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Opciones y Decisiones / Carlos Fuentes y el hombre perfecto

A partir del martes 15 de mayo pasado, el mundo pesa 21 gramos menos, por la muerte de Carlos Fuentes y México se sale de la órbita estacional sobre la que giraba en torno al centro de gravedad de sus grandes pensadores del siglo XX.


Por exagerada que pareciera esta metáfora, en realidad se trata de aglutinar en gran síntesis, la significación profunda que comporta la defunción de un mexicano que concluyó su periplo sobre la Tierra, como un verdadero hombre universal. Y lo es, no solamente porque radicó  intencionalmente su domicilio, por periodos intermitentes en París o el corazón de Europa, y haya manifestado como última voluntad que sus restos sean depositados en Montparnasse; sino porque su obra de escritor, desde el inicio, se ubicó en el centro gravitacional de la civilización occidental cristiana; de ahí su incansable búsqueda de inmortalidad.


Es por demás evidente que una de sus renombradas óperas primas, Las buenas conciencias (1959), la haya dedicado a tres hombres de talla universal y de quehaceres diversos: a Luis Buñuel, “gran artista de nuestro tiempo, gran destructor de las conciencias tranquilas, gran creador de la esperanza humana”; a Soren Kierkegaard, “los cristianos hablan con Dios; los burgueses hablan de Dios”. Y a Emmanuel Mounier, “on s’arrange mieux de sa mauvaise conscience que de sa mauvaise réputation” (Uno se acopla mejor con su mala conciencia, que con su mala reputación).


El primero, un cineasta que dejó un legado crítico audiovisual insustituible de los acomodos de las buenas conciencias del mundo occidental, para no ver u ocultar la miseria humana, detrás de la frivolidad de la vida y costumbres de los poderosos y famosos de este mundo, al estilo de El Discreto encanto de la burguesía. El segundo, un teólogo que rompe paradigmas, muy temprano en el siglo XX, y que instaura el tema inenarrable de “la muerte de Dios”, para anunciarle al mundo que, en efecto, cultural, económica, política y científicamente el mundo salvajemente desacralizador y deshumanizante de entre guerras, las dos mundiales, había declarado socarronamente que “¡Dios ha muerto!” De ahí la fina ironía de Carlos Fuentes al referir esa frase del profeta de la muerte de Dios, el creyente auténtico ensaya de hablar de con Dios, pero el satisfecho de sí mismo prefiere hablar de Dios, como tema de conversación, no más. Y, el tercero, Emmanuel Mounier, un filósofo humanista radicalmente creyente en la potencialidad del hombre, pero del hombre que se atreve a cifrar su vida en Dios y desde el horizonte de la cristiandad; una filosofía clásica, pero existencial, vitalista, intuitiva como los grandes filósofos de su generación.


El humanismo esencial de la cultura occidental cristiana se niega a morir. A pesar de sugestivas y poderosas ideologías dominantes del siglo XX, como son –desde mi punto de vista- en primer término del maniqueísmo soterrado que está en la base del cristianismo tradicional acrítico, ritualista y sacramentalista; pero sin compromiso ético por la salud, liberación del cristianismo original.

En segundo término, el existencialismo ateo que lideró Jean Paul Sartre y que cubrió una buena parte del pensamiento universal, al descubrir que si el hombre no tiene como referente a Dios, entonces su ser y su libertad dependen radicalmente de su decisión para vivir o no vivir, para dejar de ser a voluntad. En tercer término, el materialismo histórico dialéctico, ateo, convertido en ideología económico-política bajo el marxismo económico traspuesto en doctrina del comunismo absolutista y radical.


En cuarto término, se trata de la ideología más globalizadora, jamás existente, pero que domina y pervade la suerte de nuestro mundo actual, el cinismo. Que Franz Hinkelammert, economista y teólogo de la liberación, evidenció en su obra Las armas ideológicas de la muerte, que no es sino una crítica a la ideología neoliberal, regente en los países centrales o del Capital dirigente mundial. Y que también desenmascaró el filósofo contemporáneo, Peter Sloterdijk, autor de Crítica de la razón cínica, en que hace un análisis muy comprehensivo de la significación de la conducta cínica que rige desde los núcleos, hombres y mujeres poderosos de talla mundial al gran universo de la humanidad dominada, bajo esta implacable, pero sutil y eficaz ideología. Su cara amable es el consumismo exacerbado de la cultura internacional, que vive, sueña y come de las marcas de fama mundial, y se hace símbolo de prestigio, buen gusto y estilo de vida para su indiscriminada apropiación, a costa de lo que sea. Su rostro obscuro y nefasto es el empobrecimiento crónico de países, de masas populares enteras, que se incrementan exponencialmente, hasta llegar al extremo de lo que hoy cínica y cultísimamente llamamos “pobreza alimentaria”.


La universalidad e inmortalidad que buscó Carlos Fuentes, para el hombre de todos los pueblos y de todos lo tiempos, se puede pintar en algunos rasgos maestros, que referiré como el único encuentro presencial que tuve la suerte de tener con su persona, gracias a la entrega de una conferencia magistral que pronunció en el año de 1993, con motivo de una seminario internacional de análisis social, organizado por el entonces todavía secretario de Desarrollo Social, Luis Donaldo Colosio Murrieta.


En esa conferencia magistral inaugural, Carlos Fuentes desarrolló con gran familiaridad y sencillez una remembranza del pensador renacentista Giovanni Pico della Mirandola, ilustrado humanista y viajero incansable, que refiere una clasificación muy simple, pero muy contundente de lo que significa ser un hombre total.


Parafraseo sus palabras, de memoria. El hombre que se siente a gusto en todas partes, es alguien muy distante de la perfección. El hombre que se siente a gusto en algunas partes, pero en otras no, es un hombre que está en vías de la perfección. Pero, el hombre que se siente a disgusto en todas partes, es un hombre muy cercano a ser perfecto.


Creo que en esa remembranza, Carlos Fuentes nos regaló el ideal del hombre que es auténticamente universal; y que convirtió en razón de ser para sí mismo –lo digo por mera intuición-. Y si el hombre se torna universal, entonces es inmortal, y si se ha convertido en inmortal, entonces es el individuo humano que ha llegado a ser perfecto.


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Francisco Javier Chávez Santillán

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