Opinión

Flores para Elvira / Cocina Política

En mi cocina se come, se lee, se estudia y se conversa de todo… particularmente de política.

 

¿A  Usted, no le ha resultado extraño comprar flores? Yo no sé de qué manera fui a encontrarme seleccionando, una a una, las flores de un ramo.

Yo quería que el ramo, significara la transición de vida, la transición de entrega, hacia la auto-liberación, hacia la paz. Por eso pedí seis flores blancas. Flores “gerberas”, muy parecidas a las margaritas, pero de pétalos más grandes y alargados. Añadí una sola flor amarilla, que, en mi concepto significara amistad y tal vez, hasta una secreta admiración por esa entrega, de mi amiga, que (ahora lo sabemos) tuvo siempre la fragilidad como base, aunque pueda parecer contradictorio.

Por eso cuando tuve el ramo de flores, perfectamente arreglado por el joven dependiente de esa pequeña florería, entré en pánico…no me sentí legitimada para llevarle un ramo, a ella, para quien no tuve un regalo de boda, para quien no tuve obsequios para sus pequeños hijos, ¡Vaya! Ni aún dos meses antes, cuando su padre falleciera, pude darle un abrazo. Brindarle un poco de consuelo. Hay más aún… nunca le di un abrazo. Nunca lo hice.

Cuatro años fue mi compañera en el Centro Regional de Educación Normal de Aguascalientes, y me encantaba su risa. Elvira era de esas personas que hacen reír a los demás cuando se ríen. Y yo en lo particular, fascinada, reía con ella.

La recuerdo, fresca, lozana, joven. Siempre en compañía de Tere Cruz, con quien entonces, guardaba un extraordinario parecido físico. Eran inseparables: amigas, compañeras, quizá confidentes.

La volví a ver hace poco más de un año. En el aniversario número veinticinco de nuestra graduación como profesores de primaria, y debo confesar que no la reconocí. Estaba diabéticamente delgada. Pálida. Y lucía pesados anteojos. Pero ella aseguraba sentirse bien y desviaba mi preocupación ella hacía su padre, que según ella, era el enfermo.

Elvira Gómez nunca se casó. No tuvo hijos. En medio de su diabética fragilidad vivió para ser una buena profesora que cuidaba con dedicación a sus padres. A su padre. El que murió dos meses antes, y por el que ella tanto se preocupaba.

Dos meses y un día después de la muerte de su amado padre yo estoy aquí. Con un hermoso ramo de seis flores blancas y una amarilla, evocando la risa alegre de Elvira, tratando de comprender por qué ella nunca tuvo una ceremonia a donde los amigos pudiéramos acudir para darle un abrazo y entregarle un obsequio simplón con significado de  te quiero. Convivir con ella en una ceremonia, que no fuera como ésta… la de su sepelio.

Pienso hoy en las mujeres y hombres, que como mi amiga, al no casarse y no tener hijos; no tienen esas celebraciones en las que es socialmente aceptado dar abrazos, entregar regalos y demostrar el afecto o admiración que sentimos por ellos. Para ellos no hay ceremonias de boda, bautizos, primeras comuniones, días del padre, la madre, o graduaciones.

Ella fue mi condiscípula durante cuatro años. La volví a ver hace uno en nuestro aniversario veinticinco de graduados y   hoy me encuentro aquí…  en una pequeña florería que está junto una funeraria. Intentando darme valor para ir a velar a una amiga; pero sobre todo intentando entender por qué tengo hoy, que comprar un ramo de flores para Elvira.

Las otras flores. Y en este mes ¡arranca! el proceso electoral local 2012-2013. Se renovarán presidencias municipales y curules del Congreso estatal. Oiga Usted, ¿Será que le voy comprando un buen ramo de flores a mi partido? ¿El PRI? Porque mire: acá en corrillos, se habla de “candidatos júniors”, jóvenes con apellido político, que salvo pocas ocasiones no heredan los talentos públicos de sus padres o parientes. Se habla de “candidatas consortes”, esposas y novias de políticos cuyas trayectorias se hacen a la sombra de sus ilustres o al menos célebres parejas sentimentales. Se habla de “candidatas Psafo”, que asegurarán espacios para mujeres cuya mejor característica política es pertenecer al género femenino. Se habla de  “candidatos de unidad”, pero unidad se refiere a la alianza –¿o tregua?– electoral –¿o electorera?– entre dos (quizá tres) grupos locales priístas y exclusión de los “incómodos”. En fin que… o los priístas comenzamos a hablar de candidatos con probada vocación social, modestia en el vivir y el conducirse, óptima experiencia legislativa o gubernamental, sentido común, sencillez y formación progresista; o esta cocinera política, se verá obligada a dejar de lado el ramo de flores y comprar de plano una corona mortuoria.

Los privilegios de la corona. Y ya que hablamos de coronas, le daré un consejo. Cuando Usted vaya de paseo en el andador peatonal J. Pani, ¡No vaya a tropezar! Con las mesas de un establecimiento llamado “Corona”, que rampantemente obstaculiza con su mobiliario la vía pública. Mire usted: el establecimiento tipo bar al que me refiero, no tiene número, pero está entre el 117 y el 123. Si pasa usted por ese tramo y tiene a la vista algún verificador de reglamentos ¡denúncielo!, pero espero que no le responda: “son los privilegios de la corona”.

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Socorro Ramírez

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