Opinión

José-Miguel Ullán

Con motivo del trigésimo aniversario del Premio de Poesía Aguascalientes, a celebrarse en abril de 1997, a finales de noviembre de 1996 y procedentes de la ciudad de México llegaron a nuestro terruño, para deliberar, dos de los tres integrantes del jurado: el internacional poeta laguense Hugo Gutiérrez Vega y el poeta y ensayista salmantino José-Miguel Ullán; el tercero, el argenmex Juan Gelman, por compromisos ligados a su drama personal, no pudo acudir, aunque eso no evitó que por escrito y de viva voz, les hiciera saber cuál era su fallo.  

Después de tres días de trabajo deliberativo, visitas a museos y tertulias amistosas (para recordar con añoranza), ellos decidieron otorgarle el Premio al poeta uruguayo Eduardo Milán por su obra Alegrial. Dictamen inobjetable, incuestionable.

Fue en ese amigable contexto de poesía y charlas luminosas que tuve la oportunidad de tratar por primera vez a José-Miguel Ullán y Manolo Ferro, su entrañable amigo que lo acompañaba. Volví a verlos en abril del 97, en el marco de los festejos del Premio aguascalentense, cuando la ciudad se convirtió virtualmente en la capital de la poesía hispanoamericana con la presencia de casi un centenar de poetas ligados al premio y llegados de distintas coordenadas geográficas de la América nuestra. Afortunadamente, en aquella ocasión asistimos a una casi bacanal de poesía.  

Ullán y  Manolo, al frente de la editorial madrileña Ave del Paraíso, traían bajo el brazo no un gallo copetón pero si centenares de ejemplares de su edición Poesía de México (antología del Premio de Poesía Aguascalientes), cuya intención no era otra que “dibujar desde España el paisaje feraz y movedizo de la poesía mexicana”. Y a fe suya que lo lograron, pues en su Nota prologal afirman: “hemos contado con la suerte de poder distinguir ese paisaje a partir de un certamen singular: el Premio de Poesía Aguascalientes, mirador de excepción para sentir, al ver, las vibraciones y las reflexiones de la poesía mexicana desde 1968 hasta el presente”, para concluir diciendo que “le ofrecemos al lector español, con Poesía de México, la ocasión de asombrarse y familiarizarse con un paisaje que, sin aspirar aquí a ser completo, se aproxima bastante al más verdadero”. En ese entonces era la única antología hecha en España de poesía mexicana contemporánea.  

Ese mismo año, en su columna del diario madrileño El País (18 de abril), en un simpático texto titulado “Antes muertos que rajados”, Ullán plasmó sus impresiones de la Feria de San Marcos. Entre otras cosas dijo:  

“Aguascalientes, con lluvia y todo, pasa a ser venturoso hervidero. Entre la algarabía de las tamboras, los tríos y los mariachis, procedentes de todo el país, la gente canta y baila, tequilea y se deja llevar: ‘¡Pásele!’ Y se pasa al casino, donde la densidad compite con la substancia, máxime cuando en México el juego está prohibido a rajatabla. Y se pasa al palenque, donde los gallos, bajo apuestas subidas de tono, agonizan con todas las caricias (bucales, manuales) de los galleros consumados. Y se pasa a la sombra (“Sombras nada más…”) de los parques (“Aquí no, mi amor”) o de los hoteles abarrotados: ‘¡Pásele!’

“Y hay un cura ensotanado, el padre Willy, que se pasea por todos esos antros de perdición. ¿Exhibicionismo eclesiástico? Erró aquí el mal pensado, pues él recorre el fango del pecado con una bolsa grande que lleva colgadita del brazo diestro. Pide y pide limosna el padre Willy entre jadeos, gritos engallados (‘mátalo’), aplausos taurinos y desesperaciones ante el tapete verde: ‘¡Se me fue toditita la pinche lana!’ Deja, en suma, que el pecador se redima en el acto, de manera contante y sonante.

“Adonde nunca acude el padre Willy, limosnero del vicio, es a los actos que organiza el Instituto Cultural de Aguascalientes…, pues dice que el arte huele a azufre y el dinero se queda en las estrellas en lugar de subir derecho al cielo”. 

(¿Qué habrá pensado Ullán al enterarse que este año, con motivo de la influenza porcina se canceló la feria y los aguascalentenses dijimos “Antes rajados que muertos”?) 

José-Miguel Ullán y Manolo Ferro, fanáticos del bolero mexicano, regresaron a nuestra tierra en varias ocasiones más y se convirtieron en amistosos embajadores de la hospitalidad y la cultura hidrocálida. En abril de 1998, Ullán volvió a escribir en El País sus andanzas por nuestra Feria. Fueron excelentes mediadores para que se forjara una rica amistad entre Aguascalientes y Juan Soriano, Kerek Maller, Vicente y Alba Rojo, José Luis Cuevas e Isaac Masri; generosa y desinteresadamente, ellos tocaron y abrieron puertas para que nuestro patrimonio artístico se enriqueciera con la obra de estos singulares artistas mexicanos.  

El pasado sábado 23 de mayo, en Madrid, España, víctima del cáncer, falleció el poeta y ensayista salmantino José-Miguel Ullán. De él, la filósofa española María Zambrano llegó a decir: “ser viviente entre tanto simulacro de vida”. Que descanse en paz. 

Pilón. “Hallar palabras para recordarte / fuera admitir que pueda yo olvidarte”. José-Miguel Ullán (1944-2009).

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Enriquerodriguez

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