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Entrevista a Naief Yehya, autor de Pornografía (Tusquets, 2012)

 

 

El libro más reciente del narrador y periodista Naief Yehya (México, 1963) Pornografía (Tusquets, 2012) es un amplio ensayo que aborda la historia de la pornografía y su aporte a la cultura contemporánea desde diferentes visiones y puntos de vista. Yehya logra contarnos someramente la historia cultural de la pornografía, pasando desde el Imperio Romano, la Edad Media y la Revolución Francesa hasta nuestros días, en los que la pornografía se ha convertido en un verdadero fenómeno de masas, además de una industria cultural que mueve millones de dólares y que ha transformado al mismo tiempo la forma en que los espectadores consumen y ven al sexo. La sociedad se ha “pornocratizado”, nos dice el autor, ahora es más fácil que los jóvenes imiten y conozcan a las estrellas porno que hace 20 años. De esto y más platicamos con el escritor mexicano recientemente.

Javier Moro Hernández (JMH): Tu libro nos deja ver que la pornografía es un tema mucho más amplio de lo que en un primer momento se podría pensar, abarca temas y preguntas que no se estudian cotidianamente, porque la pornografía, a pesar del consumo masivo que tiene, sigue siendo vista a partir de prejuicios y del morbo a pesar de que vivimos en una sociedad hipersexualizada.

Naief Yehya (NY): Es una paradoja desconcertante y extraña, pero implica una dualidad que, como si se tratara de los polos de un imán, parece mantener girando al rotor de la cultura. La cultura occidental desde la aparición de los medios masivos ha dado un vuelco hacia la provocación sexual, sin embargo, esta abundancia no intenta normalizar a la imaginería sexual, sino explotar su estigmatización. Sin morbo no hay porno.

JMH: Sé que la investigación te llevó 20 años para terminar esta nueva edición, por lo que quería ahondar un poco en cómo surge el interés por investigar el tema en un principio, y qué nuevos añadidos trae esta nueva edición.

NY: El interés surgió un poco por casualidad. Le propuse a mi editor en el periódico El Nacional escribir una columna de crítica al cine porno y tras algunas reseñas que me divirtieron agoté el chiste, por lo que sentí que tenía que, o bien dejar en paz el tema, o ponerme a estudiarlo en serio. Escogí esto último y aquí sigo.

La nueva edición es muy diferente a la primera en muchos sentidos. La anterior es verdaderamente analógica y ésta es digital, la primera la escribí consultando bibliotecas y videoclubes, esta añade la inmensa riqueza del web (he podido ver cientos de filmes que antes sólo conocía por referencias o leyendas) e incorpora temas que no me sentía con la confianza de abordar hace ocho años, como el legado de Kinsey y Masters y Johnson. Dado que provengo de una educación ingenieril no quería tocar el asunto de la sexología, sino permanecer en el territorio del lenguaje de las imágenes, ahora me he sacudido este temor. Cuando hice la primera versión no existían las herramientas para evaluar lo que estaba sucediendo en Internet en términos de consumo y distribución de la pornografía.

JMH: Justo en estos 20 años el negocio de la pornografía se ha transformado muchísimo, ¿cuáles serían los cambios más trascendentes culturalmente hablando de esta industria?

NY: El  primero y más impresionante es el hecho de que un producto tradicionalmente costoso y riesgoso se volvió prácticamente gratuito y universal, con lo que cualquier modelo económico pierde completamente sentido. El abaratamiento de la pornografía la hace prácticamente inviable, y, sin embargo, nuevas producciones siguen apareciendo con un ritmo frenético, como la gallina a la que le cortan la cabeza pero corretea como enloquecida. El segundo factor es la brutal pornificación de la cultura, la manera en que los valores, estética y clichés porno han penetrado al mainstream influenciando la forma en que vemos y hacemos las cosas más cotidianas. Esto es sin duda parte del virus de ironía que asociamos con la hipsterización cultural y su vorágine de apropiación cultural.

JMH: Muchos ignoramos el origen y el desarrollo de la pornografía, pero me parece muy interesante el capítulo que le dedicas al desarrollo histórico de la pornografía, en el que das cuenta de cómo entre la Edad Media y la Revolución Francesa la pornografía tenía un uso que podríamos llamar “contestatario”, de burla hacia el poder, que visto a través del desarrollo que ha tenido la industria pornográfica en los últimos 40 años resulta difícil de creer.

NY: Si bien coincido contigo en principio, no estaría de acuerdo con que la pornografía ha perdido todo su potencial provocador político. Si bien el pornógrafo es imaginado como un mercachifle sin escrúpulos capaz de hacer cualquier cosa para ganar un peso de manera deshonesta y explotando a los vulnerables, el pornógrafo también es un outsider que cuestiona al poder, a las normas sociales y a la autoridad en general al arriesgar su posición y libertad ofreciendo materiales tabú. Además de que siempre ha habido artistas relevantes cuya obra ha sido acusada de ser pornográfica por su poder de incomodar y poner en tela de juicio los límites de lo representable.

JMH: Al hablar sobre la industria pornográfica resultan muy interesantes los datos que das en el libro sobre lo complicado que es hablar claramente del peso económico de esta industria, pues por un lado sus opositores inflan las cifras para infundir terror ante ella, y los miembros de la industria manejan cifras que son muy difíciles de comprobar.

NY: Sí, sin duda las industrias del porno californiana, japonesa, brasileña y tailandesa tienen un peso importante a niveles micro y macro económicos. Se trata de mercados vastos con ramificaciones diversas que, como en el caso del Valle de San Fernando mantienen viva a comunidades que trabajan alrededor de la industria del porno, desde personal técnico hasta maquillistas, restaurantes y demás. La producción asciende a muchos millones de dólares anuales a nivel planetario (pero nada que ver con las cifras histéricas de 14 mil millones de dólares nomás en los EUA). El problema es que al emplear cifras infladas siempre se incluye en la mezcla lo que se supone corresponde a los elementos criminales del porno: trata de blancas, tráfico de drogas, extorsión y quien sabe qué más.

JMH: ¿Podríamos decir que de cierta manera la sociedad contemporánea se ha “pornocratizado?

NY: Sí, como mencionaba antes, sin darnos cuenta ahora nuestras hijas e hijos viven en una sociedad donde los valores porno son comunes y aceptables, desde el look de los senos, labios y caderas operados hasta la forma de vestir que ironiza la imagen provocadora y de mal gusto de las estrellas porno. No obstante las imágenes porno que entendemos como los elementos característicos del hardcore siguen siendo aún hoy transgresoras y censurables.

JMH: Tu libro aborda también una situación muy curiosa sobre cómo la pornografía puede unir a dos colectivos que en apariencia se encuentran opuestos dentro del espectro político, y me refiero a los conservadores y a los grupos pro derechos de la mujer. Un ejemplo de cómo la pornografía levanta ámpulas en muchas personas.

NY: El caso más relevante y famoso es el de las feministas radicales de la década de que los 70 que forman el grupo WAP, Women Against Porn o mujeres en contra de la porno, entre otros, quienes consideran que la porno es el nivel más alto de la explotación  machista y el símbolo más perfecto de la degradación de la mujer, lo cual extendieron a que representaba el odio del hombre contra la mujer: “la porno es la teoría, la violación es la práctica” y era una forma de incitar al feminicidio. Éstas son ideas pazguatas de gente ignorante y asustadiza o manipuladora y siniestra, pensamientos facilones que sólo puede creer quien carece de la más elemental noción de historia, literatura, sicología o sociología. Así, estas mujeres se convirtieron en los mejores aliados de las fuerzas más represoras y dogmáticas del planeta en su lucha por eliminar las imágenes del deseo de la faz de la tierra. Por supuesto que su cruzada fue un fracaso, ya que para triunfar hubieran tenido que lobotomizar a todo mundo o encontrar una manera de controlar sus fantasías eróticas. Lo que sucedió fue que en vez de combatir a un sistema muy real de explotación que permite que una mujer gane 30 centavos por cada peso que gana un hombre, o que protege el abuso doméstico (tragedias que no requieren de la pornografía para existir) lanzaron la guerra contra imágenes que reflejaban deseos eróticos. Así estas feministas imbuidas de la lógica del pecado cristiano fracturaron el movimiento al actuar en contra de sus propios intereses y sirvieron de ariete para la extrema derecha y la Iglesia.

JMH: Hay que decir que no todos los grupos feministas se oponen a la pornografía, de hecho hay pornografía hecha por mujeres que lentamente está rompiendo con los moldes y los estereotipos de la pornografía tradicional.

NY: Sí, por supuesto, muchas feministas hicieron lo contrario, por lo que se apropiaron de los medios y lenguaje para expresar su propia sexualidad y liberarse de la imagen masculina que pesaba sobre sus deseos y fantasías. Hoy hay docenas de pornógrafas en activo proponiendo nuevas y diversas maneras de entender el sexo.

JMH: ¿Hacia dónde crees que se moverá la industria pornográfica en los próximos años, hacia dónde se moverá el consumo y la producción de pornografía?

NY: Muy difícil de anticipar. Precisamente ahora estoy trabajando en la continuación, por así decirlo, de este libro, y se trata de una reflexión acerca de la pornocultura y las consecuencias que puede implicar la desaparición de los límites de lo permisible. Eso aunado a la proliferación de imágenes atroces en Internet que se consumen en algunos de los mismos sitios que ofrecen pornografía ha creado una situación extraña en que deseo y repugnancia van de la mano, pero no sé hacia dónde. Mi búsqueda es un poco una mirada a lo que podría ser el consumo del horror real como entretenimiento con carga sexual. De lo que no tengo duda es que el modelo económico de la porno comercial está quebrado y sin embargo sigue operando, de forma en que es algo semejante a un universo de zombis encuerados que repiten sin fin poses, situaciones y actos en un sórdido y espectral ritual que caracteriza la cultura visual de nuestro tiempo.


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Javier Moro Hernández

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