Opinión

Muro que cae y muros que se levantan

La sorpresa invadió al mundo. La noticia se difundió con velocidad a todos sus confines. Los detalles no estaban del todo claros. Se generó incertidumbre pero lo único cierto es que nada volvería a ser igual que antes. Políticamente, las ideologías de izquierda se sintieron momentáneamente en la orfandad, sin banderas, sin rumbo definido. Fin de la guerra fría. Económicamente, arribaron las fuerzas del mercado enseñoreadas. Se inició la primera revolución pacífica en Alemania.

En México, empezábamos a recibir las primeras lecciones formales de
la nueva doctrina económica que llegó para quedarse: “no se confundan,
dijo Salinas, se llama neoliberalismo”; la noticia le venía como anillo
al dedo y su legitimación se consolidó mas allá de los golpes
mediáticos del quinazo y el jonguitudazo en ese mismo su primer año de
gestión.

Justo hoy hace veinte años. Todos, sorprendidos aunque no del todo
extrañados, fuimos testigos de la noticia más relevante durante muchos
años: había caído el ya legendario muro de Berlín, de la ignominia, le
llamaban unos, levantado 28 años y tres meses antes, símbolo visible de
dos mundos contrapuestos; el de las libertades y el de la represión. El
socialismo real había llegado a su fin y se daba inicio a la
integración ideológica, política y económica, del este al mundo
occidental. La globalización o mundialización abría brecha.

Se daba paso a la unificación de las dos Alemanias y por supuesto,
los países de la Europa Oriental darían también los pasos para los
cambios de régimen y su integración a la Unión Europea. La ruta estaba
marcada para el mundo entero y México no sería la excepción. La
unificación, no fue un día de campo para Alemania Occidental, dadas las
reticencias de los beneficiarios del régimen socialista para asimilarse
a un mundo de competencias y libertades individuales.

El tiempo transcurrido, del hecho histórico a la actualidad, ha
derrumbado también mitos en torno a la exaltación del mundo libre. Ese
mundo idílico que presentaba la doctrina neoliberal, pronto agotó su
discurso en los hechos. Los países que adoptaron la nueva doctrina
pronto pudieron verificar que ésta no respondía a la teoría. Las
desigualdades se acentuaron tanto en países avanzados como en los
países en vías de desarrollo ahora llamados emergentes.

A veinte años de distancia, algunos de los países promotores del
neoliberalismo, han comenzado abandonar sus postulados, ya sean
europeos, asiáticos o latinoamericanos. Los aferrados como México, se
empeñan en cerrarse a las nuevas corrientes mundiales particularmente
en materia económica. México a contrapelo, ha levantado su propio muro
que le impide ver hacia el exterior el rumbo que está tomando la
mayoría de los países.

No conformes con ese muro que limita la visión al exterior, hemos
levantado al interior una serie de muros que nos impiden nuestro
desarrollo como pueblo. El mayor de ellos es un muro que divide a la
población en general y su clase política; parecen ser dos mundos
radicalmente opuestos el uno contra el otro, los intereses de uno no
son los intereses del otro. La más palpable evidencia se acaba de
expresar con la decisión de diputados y senadores con la aprobación del
paquete de impuestos que acaban de recetar desoyendo el reclamo de la
población.

Alrededor de ese muro de intereses, se ha levantado uno más que es
el de la intolerancia. La no aceptación de la existencia de formas de
pensar diferentes es el origen de la permanente descalificación a las
ideas y a las personas o grupos. Quien ejerce el poder en mayor o menor
medida no pierde la oportunidad de actuar autoritariamente contra el
adversario político o ideológico o peor aún, contra el crítico.

No podemos pasar desapercibido otro muro erigido paciente y
sólidamente que es el de la impunidad. Pruebas las hay a diario a lo
largo y ancho del país. Este muro lleva un enjarre adicional que es el
del cinismo. Promesas incumplidas, mentiras, ocultamientos, intenciones
oscuras e insanas, hipocresía, burla y otras acciones más son la divisa
que identifica a los políticos sabedores de su intocabilidad legal.

Del otro lado de los varios muros levantados, está una sociedad que
en mucho ha contribuido en su construcción con su actitud subordinada,
comodina, acrítica y conformista. Esa masa cree que hay predestinación
a la sumisión. Los políticos son conocedores de esa condición social de
aparente calma chicha e importamadrismo y la administran bien. Saben
que para buena parte de la población les preocupa menos su condición
que las chorreadas nalgas de la Guzmán.

Si usted duda sobre el conocimiento que los políticos tienen sobre
la población y sus barreras, no se sorprenda de que se repita el
esquema de actuación de aquellos que quieren ser candidatos para el
2010 y analice si encuentra algo diferente. Por lo pronto, los primeros
“renunciados” han manifestado que su intención de ser candidatos
obedece a “que algunos sectores de la sociedad les han pedido, rogado
que sean quienes los represente”. Ya los veremos.

Mientras se celebran dos décadas de la caída del muro de Berlín y el
mundo evoluciona y sortea exitosamente la crisis económica y financiera
mundial en nuestro país basta que se decrete lo que sea para
presuntamente terminar los problemas y seguimos levantando muros que
nos impiden un real desarrollo integral, desde lo individual hasta lo
colectivo.

Ojalá tengamos elementos para aseverar lo que los alemanes postulaban hace veinte años: “que nada volverá a ser como antes”


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Fernando Rivera Ibarra

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