Opinión

De charolastras, una opinión personal

A la tierra de la gente buena, es decir, a la provincia de Asunción de Tierracaliente llegó  un día un simpático charolastra que se concebía como actor, director y productor de cine. Diego Lanas se llamaba. Todo lo hacía de manera independiente. Actuaba, dirigía y producía independientemente de que supiera hacerlo o no. A veces era rudo y a veces cursi, pero eso sí, era muy listo, sabía a la perfección que el que no llora no mama.

Pues bien, como les decía, un día llegó, vio y venció. No le resultó muy difícil, pues en ese entonces al Oasis del Bajío lo regenteaba una pandilla de puro charolastra, mejor conocida como los Marista boys. Todos querían tomarse la foto con él, pero sólo uno podía hacerlo, pues como todos sabemos, rollo de jefe mata cualquier rollo. Y si tomamos en cuenta que, si de por sí el muchacho es risueño y el ingeniero haciéndole cosquillas, pues el Diego se tomó la foto. Claro que no fue de a gratis, él estaba conciente del provecho que representaba una imagen suya al lado de un político farolón, sabía que las fotografías de los famosos con los gobernantes son como los espejos de los danzantes, nomás sirven para encandilar pendejos. Fue entonces que el joven Diego pensó tres cosas para sus adentros: primero, que a la oportunidad la pintan calva; segundo, que algo habría de sobrar de nada que había, y tercero, que es bueno el encaje, pero no tan ancho, así que si el gober quiere azul celeste, que le cueste. 

Fue en aquel preciso momento que el charolastra se puso rudo, aprovechó la ocasión e invitó a su generoso anfitrión a invertir, junto con Banana Films, diez o quince melones de pesos como capital de riesgo para su nueva producción; luego se puso cursi y todo meloso, meneando el bote y acomodándose la melena, le contó el cuento de que añoraba los veranos que había pasado en estos parajes y que por eso mismo Asunción de Tierracaliente sería la estrella y protagonista principal de su largo-metraje. El señor gobernador, ya encarrerado y con harta hambre, de lengua se comió otro taco, pues el Beto Verduzco comprendió la sinergia que los unía, e “inocentemente” lo chamaqueó. Le ofreció que de invertir los impuestos de los empresarios locales en su ópera prima, se iban a generar miles de empleos y se iba a  incentivar el turismo nacional e internacional, pues miles de visitantes americanos, europeos y asiáticos vendrían a disfrutar de nuestros innumerables atractivos turísticos, sobre todo del Cristo roto y nuestra diversa y excelente oferta cultural.   

Mientras tanto, empresarios canacos, canacintros y coparmexos, así como los legisladores de todos los colores, todos dóciles, agachados y con un silencio políticamente correcto, atestiguaban cómo al famoso charolastra se le agradecía lo fingido como si fuera verdad. En contraste, los ciudadanos poco esperaban de sus diputados, pues bien entendían, gracias a la sumisa aprobación de otras iniciativas del gobernador (empréstitos, cuentas públicas, nombramientos, proyectos, etc.) que los diputados entre más se agachaban, los Marista boys más les miraban el trasero. Los levantadedo poco o nada podían decir, pues conocían al dedillo que las arañas nunca mean porque se chorrean las patas. A los modestos ciudadanos, a sabiendas de que nunca va a pasar nada, y de que la mayoría de los políticos son amigos de todos los curas y enemigos de todos los sacramentos, sólo nos resta rogarle a Dios: Ilumínalos Señor, pero no los encandiles. ¿Amen?

Para concluir, el charolastra Diego Lanas debería saber que en algunos casos, es más difícil lo dado que lo conseguido. Y el latingober, si tuviera curiosidad por la lectura y por la historia, conocería una de las máximas de don Adolfo Ruiz Cortinez, que según la conseja popular, dijo: Cuando las cosas se hacen abiertamente, no provocan sospecha. Es el secreto lo que despierta el olfato de los lobos.

Pilón. En la carrera por el 2010, caminando la carreta se acomodan las calabazas. Precandidatos de todos los partidos, fuertes y débiles, ya se apuntan. Todos hacen su luchita. Algunos más que otros. Unos, religiosos y devotos, le apuestan al refrán que dice santo que no es visto no es venerado y acuden a todas las peregrinaciones. Hay otro al que sus correligionarios, pensando en un futuro halagüeño, le reclaman, ya que Dios te hizo tarugo, siquiera sé desconfiado, cuida el changarro. Otros, muy dados a salir en las páginas de los periódicos, andan como las feas de pueblo, sufriendo y con ganas.

No cabe la menor duda, para los mexicanos, como bien dice Carlos Fuentes, la política es la actuación pública de pasiones privadas, y por si fuera poco, las pasiones son formas arbitrarias de la conducta. Ahora ¿quién podrá defendernos? ¡El Chapulín colorado! ¿Jesús Ortega? ¡Nooo! Por favor.


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Enriquerodriguez

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