Opinión

¡Llamen al Exorcista!

La cruz o “rosa de los vientos” que, desde mi punto de vista, configuran las reformas políticas ya en curso, puestas por el presidente Felipe Calderón Hinojosa en blanco y negro, mediante la Ley de Ingresos 2010 y el Presupuesto de Egresos de la Federación enviados al Congreso de la Unión, el pasado martes 8, textos a los que se añaden los Criterios Generales de Política Económica, son hoy materia del debate político.

El paquete tiene como propósito central: 1) En el corto plazo, se queda a la expectativa de recuperación de la economía norteamericana –no olvidemos la proclama europea sobre el “desacoplamiento” de/desde la economía de los Estados Unidos, y de la imposibilidad histórica actual de México para intentarlo-; en el mediano plazo, del cruzamiento de ambos ejes de reformas a los que aludimos, se proponen estrategias políticas en materia de energía, telecomunicaciones y del sector laboral, sujetas al debate en el Legislativo. 2) Con base en la ampliación recaudatoria, o de reformas fiscales, se pretende encontrar el equilibrio fiscal que permita la recuperación del daño causado por el desfonde financiero gubernamental, por un lado; y por otro lado, su impacto restringente al aparato productivo general del país. 3) Se instala como prioridad máxima, el incremento de la masa recaudatoria, habida cuenta del déficit fiscal con que ha venido operando el gobierno, y para ello se propone entre otras medidas el incremento de 2% al consumo, que no es otra cosa que el aumento al IVA de un 15% a un 17%, en tanto que impuesto generalizado a todo tipo de consumo –ya sea en bienes o servicios y aplicado a toda la población sin distinción de clase social-. Por cierto, esta medida ha sido la añoranza en las dos últimas administraciones, como fase de la supuesta transición política a la mexicana.

La Política Fiscal como madre de todas las políticas es sin duda el centro de tensión que deberá soportar el jaloneo del debate político, ya sea al interior parlamentario o bien desde los grupos de poder, actores políticos de peso y grupos de presión de la sociedad. Al presente, se suman ya varios ejercicios fiscales, en que este debate a veces ríspido, rijoso, excluyente de minorías, o base de mayoriteos bipartidistas, que en la presente Legislatura – a la mejor- veremos por primera vez como arrastre monopartidista, si se calienta demasiado la tribuna parlamentaria. Por cierto que este mismo fenómeno se está dando en el Congreso de Los Estados Unidos de Norteamérica, en torno al Plan de Salud Pública propuesto por  el Presidente Barak H. Obama Jr., que en sustancia pretende abrir un vasto plan público de seguro médico que complemente la oferta vigente de la seguridad privada, que por cierto hoy deja excluida a la mayoría de los ciudadanos de clases medias y bajas. En este sentido el reclamo de los congresistas republicanos es precisamente el carácter “unipartidista” de la  propuesta; pero que de acuerdo con la vehemente defensa de Obama, “velis, nolis” (‘quieras o no quieras’) tendrá que ser discutido por el Congreso, bipartidista, total.

Así también, en nuestro medio político, la política fiscal ha sido la más espinosa de las estrategias de gobierno, y por ello también la más escamoteada, para no cambiar los pactos esenciales de clase ya urgentes y necesarios, y quedar una y otra vez como un arbolito de navidad, que se decora con vistosos ornamentos, pero que en el fondo no cambia la estructura de la naturaleza impositiva; al interior de la cual pueden estar dos cosas:

O bien, la virtud como realidad ético-política de verdad, cabe la cual caben en justicia de manera desigual los que de hecho son desiguales; o bien, se trata en plan de igualdad a los que de suyo son iguales. Dicho de otro modo, y lo sabemos de sobra en México, los peces gordos fiscales han sido sempiternamente cobijados por el proteccionismo del Estado Mexicano con exenciones y excepciones impositivas que claman al cielo; mientras que los exiguos pececillos cautivos del fisco –la gran base social trabajadora mexicana- es gravada inequitativamente, sin excepción ni clemencia.

Hoy, en Estados Unidos se comenta con ardor: “Como ejemplo de esto, cualquier incremento en impuestos y en gasto gubernamental va a desalentar el ahorro y la inversión y estimula el consumo, dado que el gasto gubernamental es absolutamente consumo. Algo de los fondos privados (que ha sido gravado impositivamente) hubiera podido ser ahorrado e invertido; en tanto que todos los fondos gubernamentales son consumidos”, (Consultoría Black Swan Trading citando al autor austríaco Murray Rothbard, de America’s Great Depression, 1963).

O bien, el diablo está en los detalles (“Devil is in the details”), y por ello la propuesta de gravar de manera universal el consumo, resulta en una política pragmática de Estado que ciertamente incrementa la masa recaudatoria, para que se compare bien contra el gasto programado; y, luego, por resbalón y añadidura se logre asperjar un poco de “la riqueza de la Nación”, así incrementada, mediante las políticas de gasto social. Lo cierto es que la riña está entre los de la escuela austriaca de economía, como la citada, y la escuela seguidora de Keynnes, también llamada monetarista, que siguen con ciega pasión, sin pudor,  remordimiento ni escrúpulo alguno, nuestros economistas mexicanos; lo que concita el muy veracruzano dicho: “pa’su mecha!”.

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Francisco Javier Chávez Santillán

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