Opinión

El día que el jazz se vistió de etiqueta / El banquete de los pordioseros

 

Gary Giddins, un destacado crítico de música dice en su libro Viajando en una Nota Blue que: “cada vez que el jazz sufre algún cambio -lo que además sucede todo el tiempo-, todos los analistas musicólogos se apresuran a decir que éste ha muerto”.

Pero el jazz no muere, sólo se transforma, ha sucumbido, eso sí, a los encantos de la mercadotecnia sacrificando su esencia real, ha sido acribillado sin misericordia por la institucionalización de la música, pero de ninguna manera lo ha asesinado.

El jazz nació como una música que era tocada en las calles, en las oscuras tabernas de la húmeda y pantanosa Nueva Orleáns por ebrios saxofonistas desarrapados, por bandas de sótanos y salones tenebrosos, el jazz era la música de los desprotegidos, de los marginados, de los que menos tienen, como dicen elegantemente nuestros políticos para evitar decirles pobres a los pobres en un absurdo intento de engaño semántico; era la música de la comunidad afroamericana que trabajaban como esclavos en jornadas de 18 horas diarias en los campos de algodón bajo el ardiente sol de Louisiana, de Alabama y Georgia cantando aquellos spirituals que serían la base de la música folclórica de Estado Unidos.

El jazz nunca tuvo la intención de ser una propuesta contracultural, una música contestataria que cuestionara al establishment, era demasiado humilde para ejercer funciones de rebeldía, sin embargo, su existencia, en sí misma, era ya un cuestionamiento para “las buenas conciencias”, parafraseando a Carlos Fuentes, que se sentían ofendidas por la irreverencia de los músicos afroamericanos que insultaban con sus escandalosos sonidos la doble moral y el arraigado conservadurismo sureño, al extremo de que en 1921 varios hombres de empresa norteamericanos crearon un organismo de censura con el fin de protegerse de las obscenidades, consideradas así por la respetuosa población blanca, surgidas de las entrañas del jazz y del blues. De esta manera, en el Artículo 26 de la Ley de Radiodifusión de los Estados Unidos de América, se dice, entre otras cosas: “Ninguna persona, dentro de la jurisdicción de los Estados Unidos, está autorizada a difundir por radio un lenguaje callejero, obsceno e indecoroso”. Algunos músicos de jazz se vieron obligados a suavizar su música con el fin de que pudiera ser transmitida por la radio y no sólo en cuanto a sus letras, que al hablar de las vejaciones de que eran objeto, se consideraban como obscenas, sino también tuvieron que endulzar su sonido haciéndolo más apetecible para el decente radioescucha. Como consecuencia de esta ley, algunos músicos, con el fin de ser aceptados, transformaron por completo su creatividad haciendo música, digamos, más “digna” de ser transmitida por las ondas hertzianas, como el caso concreto de las orquestas de baile de Paul Whiteman, quien en 1928 ganó más de 1 millón de dólares con sus 22 orquestas que actuaban por toda la geografía de los Estados Unidos simultáneamente con el mismo nombre.

Fue entonces que el jazz empezó a transformarse, a vestirse de etiqueta, aunque también es justo decir que dentro de las prohibiciones y condiciones para difundir esta música siempre hubo tendencias más inconformes y propuestas más elaboradas que buscaban nuevas formas de expresión musical sin importarles realmente la cobertura que pudieran alcanzar. Durante los años 60 se dio una serie de lenguajes dentro del jazz muy inteligentes y nada convencionales, como el free jazz, o el cool, que dejaron para mejor ocasión una de las características más arraigadas del jazz: el ritmo y lo intelectualizaron, se empezó a tocar más con el cerebro que con los sentidos y el jazz empezó a tener una nueva dimensión y fue haciéndose tan elástico que hoy en día no creo que podamos encontrar una música más ecléctica y moldeable que el jazz, de hecho, existe una tendencia actual de llamar jazz a todo lo que no se le encuentra una ubicación contextual dentro de la música, los límites y fronteras tienden a perderse en un panorama cada vez más diverso de sonidos. Es imposible poner etiquetas a músicos como Keith Jarrett o Wynton Marsalis que han  incursionado en diferentes lenguajes musicales caminando con entera libertad y con la misma efectividad del jazz a la música de concierto, o Chick Corea que en su música nos lleva de formas jazzísticas ortodoxas a las improvisaciones más atrevidas y vanguardistas que de ninguna manera cabrían en la limitante necedad de poner etiquetas o nombres a la música; grabaciones como las de Ediciones de Música Contemporánea son ya el más claro y nítido grito de independencia de toda tendencia a categorizar la música.

Bob Mosley, del grupo Moby Grape dice lo siguiente: “Uno interpreta sus sentimientos más íntimos con ayuda de un instrumento y su voz, si alguien llama a esto jazz, no lo hace uno mismo, sino que el calificativo lo da otro; si alguien lo llama country, lo hará esa persona, pero yo lo considero sencillamente, una interpretación de mis sentimientos con ayuda de la música”. A esto añade Don Stevenson, miembro del mismo grupo: “Creo que la tendencia general conduce hacia la música, el denominador común se llama sencillamente música”.

Sin embargo el jazz tiene su lugar en la historia, más allá de las tendencias, las modas y las etiquetas, la música no sería la misma sin las aportaciones de los grandes mitos del jazz como Louis Armstrong, Charlie Parker, John Coltrane, Oscar Peterson, Miles Davis, y todos aquellos nombres que encontramos desde que en 1917 la Original Dixieland Band definió como jazz lo que hacían, hasta llegar a esa música de supermercado, ligera y barata, la llaman smooth jazz, que nos ofrecen Acoustic Alchemy o los Rippingtons. Pero como dice Gary Giddins: “No hay razón para borrar la palabra mágica ‘jazz’, este trabajó duro para poder salir de la zanja”, y valdría la pena preguntarnos si hay alguna palabra en el idioma inglés con tan extenso valor y contenido. De acuerdo a lo que nos dice la historia, el jazz no sólo es una forma de hacer música, sino una expresión viva de espontaneidad, innovación elasticidad, y libertad, y para concluir con palabras del escritor franco suizo Blaise Cendrars con respecto al jazz: “una nueva razón para vivir”.

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Rodolfo Popoca Perches

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