Opinión

Gómez Morín, un fundador incómodo

Durante cuatro años, del invierno de 2004-05 al invierno de 2008-09, el contador público Raúl Cuadra ocupó el cargo de secretario de finanzas del gobierno del estado. Durante todo ese tiempo, desde su posición privilegiada y como hombre cercano al señor gobernador, tuvo la oportunidad de apoyar y orientar políticas públicas y acciones que redundaran en beneficio de la sociedad aguascalentense en su conjunto. No lo hizo. Se dedicó a respaldar y ejecutar financieramente las ocurrencias y caprichos de su jefe. Tejió toda una red (telaraña, sería más correcto decir) de intereses para apadrinar y patrocinar la fracasada aventura del Necaxa (equipo, estadio, casa club, palcos, publicidad, etc.), impuso a la legislatura local los inoperantes y desairados Proyectos de Prestación de Servicios, aplicó a la clase empresarial de Aguascalientes el malversado Impuesto sobre la Nómina, rasuró el presupuesto que por ley le correspondía a la Universidad Autónoma, sub-ejerció el gasto destinado a la seguridad pública en el estado, regateó los recursos para la investigación científica y el desarrollo tecnológico, apoyó el cuasi-enigmático Proyecto Peñuelas y favoreció la modernización de la infraestructura antrera de la feria en lugar de la infraestructura educativa. Un funcionario emblemático de la actual administración.  

Gracias a la fotografía de un boletín de prensa, nos enteramos que en el patio de una casa, el señor Cuadra se reunió con una treintena de personas, no más, a quienes se hizo pasar como universitarios, y a quienes prometió (prometer no empobrece) apoyar la educación superior. Es decir, hoy, por órdenes de su jefe, en mítines y reuniones desairadas, ese ex-funcionario anda en campaña ofreciendo “acciones responsables” que generen más empleos, seguridad, salud, educación, vivienda, etc. Soberbio y sobrado de sí mismo, ajeno a la sabiduría popular (“Del plato a la boca…”), nos comunica que dejará la curul que todavía no gana, para ser candidato a gobernador. Y por si fuera poco, su jefe, el señor gobernador, quien seguramente ya arrojó una moneda en el gabrielista pozo de los deseos, en días pasados y en reconocimiento a su peso fiscal, lo destapó como secretario de hacienda. Ahora sí que los “neocientíficos” hidrocálidos le encontraron la cuadratura a la circunferencia. ¡Cuánta humildad! ¡Cuánta modestia!

A mediados de 1925, cuando eran atacados por el huertista Nemesio García Naranjo y compañía, Manuel Gómez Morín salió en defensa de Narciso Bassols, de su propia generación y de la cruzada moral que él mismo capitaneaba. Escribió Gómez Morín: “Nuestra generación es revolucionaria porque nació en la revolución, porque la Revolución significa cambio… Nuestra generación es revolucionaria porque ella misma es la verdadera revolución”;  posteriormente afirma: “La generación joven de México piensa también que, una vez hecha posible la revolución mediante las armas, debe hacerse real mediante el pensamiento; que felizmente jamás podremos regresar, ni en caricatura, a la época de los científicos”. Un año después, en febrero de 1926 Gómez Morín dio a conocer su brillante ensayo 1915, un verdadero manifiesto de la generación a la que él pertenecía. En dicho documento nos revela que en aquel año, en medio del caos y el fragor de la lucha revolucionaria, inmersos como nación en el aislamiento fruto de la misma revolución y de las consecuencias de la primera guerra mundial, ellos descubrieron el país: “Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios… ¡Existían México y los mexicanos!”.  Para el capitán de esta cruzada moral “Del caos de aquel año nació la Revolución. Del caos de aquel año nació un nuevo México, una idea nueva de México y un nuevo valor de la inteligencia en la vida”.  

Por su parte, Daniel Cosío Villegas, otro integrante de la generación de 1915, respaldando lo expresado por Gómez Morín, urgía a revalorar y renovar completamente al país. Desmarcándose de quienes habían hecho la revolución a caballo y con las armas y de los que explotaban la revolución, afirmaba en plural: “nuestra ideología es la ideología de la Revolución, porque no amamos la paz sino la rebeldía, porque no creemos en la sabiduría oficial sino en la del esfuerzo diario; porque preferimos la educación a las obras públicas… (Queremos) revisar, pensar sobre todo en el país, examinar, desterrar ideas, instituciones, hombres que no sean puros, útiles, eficientes, verdaderos”.  A partir de entonces Gómez Morín y la generación de 1915 se abocaron a construir el México moderno, el México de instituciones, el México contemporáneo. Ese país del que tanto reniegan y hacen tabla rasa los neocientíficos blanquiazules, tapando e ignorando su propia y creciente contribución a la actual descomposición que tanto nos asfixia.      

Dudo mucho, estoy completamente seguro que en este caótico año que nos tocó vivir, Raúl Cuadra y la pandilla de los Marista Boys, descubran que aparte de los intereses personales y de partido: ¡Existen Aguascalientes y los aguascalentenses!  

Pilón. Por si a algún panista despistado de los que saben leer le surge la curiosidad por conocer el pensamiento de su fundador, recomiendo la lectura de: Enrique Krauze, Caudillos culturales de la revolución mexicana, México, Tusquets, 1999, así como, Manuel Gómez Morín, 1915, México, Planeta/Joaquín Mortiz/Conaculta, 2002. No se van a arrepentir.


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Enriquerodriguez

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