Opinión

El ciudadano y su laberinto

Tlacaelel, hijo de Huitzilihuitl y hermano de Moctezuma Ilhuicamina, recibió el título de Cihuacóatl (sacerdote supremo de la mujer serpiente) consejero supremo del rey, y se aplicó a una reforma completa de la sociedad, toda vez que mediante sus gestiones logró la unión de Tenochtitlan, Tacuba y Texcoco de la que nace la Triple Alianza. Una nueva fuerza, dirigida por Itzcoatl, Tlacaelel con su hermano Moctezuma, a la que se suma el príncipe Nezahualcoyotl de Texcoco. Al final, inflingió grandes derrotas a los tepanecas, hasta la caída de Azcapotzalco en 1428. A la muerte de Itzcoatl, en 1440, Moctezuma Ilhuicamina fue elegido quinto Tlatoani de los Aztecas. Pero, el gran poder tras el trono correspondió a su hermano Tlacaelel, con el cual nació la visión mística guerrera del pueblo azteca que se consideró la nación elegida del sol. Consolidó el poder azteca bajo una reforma ideológica. Hizo quemar los viejos códigos de los pueblos vencidos para reemplazarlos por aquellos de los Mexicas. Los libros de historia iban a volverse instrumentos de dominación. Los viejos dioses tribales fueron conservados pero los aztecas ubicaron en primer rango sus divinidades más destacadas: Huitzilopochtli y su madre Coatlicue, la diosa de la Tierra (“Tlacaelel: El Azteca entre los Aztecas”, Velasco Piña, Antonio).

Ya, en pasadas entregas, he propuesto este paralelismo para referirme a señaladas ceremonias litúrgicas que, en coyunturas políticas de importancia, encabeza el presidente Felipe Calderón Hinojosa. La nota central de todas ellas es el paradójico papel simbólico que juega no como Tlatoani –jerarca máximo- asignado tradicionalmente a la figura presidencial, sino como consejero supremo y sumo sacerdote. Este misterioso sino fue determinado por sus propios correligionarios de partido: “si no es el mejor, sí es el más idóneo”. En su tercer informe de gobierno, convoca a la nación a un cambio de fondo, que define mediante un Decálogo de Reformas. El orden de su enunciado contiene implícita, sin lugar a dudas, una jerarquía de valores y por tanto de políticas a instrumentar. Y es aquí donde me parece interesante ensayar el orden objetivo y los pesos relativos que guardan unas con otras, (entre paréntesis marco el número original de orden y a continuación inscribo su jerarquía relativa), a saber:

Desde mi punto de vista, podemos formar 2 ejes que se cruzan perpendicularmente. A) Eje vertical: (4) Primera. Reforma profunda a las finanzas públicas. Política Fiscal. (5) Segunda. Reforma económica de fondo. Políticas Económicas de Estado. (10) Tercera.  Reforma Política de Fondo. Sistema Político de equilibrio entre los Tres Poderes y supremacía de la vida democrática. (8) Cuarta. Reforma regulatoria de fondo. Políticas reglamentarias de la Administración Pública, “base Cero”, menos “estado” y más vida ciudadana. (6) Quinta. Reforma Laboral. Incremento a la Productividad. Redefinición del corporativismo de Estado.

B) Eje horizontal: (1) Sexta. Programa que “blinde” recursos para abatir la pobreza extrema. Política Social de rescate a población marginal y más vulnerable. (2) Séptima. Salud. Alcanzar la cobertura universal. Calidad de vida. (3) Octava. Educación de calidad. Empoderar a la población como ciudadanos competitivos del mundo en la era global. (9) Novena. Lucha frontal contra el crimen organizado. Reasunción de la seguridad pública y de la paz ciudadana. (6) Décima. Reforma al sector telecomunicaciones. Aplicación y desarrollo de tecnologías de punta, e inserción de México en la comunicación mundial, digital.

Esta cruz o “rosa de los vientos” es indicativa de la orientación que podríamos asumir como Nación, es decir, ceder nuestro afán egocéntrico –y de “etnias” o tribus cerradas- en aras de participar más como ciudadanos demócratas, por convicción; no hacerlo así, redunda en “el marasmo de intereses” creados, que nos ha sumido en un estancamiento imbécil, del que sólo sacan provecho avispados líderes sindicales –subráyese magisterio-, una corruptísima e incapaz clase política –en fase narcisista, metrosexual y monetarista- para alcanzar consensos cruciales a la hora verdadera de la profunda crisis económica que hoy vivimos, y cúpulas de partidos políticos que se han instalado como fuerzas hegemónicas que definen por exclusión las posibilidades de desarrollo del pueblo mexicano total.

Este mar embravecido por el que surca nuestro presente, sólo es posible remontarlo mediante la recuperación cierta y convencida de dos cosas: primera, ética civil o ciudadana que hace exigible y practicables los consensos necesarios, para crearnos un horizonte de posibilidades a nuestro alcance, pero sin renunciar a nuestra altura de miras; segunda, demandar con vehemencia el retorno a la dignidad de la Política –con mayúsculas- y del ejercicio de la vida pública. Entre más permitamos el envilecimiento de los asuntos públicos, más asentimos a la degradación de nuestra dignidad como ciudadanos. Por el contrario, entre más incentivemos el empoderamiento de cada vecino y conciudadano, más garantías pondremos en fundar una plataforma de crecimiento y dignificación de todos. El decálogo presidencial es una ocasión crucial, en nosotros está hacerla demanda civil exigible y practicable.


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Francisco Javier Chávez Santillán

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