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{Entrevista} Levantados, darle rostro y nombre a las víctimas

Entrevista a Javier Valdez, periodista fundador del semanario Río Doce

Los ciudadanos están callados, arrinconados, vencidos frente al narco y al gobierno, ambos igualmente abusivos e impunes y homicidas

Javier Valdez, periodista y fundador del semanario Río Doce de Culiacán, Sinaloa, también es autor del libro de crónicas De azoteas y olvidos, Miss Narco (con el que fue finalista del Premio Rodolfo Walsh que otorga la Semana Negra de Gijón) y de Los Morros del narco. En octubre de 2011 fue galardonado por el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) con el Premio Internacional a la Libertad de Prensa por “su valiente cobertura del narco y ponerle nombre y rostro a las víctimas.”

Levantados es su más reciente libro, editado por Aguilar, y en él, el periodista y corresponsal de La Jornada vuelve a ponerle nombre y rostro a las víctimas del narco. El término “levantado” ha sido utilizado para referirse a una persona que ha sido desaparecida de manera violenta por algún grupo del crimen organizado o por alguna institución de seguridad del Estado. Los desaparecidos parecen no tener nombre ni apellido, pero Javier Valdez nos viene a decir que no es así, que detrás de este desaparecido hay una historia, una familia, un pasado que debe contarse, que debe conocerse. Algo que el autor de este libro hace, poniéndose una vez más del lado de las víctimas de este conflicto.

Javier Moro Hernández (JMH): ¿Cómo surge el proyecto de escribir Levantados y cuánto tiempo te llevó escribirlo?

Javier Valdez (JV): Bueno, siempre tengo la necesidad de contar el tema del narcotráfico, que no sólo es intenso y doloroso, sino que se ha convertido en una forma de vida, y dejó de ser un asunto estrictamente policiaco, de buenos y malos. Y eso es un reto que asumo, contar las otras historias del narco, no la de los capos y sus complicidades con los servidores públicos o  con políticos y empresarios o banqueros, sino el impacto que tiene la criminalidad en los hogares, la vida nocturna, las banquetas, plazas, la calle. Y encontré en esto de los desaparecidos, los levantados, otro aspecto que había que contar, por eso decidí escribirlo. Duré un par de meses en decidirme, porque además son las historias humanas, las de abajo: el narco visto desde la calle, el patio de una vivienda, un camino vecinal, una importante avenida, desde lo cotidiano. Escribirlo me llevó alrededor de un año, pero de manera intensa le dediqué a este morrito de papel unos seis meses.

JMH: Pensaba, mientras leía tu libro que el hecho de ser un levantado puede ser un hecho muy doloroso para todos. Para la familia que no puede guardar el luto, para la sociedad que pierde a uno de sus miembros que literalmente es arrancado de raíz con la pretensión de borrarlo. ¿Ser levantado puede ser peor que estar muerto?

JV: Creo que es una buena frase la tuya: ser levantado es una muerte sin cadáver y por lo tanto es una muerte cuyo dolor se extiende y multiplica, que no tiene fin. Ser levantado o desaparecido por el ejército, la policía o criminales, es la peor de las muertes. La búsqueda protagonizada por familiares es un velorio sin muerto y una vida sin vida. Además, es una angustia incesante, porque la familia busca sabiendo que es muy probable que la víctima haya sido asesinada, pero lucha y lucha, en oficinas de gobierno, en calles cuando protesta, o en los predios en los que el pariente fue visto por última vez, pensando que está sufriendo hambre, que lo torturan, lo tienen cautivo, y que esperan que los suyos lo encuentren y lo lleven a casa.

JMH: Muchas personas piensan que el fenómeno de la desaparición de personas es un fenómeno reciente, pero se incrementó en el sexenio que acaba de terminar, pero es un fenómeno que ya venía golpeando a la sociedad mexicana en general, y a los estados del norte, desde hace cierto tiempo. ¿Cómo te enfrentas tú como reportero estas historias, dolorosas, tristes?

JV: Bueno, es difícil tomar distancia. Me consideré una persona sensible a todo esto y eso me ha ayudado -aunque sufro- a inspirar confianza, a que la gente se abra conmigo, incluso los sicarios, y a hermanarme con sus tragedias y vivencias, pero también me ha permitido llevar esos episodios tristes a mis dedos y a la computadora, y luego a los libros. Yo sufro cuando entrevisto a los protagonistas, pero también cuando escribo y cuando vuelvo a leer las historias. Así que me ayuda escribirlas porque de alguna manera las exorcizo, pero también voy a terapia sicológica, me refugio en mi música –blues, jazz, Joaquín Sabina-, y uno que otro fondo de botella. Pero creo que la mejor terapia es parir, construir, aunque sea sobre lágrimas, con cimientos desoladores y de desesperanza, estas historias. Verlas terminadas es mucho muy satisfactorio.

JMH: ¿Estaba la sociedad mexicana preparada para una guerra como la iniciada por Calderón en contra del crimen organizado?

JV: Claro que no, ni la sociedad ni el gobierno. El ex presidente nos metió a todos en una guerra que es más de Estados Unidos que nuestra, y todos salimos perdiendo, menos él y quienes tienen negocios con los criminales, como los altos políticos, empresarios y banqueros, y por supuesto los gringos. Ahora todos vivimos, padecimos un periodo de guerra que marcó a niños y jóvenes y el saldo es inmedible, y ni la mejor crónica alcanza a contar este apocalipsis cotidiano. Estos niños y jóvenes tienen en su ADN la violencia, la muerte violenta como muerte natural, y hay que preguntarse –tema triste y además peligroso- qué clase de adultos, novios, esposos, padres, profesionistas, van a ser, si vivieron este infierno en las calles, sus casas, escuelas y centros de trabajo.

JMH: ¿Estaba el Estado mexicano listo para enfrentar esta guerra?

JV: No, el gobierno no lo estaba. No tienen, todavía a estas fechas a pesar de tanta inversión en tecnología y equipamiento y armas, capacidad para enfrentarlo ni entrenamiento. El gobierno se desbocó: agarró a palos el panal de abejas y ahora no sabe qué hacer con tantos detenidos, tanta violencia y muerte. Además, es una guerra de mentiras, porque sólo hablan de soldados, policías y armas cuando se refieren a combatir a los delincuentes, pero no tocan el lavado de dinero ni a los políticos coludidos con los criminales, o que están a su servicio.

JMH: Javier, cómo trabajas tus crónicas, en ellas hay información [periodismo] pero creo que también hay un intento por buscar el lado humano, la cara, el nombre, a la historia. ¿Cómo logras ese equilibrio?, es más, ¿buscas ese equilibrio desde el principio?

JV: No me propongo nada, sólo contar. Pero sí es una preocupación mía y ahora puedo decirlo a distancia, esto de tocar el lado humano, de darle rostro y nombre a las víctimas, porque creo que esto puede ayudar a contar el narco como una forma de vida, no como un fenómeno policiaco, y contribuir a que la gente lo entienda, se dé cuenta que ahí, del otro lado, hay seres humanos, abandono, tristeza, niños sin hogar y sin amor, y un inmenso páramo que ya nos alcanzó. Y si yo logro esto, de alguna manera el lector se hermana con el sufrimiento de otros, se solidariza, abraza la causa, la lucha, las búsquedas de estas madres, esposas, hermanas, hijos, de sus parientes, y quizá, ojalá, vuelva a indignarse, a encabronarse por todo esto, y de nuevo asuma el papel de ciudadano que le toca y salga y grite, abandone el silencio, la resignación que ya se padece en muchas regiones del país, y proteste, luche por un cambio, un país mejor.

JMH: De cierta manera, de muchas maneras, el periodismo mexicano se ha convertido en un periodismo que se hace en un estado de guerra. Hacer periodismo en México actualmente no es fácil.

JV: No es fácil hacer periodismo. De hecho creo que es un periodismo imposible. Además, no hay sociedad que acompañe a este periodismo, porque los ciudadanos están callados, arrinconados, vencidos frente al narco y al gobierno, ambos igualmente abusivos e impunes y homicidas. Pero creo que es peor ese periodismo de cuenta muertos, de reproducir sin el menor cuestionamiento el discurso gubernamental de buenos y malos, de que todos los muertos y los detenidos son culpables, y de que en el gobierno están los buenos y el resto somos sospechosos. Es un tratamiento epidérmico, fácil, irresponsable y hasta criminal de parte de los medios. Eso y el silencio son muy parecidos, en tiempos oscuros como éstos. Así que lo peor es ésto, este discurso, guardar silencio o simplemente contar los muertos, por eso hay que ir más allá, contar la calle, la plazuela, los latidos y el torrente sanguíneo de esta guerra. Y en este intento es preferible equivocarse, repito, al silencio: el silencio en estos tiempos es un acto de complicidad y muerte, y yo no soy cómplice ni estoy muerto.

JMH: Río Doce ha hecho un periodismo que retrata las carencias del estado y la ferocidad de los grupos delincuentes. Al final este choque de trenes termina llevándose entre las patas a la sociedad en general, pues los civiles quedamos en la indefensión. ¿Qué impulsa una labor periodística como la suya, que podría ser definida como suicida?

JV: Como dice una canción de Sabina: somos suicidas sin vocación. Me río porque es mejor reírse a pesar de la borrasca. Nos impulsa solamente hacer lo que nos toca. Nadie podrá decir mañana dónde estábamos, qué hacíamos, por qué guardamos silencio, cuando pasó el huracán criminal del gobierno y el hampa por las calles de mi país. Porque nosotros salimos con pluma, grabadora, cámara y libreta, a contar estas historias. Estamos haciendo lo que nos toca. Si no, lo mejor sería renunciar. Quiero estar aquí cuando decidamos cerrar Río Doce, aunque espero que eso no pase. Pero si pasa, quiero cerrar la puerta, bajar la cortina de acero y apagar la luz. Tendría entonces que irme a otro país, creo. Mientras tanto prefiero pelear con el viento, las ráfagas y las teclas de esta computadora. Y esto además de que no hay sociedad que acompañe este periodismo. Y eso es una pena porque publicamos historias terribles, atroces, de corrupción, y no sólo hablo del narco, sino del servicio público, los partidos, servidores públicos, la universidad. Y no pasa nada. Absolutamente nada. Y eso nos pone en una situación de soledad, y de mucha vulnerabilidad.

JMH: Javier, ya por último, las crónicas que vienen incluidas en Levantados fueron publicadas con anterioridad en tu columna en Río Doce.

JV: Sí, algunas de las 32 historias ya las había publicado en Malayerba o en algún texto en La Jornada y en Río Doce, pero las crecí, las reporteé de nuevo, las alimenté y logré textos más completos, no digamos que redondos porque eso le toca al lector, pero sí con más elementos, más información y espero que cumplan con las expectativas.


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Javier Moro Hernández

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