Opinión

5 de Mayo

Puebla, México, 07:00 horas, 5 de mayo de 1862. Un fuerte aguacero se vierte sobre los ensangrentados muros de los fuertes de Loreto y Guadalupe, mudos testigos del titánico esfuerzo de las fuerzas mexicanas, quienes han rechazado los embates de los altaneros franceses. El coahuilense-tejano Ignacio Zaragoza, jefe del Ejército de Oriente, envía el siguiente mensaje a Palacio Nacional:

“Las Armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria; el enemigo ha hecho esfuerzos supremos por apoderarse de la plaza”. A continuación informa sobre los pormenores de la victoria y concluye: “Sírvase dar cuenta de este parte al Ciudadano Presidente de la República. Libertad y Reforma. Cuartel General en el Campo de Batalla”.

En este año 2012 se cumple el centésimo quincuagésimo aniversario de la batalla de Puebla, gesta heroica en la que México hizo morder el polvo a los orgullosos blasones de Napoleón III, emperador de Francia. El presente artículo tiene por objetivo relatar el génesis de los acontecimientos que alcanzaron su clímax sobre la campiña poblana.

Al triunfar el Ejército Liberal sobre las fuerzas reaccionarias en los campos de Calpulalpan en diciembre de 1860, el presidente de México, Benito Juárez, encontró un país en bancarrota, pues las arcas del tesoro estaban vacías y abandonadas e improductivas las tierras. Además, los bienes inmuebles nacionalizados al clero no habían rendido lo que se esperaba.

Para salir del atolladero, el 17 de julio de 1861, el gobierno mexicano decretó la suspensión por dos años del pago de los intereses de la deuda exterior de México, cuyo monto era poco más de 82 millones de pesos. Los principales acreedores eran Inglaterra, España y Francia. Por lo tanto,  Napoleón III decidió intervenir en México al conjugarse cuatro acontecimientos: el clero ultramontano y el partido conservador propiciaron una campaña insidiosa en Europa contra Benito Juárez; el Reino Unido había roto relaciones diplomáticas con Juárez; Francia había hecho como suyos los Bonos Jecker; el 12 de abril de 1861 había estallado la Guerra de Secesión entre los Estados del Norte y la Confederación sureña. Por lo tanto, la Unión Americana no podía poner en práctica la Doctrina Monroe.

El 31 de octubre de 1861 se firmó en Londres la convención celebrada entre España, Francia e Inglaterra para enviar una fuerza militar a México. El objetivo de la expedición era proteger a sus súbditos y asegurar el pago de sus deudas respectivas. A principios de 1862, los aliados ocuparon Veracruz. Aunque pronto comenzaron los primeros desacuerdos entre los europeos, pues España e Inglaterra comunicaron al gobierno de Juárez que su intención no era la de deponerlo, sino la de recuperar su dinero. Por su parte, Francia conspiraba con los reaccionarios mexicanos para remover al gobierno de la República.

La actitud conciliatoria de Juárez, quien ofreció renegociar los términos de la deuda exterior y las indemnizaciones, desarmó a los británicos y españoles, quienes firmaron el Tratado de La Soledad. Por su parte, Francia desconoció el mencionado acuerdo. El conde de Lorencez, jefe de las tropas francesas, envió una carta a su emperador en donde daba por descontada la victoria en los siguientes términos: “Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad que desde ahora a la cabeza de 6,000 soldados, soy dueño de México”. Al día siguiente, comenzó el avance galo sobre Puebla.

El primer choque entre los franceses y los mexicanos tuvo lugar el día 28 de abril en las cumbres de Acultzingo, saldándose con resultado favorable a los galos. Los francos tuvieron 500 bajas, porque los aztecas aprovecharon bien el terreno. Ignacio Zaragoza, jefe del Ejército de Oriente, comentó lacónico: “Pelean bien los franceses; pero los nuestros matan bien”.

En la mañana del 5 de mayo, Lorencez, despreciando la capacidad combativa del soldado mexicano, ordenó atacar las fortificaciones mediante un asalto frontal. El valor de los autonombrados primeros soldados del Mundo fue memorable: por tres veces cargaron furiosamente sobre los mexicanos, pero fueron rechazados una y otra vez. Asimismo, la caballería mexicana y los indios zacapoaxtlas contuvieron el avance galo. En la tarde de ese memorable día, Lorencez dio la orden de retirada rumbo a Veracruz. Desafortunadamente, el Ejército de Oriente, desprovisto de suficiente caballería, no remató a los franceses.

La victoria llenó de entusiasmo a la población y afloró un sentimiento de unidad del que carecían los mexicanos al inicio de la invasión francesa. Además, para los franceses era la primera derrota significativa desde la batalla de Waterloo en junio de 1815. Finalmente, según dice don Justo Sierra “el 5 de mayo defendió Zaragoza en Puebla la integridad de la paria mexicana y de la federación norteamericana. Servicio involuntario, pero inestimable, que otros servicios de parte de los Estados Unidos (ninguno desinteresado), pudieron compensar, mas nunca superar”.

Sin embargo, cinco aciagos años de guerra quedaban por delante, en los cuales el adusto zapoteca, Benito Juárez,  investido de amplias y omnímodas facultades se convertiría en el representante popular de la independencia amenazada, y la personificación viva de la resistencia ante Napoleón III y su protegido, Maximiliano de Habsburgo.


(*) Colegio Aguascalentense de Estudios Estratégicos Internacionales, A.C.


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Soren de Velasco Galván

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