Opinión

A la sombra del autoritarismo modernizado

Para nadie resulta ajeno o extraño que el régimen postrevolucionario tuviera sus pilares fundamentales en el presidencialismo y el corporativismo. El caudillismo derivó en presidencialismo. El presidente terminó siendo un caudillo sexenal embozado. Su palabra, sus deseos y su voluntad eran ley. Las fuerzas sociales derivaron en “fuerzas vivas” corporativizadas. El PNR-PRM-PRI, brazo político electoral de ese mismo régimen, creó los sectores obrero, campesino y popular para garantizar un mejor control político, económico y social. Dichas “fuerzas vivas” tenían, voluntariamente a fuerzas, que acatar y apuntalar “patrióticamente” las decisiones y caprichos del Presidente-Caudillo.   

 

Tal vez era “la dictadura perfecta”, pero estaba muy lejos de ser el paraíso, el mundo perfecto. Hubo inconformidad, descontento, disidencia., piedras en el zapato. Hubo protestas y movimientos obreros, campesinos, estudiantiles y sociales. No faltaron los aguafiestas, las ovejas negras que se salieran del rebaño, de la granja estatal. Nada por fuera del rebaño, nada por fuera de la granja, nada que no tuviera el visto bueno del Caudillo-Presidente-Pastor. 

Desde finales de la década de los 40, las protestas y la disidencia con el orden impuesto se prohíben y se reprimen con “el uso legítimo” de la fuerza del Estado. Así sucedió con los movimientos de mineros, petroleros, telegrafistas, ferrocarrileros, maestros, médicos, electricistas, campesinos, estudiantes y colonos. Todos ellos denostados y satanizados por las “fuerzas vivas” del “nacionalismo revolucionario”, con la prensa socarrona incluida. Movimientos sociales que no aparecen en la “historia oficial” inculcada a través de los libros de texto prohijados por el Estado mexicano. 

Así, borrados de la memoria histórica, a los jóvenes nacidos en las décadas de los 80 y 90, hablarles de estos movimientos y de sus líderes Demetrio Vallejo y Valentín Campa, Othón Salazar, Rubén Jaramillo, Ismael Cosío Villegas, Rafael Galván, Arnoldo Martínez Verdugo, Elí de Gortarí y Heberto Castillo, entre otros, es hablarles en chino mandarín, hablarles de realidades muy ajenas y muy lejanas, de personajes inexistentes en su horizonte inmediato. A su izquierda y a su derecha, el abismo; por ello su ideología es políticamente correcta, centrista y modernizadora, sin compromisos ni convicciones. Lo que importa es el individualismo, el aquí y el ahora.  

En el año 2000 asistimos a la fijación de una ilusión, la alternancia en el poder ejecutivo. El régimen cambió de coloraciones pero no de pátinas; de tricolor a blanquiazul, pero conservando los mismos lustres y barnices autoritarios y corporativos. El régimen postrevolucionario sigue intocado. Respetuosos del discurso panista, podemos decir que este régimen está en las vísperas de cumplir 80 años de corrupción, que las tepocatas y las víboras prietas siguen ahí, vivitas y coleando.  

Felipe Calderón no deja de ser EL SEÑOR PRESIDENTE, el Comandante Supremo de la Nación, el Guía valiente, visionario y modernizador. No ha desaparecido el corporativismo, ahí siguen el SNTE, el SNTSS, el STPRM, el STIRT, el sindicato ferrocarrilero, etc., todos ellos progresistas y modernizadores, sólo que aquí sí, por estética, maquillados a la usanza blanquiazul. El señor Presidente y sus cómplices no dejan de seguir violando la Constitución y las leyes para imponer su “razón de Estado”, no renuncian a aplicar el estrangulamiento presupuestal para imponer su modernización, no desertan de su idea democrática de reprimir y criminalizar la disidencia y la protesta social. La gran mayoría de los medios de comunicación (prensa, radio y televisión, con sus honrosas excepciones) no dimiten de su papel de coro polifónico al servicio del régimen, prestos a cobrar a corto plazo su brillante actuación.  

El gobierno federal, es decir, el presidente de la república, los secretarios de hacienda, de energía, del trabajo, de gobernación, los funcionarios de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, más el poder legislativo (los legisladores), son completamente ajenos e inocentes en  relación a la ineficaz y desastrosa prestación del servicio de energía eléctrica en la cuenca del valle de México. Todos ellos, desde hace varios años, con honestidad probada y visión de Estado, hicieron hasta lo imposible por revertir la situación y modernizar el servicio. Los culpables fueron (y son) otros, el Sindicato Mexicano de Electricistas y sus 40 mil afiliados, cuya visión corrupta, retrógrada y reacia al corporativismo priísta/panista, impidió no sólo la modernización y el progreso de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, sino de todo el desarrollo económico del país. De no ser por ellos, hoy viviríamos en Un Mundo Maravilloso.

Quien no lo quiera ver así, no estará al amparo de la sombra del autoritarismo modernizador, ni gozará de sus prebendas y migajas.  

Pilón. Los artículos de Arnaldo Córdova, Antonio Gershenson, Rolando Cordera Campos (La Jornada México) y Carlos Monsiváis (El Universal), publicados el día de ayer, no se los recomiendo, están impregnados de un tufo de nacionalismo revolucionario indeseable.


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Enriquerodriguez

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