Opinión

El boogie de los buenos tiempos / El banquete de los pordioseros

 

 

Estuve dándole vueltas entre las manos, veía la portada del disco de un lado y del otro, la misma frase una y otra vez: “JOHN MAYALL JAZZ BLUES FUSSION PERFORMED AND RECORDED LIVE IN BOSTON AND NEW YORK”, repetía esa frase una y otra vez en mi mente, es encantador pensar lo que te venga en gana, me divierte la idea de sentirme libre en el rincón más oscuro de mi mente, ahí sólo mando yo y eso me gusta, así que seguido me refugio ahí, como la canción de los Beatles: There’s a Place (“Hay un lugar al que puedo ir cuando me siento triste y es mi mente”). En el reproductor de discos compactos se escuchaba Good Times Boogie. Seguía atento al nombre del disco, especialmente a la frase: “Live in Boston and New York”. Me entretuve pensando cómo la música unía a dos ciudades por naturaleza y tradición antagónicas, Boston y Nueva York: Red Sox y Yankees; Patriots y Jets, Celtics y Nicks; Bruins y Rangers, y si me permites el comentario, no puedo ocultar, ni siquiera intento disimular, a fin de cuentas no soy comentarista deportivo, mi absoluta parcialidad a favor de los equipos bostonianos, por otra parte ahí están también la Sinfónica de Boston y la Filarmónica de Nueva York, dos de las orquestas más solventes de los Estados Unidos y fuera de la élite de las 10 mejores orquestas europeas, éstas también pueden considerarse dos de las mejores orquestas del mundo. En fin, pensaba muchas cosas, entre ellas en cuántas veces he escuchado este disco de Mayall que tenía entre mis manos. La primera vez fue en mi adolescencia, en aquellos años en que empezaba a definir mi gusto por la música no comercial, lo que se escuchaba en la radio estaba muy lejos de cumplir, como lo sigue estando, mis expectativas y de alguna forma me las arreglé para conocer otros lenguajes musicales, muchas veces con amigos cuyos frecuentes viajes a los Estados Unidos les permitió conseguir esa música. Sí, fue en aquellos años cuando escuché esta joyita de Mayall. Fue entonces cuando también conocí otros monumentos del rock, ¿te acuerdas de aquel disco de Crosby, Stills, Nash & Young llamado Déjà Vu? Es uno de esos discos que me han marcado de por vida y consecuentemente, uno de los que más he disfrutado, solía escucharlo de principio a fin, me lo sabía de memoria, increíbles aquellas voces de David Crosby, Graham Nash y Stephen Stills, sus matices eran el sello de la casa y qué manera de rasgar el silencio de Neil Young, aquella canción de Helpless se me ha quedado tatuada desde entonces…volví la mirada a la portada del disco de Mayall, me quedé pensando que este blusero británico era ya grande en los años 60, es decir, no era un viejo, pero mientras sus músicos como John McVie, Mick Fleetwood, Eric Clapton, Peter Green, Mick Taylor andaban en los tempranos 20, él ya sobrepasaba por mucho los 30. Pero está bien, ¿no? De repente me pregunto si es posible ser caucásico con ojos azules, delgado, joven, no tener un perro sentado a los pies mientras se toca la guitarra y aun así poder cantar el blues. Esto es cuestión de estereotipos, al pensar en un músico de blues nos imaginamos a un hombre entrado en los 60 años, obeso, afroamericano, con lentes oscuros, barba descuidada y entrecana, con la voz rasposa por el alcohol, voz deliciosa, pero con cierto toque de resignación, con una armónica a la que le arranca los más dulces y desesperados sonidos, sentado sobre su equipaje en alguna encrucijada “crossroads” en  los calurosos caminos del sureste de los Estados Unidos.

Pero Mayall rompe con esos moldes, es británico y encabezó todo el movimiento del blues del Reino Unido que invadió Estados Unidos durante la segunda mitad de los años 60 y llegar al país donde nació el blues con una propuesta nueva, se sentaron a orillas del río Mississippi a rasgar sus guitarras y tocar sus armónicas, eran jóvenes blancos que llegaron de Inglaterra, todos ellos de la escuela de John Mayall apropiándose dignamente del blues. Su ejecución técnica es impecable, su virtuosismo es indiscutible, entendieron el blues a la perfección, no hay que cuestionarles. Sólo una cosa, si acaso habría que reclamarles algo, no son afroamericanos, el pálido color de su piel no es compatible con las jornadas laborales de 16 a 18 horas en los campos de algodón de Alabama, Georgia y Louisiana, ellos no fueron esclavos, por eso, aunque su blues sea técnicamente perfecto, les falta lo que al negro le sobra, sensibilidad a flor de piel, finalmente el blues es eso sobre cualquier otra cosa, sentimientos expresados descaradamente.

Seguí dándole la vuelta al disco de John Mayall que tenía entre mis manos mientras escuchaba la canción Good Times Boogie, me pregunto si es necesario todo ese estereotipo antes mencionado para cantar el blues con toda propiedad. No lo sé, no tengo ganas de hacer cuestionamientos que las más de las veces resultan estériles. Mejor sigo escuchando a John Mayall con sus bluesbreakers, finalmente en este álbum casi todos sus músicos son afroamericanos.
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Rodolfo Popoca Perches

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