Opinión

¡Tristes desacuerdos!

El acuerdo que se obtiene por consenso contiene virtudes y ventajas muy superiores a aquel que es producto del pacto democrático votado por las mayorías. El primero siempre es deseable, pero no necesariamente posible; el segundo normalmente es posible, pero en circunstancias críticas su efecto no es deseable, debido a los daños colaterales que acarrea. Tal es el caso del paquete fiscal pactado en el Congreso de la Unión, para el año 2010, y que regirá las contribuciones hacendarias de los mexicanos. En este punto, lo escandaloso no es que un 40% de los contribuyentes cautivos –entiéndase clases asalariadas y medias- canalicen por ley, el 30% de sus ingresos a las arcas de la federación; sino que 60% de los potenciales causantes, simplemente no paguen impuestos.

¿En dónde está el origen de este patente desequilibrio? Desde mi
punto de vista, tiene al menos dos fuentes: primera, la distorsión
crónica y estructural del intercambio mercantil a la mexicana; y
segunda, la naturaleza, el tamaño y la práctica de la economía
informal. Por la primera causa, esa supuesta “mano blanca” del mercado
que debería ser capaz de ajustar las fuerzas de la oferta y la demanda,
trabaja permanentemente a través de intermediarios sumamente
interesados en obtener ganancias por encima de una racionalidad
aceptable; al grado que la productividad económica mediante el
ejercicio de las artes liberales o de las profesiones orientadas al
lucro económico quedan permanentemente en desventaja y por debajo de
las tasas de ganancias que fijan para sí los intermediarios mercantiles
o mercaderes en general. Estando así las cosas, un maestro
universitario obtiene incrementos salariales apenas por encima del
nivel de la inflación; en tanto que los comerciantes, incrementan su
capital invertido en tasas incluso superiores a las de la producción;
además, escamotean contablemente, al máximo posible, el pago de
impuestos Esta grave distorsión tolerada, afecta al resto de quienes
vivimos de los circuitos de la microeconomía, e impacta al mismo tiempo
la conformación de la macroeconomía, o economía política que administra
el gobierno.

Por la segunda causa, el ejercicio creciente de la economía
informal, significa un agravante de la primera, puesto que un gran
ejército de potenciales contribuyentes, también entran al juego del
intercambio económico, pero de manera anónima y fiscalmente
quasi-indetectables. Su práctica social, muy compresible desde el punto
de vista de la sobrevivencia, se convierte al final en una fuerza
restringente, adversa a quienes sí son contribuyentes de hecho,
quiéranlo o no; pues, las ganancias así obtenidas pasan por el circuito
del dinero, pero no por el circuito del erario público que es como el
gran redistribuidor social; es decir, que sustrae parte de la riqueza
generada por algunos compatriotas, pero al fin la canaliza de manera
generaliza a los muchos, incluso aquellos que no aportaron nada o muy
poco; y esto abona al brazo férreo de la injusticia. Amén de esa otra
macro-distorsión causada por el circuito del capital del crimen
organizado. Cuyos billetes no tan sólo no van al mercado solos, sino
que además sus portadores (“träger”) van armados a establecer un
intercambio desigual.

Por lo anterior, la reforma fiscal de la que tanto se cacarea, y de
todos tan esperada, no tan sólo resulta deseable, sino ya
impostergable, pues la justificación recaudatoria de nuestras
autoridades de incrementar ingresos para re-distribuirlos, no abona al
final más que a la matemática de la desigualdad exponencialmente
creciente de la estructura social.

Si hemos de creer en las tendencias del conocimiento científico
contemporáneo, hoy hay que recurrir a la ontología y a la
axioteleología de ciencias tan pragmáticas como la Administración y la
Economía; entendiendo por ello, el recurso al verdadero ser de las
cosas y no a su apariencia fenomenológica, así como también a los
valores que presupone una alternativa y los fines a los cuales las
decisiones están tendiendo o son orientadas.

En este tenor, recurrimos al gran recapitulador de la Edad Antigua
que fue San Agustín, quien pronuncia un juicio implacable del Imperio
Romano en decadencia: “Publice egestatem… privatim opulentiam” –la
pobreza de lo público frente a la opulencia de lo privado-,
refiriéndose a fuentes tan prestigiosas como Catón, (La Ciudad de Dios,
Libro V, Capítulo 6). Y quien, apartándose de sabios historiadores como
Porfirio que optaban por el conservadurismo y aconsejaban la
preservación de las tradiciones inmemoriales, no se escandaliza por el
cambio, del que argumenta a favor invocando la inteligencia divina que
al crear el Mundo, lo hizo bajo un principio organizador superior que
designa como “ratio seminalis” (razón genética), según el cual el
cambio ni es caótico ni arbitrario, sino un patrón de crecimiento
acorde con la mente divina. El acuerdo y el principio organizador del
cambio fiscal son hoy por hoy la “razón seminal” a la que nuestra
Nación aspira, pues una Re-Pública pobre y una Re-Privata opulenta son
tradiciones contradictorias, en una democracia auténtica, y que
acarrean la desdicha de la población entera. n

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Francisco Javier Chávez Santillán

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