Opinión

Opciones y Decisiones / El diablo está en los detalles

#Yosoy132 es ya un movimiento en vías de organización de la juventud universitaria mexicana. El P. Jorge Atilano González Candia, s.j., testigo de los hechos en la visita de Enrique Peña Nieto al campus Santa Fe de la Iberoamericana, resume en cuatro puntos los motivos de indignación de los estudiantes, provocada por el dicho del dirigente del Partido Verde Ecologista y el Partido Revolucionario Institucional en que adelantan la interpretación de los hechos, para asentar que: 1) fue un grupo pequeño, 2) no eran universitarios de la IBERO, 3) que eran seguidores de López Obrador y 4) que era necesario investigarlos para castigarlos.


La indignación de los participantes de la Ibero en la manifestación de repudio a EPN provocó su recurso a las redes sociales, para subir a Internet un original video que desmintiera tales acusaciones; graban su rostro, voz e identificación universitaria un total de 131 alumnos. Tan elocuente testimonio cundió rápidamente entre los jóvenes de al menos 52 universidades públicas y privadas del país, que decidieron identificarse plenamente con ellos adoptando el lema “Yo soy 132” con los 131 y uno más, que puede multiplicarse por decenas o centenas.


Un hecho social inédito que rompe la ominosa ausencia de las y los jóvenes en la participación política de México, salvo quizá el episodio de la llamada transición mexicana, en que Vicente Fox asume la Presidencia del Estado Mexicano. Hoy, la coyuntura en que surge este movimiento es también electoral, pero su vitalidad y profundidad depende de que trasciendan, por un lado, las fechas terminales de la contienda política y, por otro lado, sus demandas superen la controversia partidista, para anclarse en el discernimiento y oposición, en su caso, a las políticas públicas y status quo del establishment, como aparato o sistema político dominante en el país.


El movimiento juvenil comulga plenamente el repudio al candidato EPN y el estatuto político que él representa; es decir, sabe lo que no quiere, pero le falta por definir aquello que sí quiere y que comparta incondicionalmente con todos los adherentes. Es aquí donde el asunto del consenso societal al interior es relevante y aún vital para su cohesión organizacional.


Este último es el imperativo decisivo para todo organismo social – sea de naturaleza pública o de la sociedad civil – particularmente porque se define como apartidista y, por tanto, sin adhesión colectiva o masiva por algún contendiente político determinado. Lo que tampoco puede obviar es la naturaleza democrática de su estructuración y manifestación pública. Cabe la cual no hay sitio para invectivas que insinúen la muerte o la aniquilación física del adversario, lo que es una flagrante e inadmisible transgresión antidemocrática e inmoral por naturaleza.


La prueba del ácido por la que tendrá que pasar es blindarse ante la infiltración de grupos de interés ajenos a su movimiento y, mucho menos, versus sindicatos o agrupaciones corporativas, aunque le tributen adhesión y simpatía; su inclusión militante dejaría una estela muy sospechosa de intereses sesgados y de idearios ideológicos contradictorios a su propia naturaleza.


Estas precauciones distan mucho de ser un tema menor, ya que la coherencia y el objeto social de base del movimiento podrían ser gravemente alterados y pervertidos.


Así como se dice que la Naturaleza “tiene horror al vacío”, porque la nada repugna a la existencia, en una organización social, la negación o recusación de un ser presente exige la afirmación de un ser posible, pero nunca el vacío existencial, porque tal postura sería nihilista de facto y ocupada por otra alternativa querida o no.


La teoría sociológica respecto a la construcción de la “consciencia política” establece que no puede haber tal, si no parte del piso básico de una consciencia y pertenencia de grupo, que sólo es el primer eslabón de una larga cadena de procesos psicosociales y estructural-organizativos. Los acuciosos estudios sobre los movimientos obreros de la era industrial, al estilo del inglés Eric J. Hobsbawm, son pioneros en el análisis crítico de esas fases necesarias de aglutinamiento y formación organizacional. También nos han ilustrado vastamente acerca del trascendental papel de la ideología en torno a la cual comparten una misma visión del mundo –cosmovisión-. E idéntica ética militante, a la manera lúcida y crítica del politólogo italiano Antonio Gramsci. En suma, sin una cohesión ideológica consciente y sin la adhesión a principios y valores que configuran una misma moral de grupo, cualquier movimiento social está destinado al fracaso.


Las enseñanzas históricas son claras e inobjetables, un tal tipo de grupo sin la columna vertebral de un eslabonamiento de valores, actitudes y conductas compartidas, y sin la fibra muscular de la orientación hacia metas, objetivos, estrategias y tácticas explícitamente determinadas y asumidas, es un grupo social sin perspectivas de futuro; porque, o bien es asimilado por otra constelación de intereses dominantes, o bien es acotado en sus posibilidades de activismo y expansión, para al final ser arrinconado, cercado, aislado y convertido en un ente inocuo, políticamente hablando; o bien es cooptado por un organismo de nivel superior que lo supedita a su interés dominante.


El padre Jorge Atilano González Candia, que participa con la Red Nacional Juvenil Ignaciana, www.enjuvi.org www.sjmex.com, sección vocaciones, opina que: “El movimiento #Yosoy132 puede ser ocasión de sembrar en los jóvenes el deseo de una nueva manera de hacer política. Más allá de las contiendas electorales, la chispa que se ha encendido es una buena ocasión para articular esfuerzos y crear redes que permitan conspirar a favor de una Nación herida”. La cuestión funcional del movimiento, yo opino, reside en su identificación con un líder, sea de dentro o de fuera, y cuya influencia le aporte la unidad indispensable para ser eficaz. El líder del Movimiento Progresista ya lanzó el guante en la plaza pública.


Por ello, se hace verdad el dicho, atribuido al arquitecto alemán Ludwig Mies van der Hohe (1886–1969), El diablo está en los detalles, frase favorita también del historiador de arte alemán Aby Warburg (1866-1969), y que tiene precedente en un dicho más antiguo de Gustave Flaubert (1921-1880) que versa “El buen Dios está en el detalle”. Lo que implica que la arquitectura de un movimiento social tiene, como reto, no las generalidades o las circunstancias transitorias a las que confronta incidentalmente, sino trabar el fino detalle de su composición e ideología interior.


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Francisco Javier Chávez Santillán

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