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[Entrevista a David Miklos] Retratar la quintaesencia de la violencia, la semilla de la violencia

Un texto sobre la conclusión y el final de una genealogía

FOTO: LIZETH ARAUZ

Brama (Tusquets, 2012) es la novela más reciente del escritor David Miklos (San Antonio, Texas, 1970), autor de la trilogía de novelas La piel muerta (2005), La gente extraña (2006) y La hermana falsa (2008), así como del libro de relatos La vida  triestina (2010). Brama es su cuarta novela y fue publicada este año y nos cuenta el final de una genealogía, el final de una familia consumida por la rivalidad entre dos hermanos, Bela y András, quienes entablan una guerra a muerte por la casa paterna, herencia que los dos se disputan a vida o muerte.

Brama es una novela de pasiones intensas, el sexo juega un papel fundamental en la historia. A los hermanos no les importa hacerse daño, ni traicionarse, y en ese juego brutal la carne y las bajas pasiones juegan un papel esencial, dentro de un universo cerrado, pues todo lo que el autor nos cuenta sucede dentro de la casa, que además tiene vida propia.

Javier Moro Hernández: David, ¿cómo surge Brama, cuál fue el proceso y cuál fue la idea original que le dio pie?

David Miklos: estaba escribiendo otra novela, una novela bastante amplia, demandante y complicada, que creo que me rebaso y de pronto empecé  a describir la casa en donde después ocurriría Brama y empecé a narrar a la casa desde ella misma, le di una voz muy de estilo nouveau roman como recurso y la casa empezó a decir “aquí pasó algo” y lo siguiente que supe fue que empecé a narrar a András, el hermano menor que llega a la casa, la casa de algún modo le cede la voz, o sea pasa la primera persona de la casa a András y en ese momento me di cuenta que tenía una historia ahí, sabia que iba a haber dos hermanos, antitéticos que iban a compartir la casa en herencia y que iba a ver una batalla campal intramuros y que iban a disputarse esa casa. Primero salió la idea que podríamos llamar clásica, de la disputa entre hermanos, y pues decidí en algún momento darle un giro sexual, erótico, como queramos llamarlo, a la historia y decidí que se resolvería así, con el sexo como moneda de cambio, como tipo de cambio y aparecieron en escena la esposa de Bela, el hermano mayor y luego Marina, la amiga de la infancia de András, con la que tiene una cuenta pendiente por saldar. Entonces con esos elementos decidí hacer algo trasgresor, excesivo, como realmente regodearme y deleitarme en esta idea, de llevarlo todo al límite. Fue una narración que se desprendió de otra y pues me divertí muchísimo. En algún momento decidí que iba a ver un contrapunto, y que iba a explicar la procedencia de los hermanos y decidí narrar a los padres, que son los únicos que sí dialogan entre sí. La verdad fue un proceso muy gratificante porque no fue planeado, no estaba obligado a nada, era como una especie de divertimento y también fue una respuesta a lo que me había dicho un amigo, justo había nacido mi hija, y mi amigo me dijo, Rafael Juárez, escritor uruguayo, me dijo: “ahora vas a escribir puras cosas tiernas”, y pues pensé que debería tratar de hacer lo opuesto, entonces entre cambios de pañales y biberones me subía al estudio a escribir.

JMH: me llamó la atención esta estructura que le das a Brama, de pasar de la primera voz de la casa, como un escenario que tiene voz propia, a los personajes, a los hermanos, ¿pensaste en darle voz a todos los personajes desde el principio, o es que ellos fueron creciendo?

DM: en un principio yo quería que la casa lo narrara todo, iba a ser una narración en una falsa primera persona, que era la casa hablando, y luego en tercera persona contándonos de los hermanos, y sin embargo, decidí que esa voz que es la voz que le lleva la narración, que es lo que he hecho en las novelas anteriores, se depositara en cada personaje y cada personaje hablara en primera persona, y más que dar su punto de vista lo que buscaba era que aportarán su pieza de lo que había ocurrido en esa casa. Creo que la idea de la casa, como narradora, surgió del comienzo de la lectura de una de las novela de John Banville, The Infinities, que también es una narración muy peculiar en la que lo que hablan son unos semidioses griegos, narrando lo que sucedió en una casa, de hecho no la he terminado, me quede con el principio. Cuando ya había decidido que cada personaje hablara lo que siempre tuve como de fondo en la cabeza era una novela de Julian Barnes que se llama Talking it Over, me gustó como recurso, sin embargo creo que quedó muy distinta de como lo hizo Barnes, porque al final quedó como una especie de representación, como una obra de teatro, de hecho, apela mucho a la idea de la construcción teatral griega, a la tragedia, pues en este caso también hay un coro que es la casa, están los personajes y hay una resolución, aunque no hay consigna moral alguna, pero fue un poco así como decidí estructurar Brama. En algún momento pensaba que iba a hablar primero Bela y después Andras, pero al final quedó diferente, aunque la voz regresa a la casa, que nos cuenta lo que pasó.

JMH: pienso que Brama es una novela erótica, pero también que es una novela de muchas pasiones, de sentimientos encontrados, sí podría decir que es erótica, pero es una novela en la que las pasiones se desatan, los odios chocan.

DM: yo no la concebí como una novela erótica, sí a la hora de narrar las escenas sexuales, sí pensaba en lo que he leído, quién lo ha hecho bien a mi gusto y pensaba en Bataille, Klosowski, García Ponce, como su heredero en México, pero era más que eso, esa una novela, o por lo menos así la pensaba en su construcción, que buscaba retratar la quinta esencia de la violencia, la semilla de la violencia y pues ahí, en donde hay violencia, hay pasiones fuertísimas, encontradas, y quería hacer una especie de alegoría de lo que estábamos viviendo en México, en esta atmósfera de violencia, rastrear de dónde viene. Ahora lo pienso y no lo había dicho, me influyó mucho Los Trabajos del Reino, de Yuri Herrera, una novela que ocurre a puerta cerrada, en un reino que es esta casa de un narco, y tenemos al narrador que es este músico, y retrata a puerta cerrada lo que ocurre, y es un muy buen recurso, además es una muy buena novela que rebasa esta idea genérica de la novela del narco porque es otra cosa y fue eso, fue mi respuesta a lo que estaba ocurriendo, a lo que está ocurriendo.

JMH: una especie de laboratorio sobre la violencia.

DM: más o menos, y una especie de demostración de que la violencia comienza en casa, tal cual.

JMH: de dónde surge la idea del origen de los personajes, de Tíbor, de Bela, András, que sean centroeuropeos.

DM: mi familia paterna era húngara, mis abuelos eran húngaros, la casa está un poco basada en la casa de mis abuelos, mi abuelo se llamaba Tíbor, pero  cuando llego a México se cambió el nombre a Tiburcio, y András y Bela son una especie de Abel y Caín húngaros, que en realidad son una representación escindida de la masculinidad, son una especie de arquetipos partido en dos, pero ciertamente, tiene esta atmósfera centroeuropea, lo que Bela son danzas húngaras, el vino que beben, ese vino dulce es un Tocayi, aunque no lo menciono, simplemente dejo los nombres para no invadir el territorio del lector y que él piense que sea el vino que sea, pues para mí esa clase de detalles no tienen mayor importancia pero sí quería dejar, por lo menos en clave, esta idea o sensación de “hungaridad” que tengo y que precisamente, regresando a las pasiones, es un pueblo muy apasionado, tiene una tasa altísima de suicidio, su música es muy sentida.

JMH: en ese sentido, la sexualidad de los dos hermanos también podría decirse que es excesiva en ambos sentidos.

DM: sí, totalmente, esa era la búsqueda, tocar a la puerta de lo grotesco, creo que el cabo último del exceso es lo grotesco, y esa era la idea, tener por un lado a este aparente semental, demente, bestia que es Bela y que pese a todo no tiene hijos, y por el otro a este personaje hipersensible, aparentemente pusilánime, eyaculador precoz que es András, polos completamente opuestos, y quería burlarme un poco también de todos los temores y mitos de lo masculino, decir finalmente que también es un sexo débil, tiene miedos muy arraigados y quería preguntarme cómo se reacciona ante esos miedos, y mi respuesta un poco es de ahí están los hermanos, las mujeres Moira, Milena y Marina,  terminan siendo más resistentes, más cabales, ahí donde ellos destruyen ellas logran rescatar y construir algo.

JMH: las mujeres de tu novela no son exactamente una contraparte de tus personajes masculinos porque son constructoras, como bien dices.

DM: claro, son mundo aparte, y por eso sus parlamentos que tienen son más breves, ellas simplemente narran lo que ocurrió, y la historia es de los hermanos, los que se van a destruir son ellos, y ellas sí aparecen como pivotes y como una especie de vehículo entre y otro.

JMH: finalmente Marina es la que sobrevive.

DM: sobrevive y es testigo de lo que ocurre, como la casa, sólo que ella al final se va de la casa.

JMH: Brama es una novela con tintes realistas, pero continúa teniendo ambientes cerrados, opresivos, en este caso dentro de la casa, pero sientes alguna otra diferencia con tus anteriores novelas

DM: las tres novelas anteriores son novelas sobre el origen, sobra la construcción de una genealogía o la exploración de una genealogía, y ésta es al revés, es la novela sobre la conclusión y el final de una genealogía, allá donde las otras buscan explicar el origen de cierto mundo, Brama es el fin de cierto mundo, y creo que en las otras dejo muchos cabos sueltos, lo cual es una provocación al lector de “no voy a responder a todas tus preguntas, esas te las vas a responder tú” y aquí al revés, aquí no hay ningún espacio, es muy barroca en ese sentido, está sobrecargada de información, sabemos todo, desde el detalle anatómico hasta el detalle del resquicio de la casa y de las acciones de los personajes, entonces, en ese sentido, es muy diferente, y hasta en la escritura fue diferente porque fluyó realmente a caudales y en cambio, en las otras escribía a cuentagotas, en lo que es similar es en el proceso de corrección porque a la hora en que ya terminé el manuscrito era trabajar y trabajar.

 


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Javier Moro Hernández

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