Opinión

El fin de la pesadilla / Cocina Política

 

Extraños seres. Será que el calor no lo deja a uno dormir, será que las enchiladas  estilo Aguascalientes son muy pesadas para cenar, será ¡el sereno! Pero ¡qué pesadilla! Mi casa era invadida por unos extraños seres. Esos aterradores seres comenzaban a desalojar a quienes habíamos habitado ese hogar por muchos años, para llenarla con sus parientes, amigos y lacayos. A sus esposas las ponían al frente de delicadas tareas, aunque de ellas no supieran nada. Llamaban a los jóvenes de la casa para que adoraran  y reconocieran como su líder a los hijos de esos extraños seres. Luego bloqueaban toda comunicación con el exterior y para ello abrían la puerta a una pléyade de guapas, jóvenes y ambiciosas comunicadoras para que tomaran desde arribita –llegando desde lo alto pues-, espacios que nos correspondían por derecho a las mujeres formadas en ésa, nuestra casa, pero… para que además hablaran en nombre de los habitantes de la casa, dejando en un murmullo nuestra voz cada vez más ahogada.

Las extrañas hembras. En mi casa, se instaló un grupo de extrañas hembras que decían representar a las habitantes de mi casa, pero cuya conducta, creencias y actitudes no tenían en realidad mucho en común con nosotras. Esas hembras acomodaban a sus consortes hembras, a sus amigas hembras y a sus parientes hembras en importantísimos espacios de dirección en la casa; el único requisito que tenían que cumplir, era no ser más inteligentes, o más formadas, o más talentosas que las extrañas hembras, ya que de otra manera podrían darse cuenta de su fatuidad y terminarían por evidenciarlas. Ser librepensadora en mi casa era un pecado… las extrañas hembras habían impuesto un código de odio hacia los extraños seres varones y todas debíamos obedecerlo a pie juntillas, so pena de ser considerada enemiga de las extrañas hembras.

Una habitación nebulosa. En medio de esa pesadilla vi una puerta cerrada y pensé “ahí está mi salvación”. En esa habitación sesionaban quienes pronto serían los representantes de mi casa  en el congreso local de casas. Confieso que no estaba preparada para lo que seguía ¡Y es que no reconocí a quienes sesionaban! De una veintena de candidatos a representar mi casa, sólo un par de caras conocidas, el resto eran recomendados, o amigos o auxiliares  o ¡qué sé yo!, de los seres extraños que invadían mi casa. Es decir, eran seres extraños de segunda generación… la habitación estaba inundada de una niebla blanca, que flotaba misteriosa en el entorno.

Los vecinos de mi casa. Los vecinos de mi casa, miraban con estupor las escenas que se transparentaban de lo que ocurría en ella.

Y es que mis ciudadanos vecinos estaban muy enojados. Por la distancia que los seres extraños y las extrañas hembras habían interpuesto para con ellos. Por el desdén con que trataban sus solicitudes vecinales. Por el tufo virreinal y palaciego que emanaban los líderes de los seres extraños. Porque las obras y acciones de los seres extraños eran aplaudidas y reconocidas en otros mundos, pero en nada les beneficiaban a los desprotegidos vecinos, porque se sentían frustrados por la indiferencia insensible de los seres extraños y agredidos por los vecinos malos que, ante la impunidad, hacían lo suyo a plena luz del día.

¿El fin de la pesadilla? Sudando profusamente, jadeando angustiada, pero profundamente dormida, anclada en tan tenebrosa pesadilla vislumbré un número… número mágico, cabalístico ¡liberador! Era el siete, el cero siete. Era un número que parecía ser esa balanza celestial a la que nada se escapa. Esa balanza que a todo, da su justo valor. Su justa medida.

El mes era julio. Lo supe porque visualicé largas filas de vecinos-ciudadanos-votantes y recordé que en este año, 2013, en un domingo cero siete del mes cero siete, habrá renovación de los poderes municipales y de representación locales. Lo supe porque priísta como he sido durante más de dos décadas, he vivido últimamente horas de angustia y desazón pensando en el qué y el porqué de las cosas que a los priístas auténticos nos acontecen y lo supe porque esa noche, no hacía calor, ni había yo cenado enchiladas rojas estilo Aguascalientes.

Así que entonces, y sólo entonces lo supe. No era una pesadilla. Bueno, sí lo es. Más no es un sueño… es la pesadilla eterna en que vivimos actualmente los priístas legítimos en Aguascalientes. Recuerde Usted que en  ésta su cocina, se come, se lee, se estudia y se conversa de todo… particularmente de política.

 

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Socorro Ramírez

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