: son dos mujeres que ayudan a un hombre, él apenas y se sostiene, le tiemblan las piernas a cada paso, por eso tardan tanto en llegar al otro lado, donde esperan a que llegue una patrulla. 

La patrulla llega al fin, pero se va de inmediato, las deja ahí, desalentadas, con la promesa de que en unos minutos más llegará otra patrulla, una que no esté ocupada en una emergencia, eso le dijo el policía. La mayor de las mujeres es una señora de 30 años, trae en la mano izquierda una bolsa con medicamentos, “de los de similares, que es para lo que alcanza”, con la otra sostiene a un indigente al que encontró tirado en el camellón del Tercer Anillo. La hija adolescente mira a su madre, luego al celular, dudando en si debe confiar en la palabra del patrullero o es mejor volver a marcar. “Tengo que ir a darle su medicina a mi otra nena, pero vimos al señor tirado, no se vale que lo dejen ahí en la calle, a la buena de Dios”. 

Pobre extremo, sin casa, vagabundo, es difícil encontrar la palabra exacta que defina al hombre al que rescataron del camellón, quizá indigente; para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de acuerdo a uno de los métodos que emplea para medir la pobreza, indigente es aquel individuo cuyo nivel de ingreso no le permite satisfacer sus necesidades alimentarias. El hombre por el que piden ayuda, no sólo no tiene para comer, tampoco tiene una vivienda, y es evidente que sus facultades mentales están afectadas; a pesar de las palabras cariñosas de la mujer, él sólo murmura y se talla las manos mugrientas, se balancea y murmura.  

El año pasado la CEPAL auguraba que, resultado de la crisis económica, durante el 2009 en América Latina “la indigencia aumentaría en 15 millones de personas, para situarse en más de 84 millones”; el director general de ese organismo, José Luis Machinea, señaló que de continuar el aumento de los precios de los alimentos, el número de pobres “pasaría de los actuales 189.5 millones a 204.5 millones”, durante la presentación del informe ‘Objetivos de desarrollo del Milenio. La progresión hacia el derecho a la salud en América Latina y Caribe’. 

En el carril central del Tercer Anillo se detiene una ambulancia con el logotipo del Instituto de Salud del Estado de Aguascalientes (ISEA). “Encontramos a un señor que no sabe su nombre, está mal, ¿nos pueden ayudar?”, se le dice al chofer. Raudo, el vehículo se desplaza en sentido contrario al flujo de los autos, las luces altas de la ambulancia deslumbran pero no espantan al indigente.  

“Es pájaro de cuenta —dice resignado uno de los paramédicos—, ya lo conocemos, no le pasa nada, nomás es un vagabundo. Vive acá atrás de la gasolinera, ahí se queda, ahí duerme. No hay nada qué hacer, nosotros no podemos hacer nada”. La mujer los increpa desalentada, debe haber un lugar al que puedan llevarlo, un refugio, un albergue, ¿lo van a dejar en la calle? El paramédico explica que no lo pueden llevar a un hospital porque no se lo reciben, tampoco en la policía porque no ha cometido ningún delito, que los albergues sólo abren en temporada de frío.  

En la misma reunión en que se presentó el informe de la CEPAL, la directora regional para América Latina del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Rebeca Greenspan, indicó que era “un momento en que no hay que reducir el gasto social, sino aumentarlo hoy para que dentro de cinco años no tengamos que recoger en ambulancia lo que no hicimos”. En Aguascalientes, a los indigentes no se los llevan a ninguna parte. 

En abril, reza la propaganda del gobierno estatal, “nuestro valor es el diálogo” y agrega: “el diálogo genera paz interna y mejora la relación con los demás”. Quién sabe qué recuerdos carga la mujer que se niega a abandonar al indigente, aunque ya se han cerrado todas las puertas imaginadas, lo único que se le ocurre hacer es hablar el día de mañana a una estación de radio para ver qué se puede hacer. Su hija se acerca al indigente, intenta descifrar los murmullos. “Dice que se llama Ismael, que trabajaba en un taller y que vive en el Ojocaliente”. Los datos no sirven para nada. Llevarlo a otra parte no es una opción, es abandonarlo lejos del lugar que reconoce, eso dijo el paramédico también, “siempre anda por aquí”. 

La mujer hace un repaso rápido de las opciones que le quedan, pregunta en voz alta, barajea otras posibilidades pero ninguna la convence; al final, lo único que se le ocurre es ofrecer comida, pero el indigente niega con la cabeza, también rechaza la oferta de algo de beber. Se le nota que está cansado de la atención, se rinde, ya sólo está ahí de pie, sin esperar nada, murmura y se balancea, murmura. 

Se llama Ismael Soria y es invisible. Nadie lo va a recoger. Tarde o temprano llegará allá, atrás de la gasolinera, a acurrucarse, dormir. Debe tener entre 55 y 60 años, las manos están encallecidas por la mugre, se ha fracturado la nariz en varias ocasiones, así lo muestran las cicatrices todavía vivas en el rostro. Huele a orines.  

Después de mucho tiempo, la mujer y su hija adolescente se resignan, cruzan el Tercer Anillo y desaparecen. El indigente se acomoda en la banqueta. Tarde o temprano Ismael se va a morir. Cuando muera lo han de encontrar en un lote baldío, quizá a la mitad de la calle o en el camellón. Entonces sí lo podrán recoger, ya le pasó algo, ya será un estorbo a retirar. Habrá tiempo para él, para fotografiarlo, para inventarle un encabezado digno de primera plana, llamativo, que despierte el morbo, sólo entonces se volverá visible.

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Edilberto Aldán

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes
@aldan

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