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La aldea de F, tributo a Arreola

Antología de Isabel González, Teresa Serván, Eva Díaz Riobello e Isabel Wagemann

La Aldea de F, tributo a Juan José Arreola a ocho manos

Ya fue presentada en España esta colección de 156 microcuentos

 

Los cuentos de La aldea de F se ambientan en un poblado ficticio que tiene su origen en El guardagujas, cuento de Juan José Arreola. En un entorno desértico, enigmático y hostil se enmarcan los cuentos de Las Microlocas: Isabel González, Teresa Serván, Eva Díaz Riobello e Isabel Wagemann, tres españolas y una chilena curtidas en el género y unidas por iniciativa de la escritora argentina Clara Obligado, una de las precursoras más destacadas de la microficción en España. La razón, como ella misma explica en el prólogo del libro, es que “sus textos dialogaban naturalmente y había en ellas una voz peculiar que me hizo sentir que se trataba de una poética común”.

Clara Obligado destacó que “Arreola es uno de los autores señeros de un género que hoy alcanza su esplendor: el microrrelato. Y el autor mexicano, entre otros, se instala en el imaginario español como uno de los maestros”. En un juego de espejos, Las Microlocas parten de esa obra para crear un universo completamente nuevo, terrible y brutal. “Uno de los efectos logrados en La aldea de F al parafrasear a autores mexicanos como Arreola, o a Monterroso; ha sido desmontarlos, desguazarlos para reinsertarlos en el flujo de las lecturas más contemporáneas”.

Conforman el libro 156 microrrelatos divididos en cuatro apartados: La aldea, Uno de esos accidentes, Terreno implacable, y Traviesos. Cada título hace referencia a una temática muy definida: el origen de F, la muerte, el amor y la infancia, con su mezcla de crueldad e inocencia. El resultado es una explosiva combinación de voces que atrapa al lector y lo incorpora en un juego interminable de lecturas que se replican hasta el infinito, mezclando sin vacilar el realismo mágico con humor negro e, incluso, el terror.

Con autorización de Las Microlocas, reproducimos el prólogo de Clara Obligado incluido en la edición de La aldea de F publicada por Punto de Partida, sello editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Prológo de Clara Obligado

“Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. (…) Esa técnica puebla de aventuras los libros más calmosos”.

Jorge Luis Borges. Pierre Menard, autor del Quijote.

“Cuando las ruedas de El guardagujas de Arreola, hartas de polvo y arena, decidieron no seguir adelante, el tren arrastró su cuerpo metálico por la tierra y quedó varado en el desierto. Los viajeros se miraron con desconfianza y se apearon del tren. Lijados por el tiempo, sus recelos se gastaron hasta el cariño. Unos se juraron amor eterno, otros eligieron la fugacidad del instante. De estas pasiones nacieron hijos, acaso familias, pero también futuras venganzas y odios imborrables. Nacieron historias, nació F”.

Así definen las autoras el punto de partida de este libro, que también pudo ser La autopista del sur, de Cortázar, si el texto del autor argentino no se hubiera escrito casi una década más tarde que el de Arreola. En esa aldea –o en ese atasco-, los personajes se ven abocados a entregarse, al azar, a un desconcierto en las relaciones que podría ser el símbolo de la condición del hombre moderno, incapaz de decidir su propio destino.

No sé si lo pensaron Cortázar y Arreola, ni siquiera sé si lo pensaron así las autoras, pero resulta que La aldea de F. que imaginó Arreola se ve poblada ahora por esas relaciones eventuales que son el símbolo de nuestra manera de vivir. Un lugar donde ya el tiempo transcurre sin prisa y donde, a pesar de que el agua es un espejismo, existen las sirenas. Allí se cosen y descosen historias de vivos y de muertos, y las mujeres, con sus lenguas cortantes, son la imaginación de F.

Hay un espíritu fundacional en este libro de microrrelatos que busca, a través de revisitar la literatura latinoamericana, una apropiación realizada desde la península, un diálogo o “cantar de ida y vuelta”, con su producción híbrida, como querían nuestros abuelos. Las autoras dejan el tren detenido y, rodeándolo, van creando La aldea de F, una aldea que, para sorpresa del propio Arreola, está vista desde la perspectiva de las mujeres.

La crítica contemporánea diría que hablamos de una ficción dentro de la ficción, ya que para estas autoras no hay disminución alguna en el asalto que supone la decisión de habitar el texto de otro. Se diría que, más bien, se trata de uno de estos movimientos juveniles de ocupación que, evadiendo el derecho sagrado a la propiedad, se asientan en espacios nuevos para imprimirles una identidad comunitaria.

¿Es, digamos, una invasión de un espacio literario ajeno a sangre y fuego? La idea resulta tentadora, pero se trata más bien de todo lo contrario: hablamos de homenaje, de entrecruzamiento, de un reflejo de lo que, en nuestro mundo errante, es la literatura, de los vínculos que, a través de siglos de utilización de un mismo idioma, se han ido tejiendo. Como diría Kristeva, se trata del texto como una permutación de textos, que se cruzan y se neutralizan. Evidentemente, si toda literatura es diálogo, no hay otra manera de leer que no sea a través de los autores que veneramos, ni otra manera de escribir que no sea vampirizándolos. Estamos, pues, muy lejos del concepto de autor como propietario de un texto. Pero nada de esto es nuevo.

Ya Borges reflexionó sobre la posibilidad de incluir una obra literaria dentro de otra obra literaria, y también sobre los límites de la autoría, en Pierre Menard, autor del Quijote, un texto que pone en jaque la idea del autor individual para colocar en el centro textos trufados por la voz de otros. La obra visible de Menard está resuelta, como suele suceder en Borges, con una enumeración caótica. Interesa, sin embargo, la otra, “la subterránea, la interminablemente heroica, la impar”, que a la vez, está inconclusa.

O sea, no se trata de conquista, pero sí de apropiación indebida, con el debido respeto. Mejor dicho: de un juego de espejos, de un espacio donde la escritura y la lectura pueden ser infinitas.

Arreola, y sus discontinuas publicaciones en España, es uno de los autores señero de un género que alcanza hoy su esplendor: el microrrelato (o microficción, o hiperbreves, o como queramos llamarlo), y el autor mexicano, entre otros, se instala en el imaginario español como uno de los maestros. Por lo tanto, es parte de este juego de espejos. Parafrasear a Arreola o a Monterroso, desmontarlos, desguazarlos para reinsertarlos en el flujo de las lecturas más contemporáneas, reflejarse en ellos es uno de los efectos logrados en La aldea de F y de tantos otros libros que, en este momento, aparecen en España. Podríamos decir que, a lomos del dinosaurio, los autores cruzan el océano mostrando a los lectores de ambas orillas que, si bien las crisis y las desconfianzas impiden a veces conocernos, el idioma es un espacio firme de asentamiento, aunque con fronteras difusas.

Se trata, entonces, decíamos, de escribir la influencia, de exhibirla. De actuar, diría Borges en el cuento citado, como si de un palimpsesto se tratara. De recortar el texto del propio Arreola hasta convertirlo en una microficción, desplazando los sobrantes para futuras invenciones. No olvidemos que el propio Borges utilizó esta misma técnica en su Antología de la literatura fantástica (Borges-Bioy-Ocampo) y también hoy Raúl Brasca y Luis Chitarroni, entre otros, se convierten en antólogos-escritores por arte de la concentración, el recorte o fragmento. Nos referimos a escritores desacralizadores que, en lugar de prosternarse frente al altar de los grandes de la literatura, entran en los templos con su saqueo victorioso.

Visto así, podríamos decir también que Arreola se adueña de Kafka, Cortázar de Arreola, y así sucesivamente. Siguiendo esta línea, encontraremos en este volumen apropiaciones impertinentes y festivas de textos de Ana María Shua, réplicas femeninas a algún cuento de Neuman, homenajes descarados y seductores al propio Brasca. Es que Las Microlocas no se detienen ante nada. No contentas con fagocitarse a los consagrados se lanzan, con su apetito voraz, con impulso de ménades, a devorarse las unas a las otras, se copian, se responden, se revuelcan. Metafóricamente, claro: toda lectura, propia o ajena, es puesta al servicio de su creación. Así, en la pluralidad de los textos, el origen tiende a perderse, se convierte simplemente en leyenda, en tradición, en mito. Como sucede con todo, en La aldea de F.

Este proyecto no es una antología al uso sino que presenta a cuatro autoras residentes en España que han escrito un texto a ocho manos pero respetando a la vez la autoría individual. Es decir, si bien los textos fueron generados por cada una de ellas en solitario, también ha intervenido en el resultado final el debate y la corrección conjuntas; en el fragor de la escritura unos textos comenzaron a contestar a otros, a devorarlos, el estilo ajeno impregnó y engulló, a veces, el propio. Aunque este tema sería objeto de un análisis más profundo, no es este fenómeno ajeno al crecimiento de los talleres de escritura, cuyo papel en la instalación y debate del cuento y del microrrelato resulta más que evidente.

Teresa Serván (España) e Isabel Wagemann (Chile), han sido durante años alumnas de mi taller. Isabel González (España) llega de la mano de Ana María Shua, y conozco a Eva Díaz Riobello (España) a través de un texto ganador de un concurso. Las tres primeras han sido antologadas por mí. Pensé que tenía que ponerlas en contacto ya que sus textos dialogaban naturalmente y había en ellas una voz peculiar que me hacía pensar que se trataba de una poética común. Estaban formadas en la lectura de autores latinoamericanos y su temática, su perspectiva, resultaba audaz a la vez que innovadora.

En cuanto se reunieron, supieron que estaban hechas para escribir juntas. Y así nació la idea de Las microlocas, que ya comienza a rodar. Levantaron su primer campamento en La aldea de F, donde un viajero azorado espera un tren imposible, se instalaron con su escritura en ese mundo ominoso, lleno de secretos y de medias verdades. Así nacieron estas historias, así nació la aldea. Hizo falta el entusiasmo de Rosa Beltrán para que el viaje cuajara en libro.

 

 

La aldea de F. Las Microlocas, Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann (Dirección de Literatura, UNAM, ediciones punto de partida 9, 2011), en la imagen las autoras.


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