Opinión

De esfínteres / Piel Curtida

Algo que nos une a todas y todos los seres humanos, además de ser de la misma raza animal con una diferencia de material genético de .012%, son nuestras excreciones corporales: sudamos, lloramos, salivamos, orinamos y defecamos; éstas últimas de las más negadas tanto en lo público y lo privado, a pesar de sus beneficios a la salud. Es así que sólo un espacio permite la deposición de estas sustancias: el baño; el cual sólo dos tercios de la población mundial lo tienen, mientras que cerca de 2,600 millones de personas no cuentan con sanitarios; según Florian Werner. Por otra parte, los baños públicos son espacios cargados de una vasta riqueza de rituales y juegos, como un matadero: nos enfrentamos de manera colectiva a nuestro cuerpo que se fragmenta y “ensucia”, una zona de curtido de la que al salir se espera aparentar un cuerpo lo menos pútrido posible.

En principio existe la gran diferencia entre la exhibición de las nalgas y el pene: mientras que el trasero se trata de ocultar en cabinas, el falo tiene la libertad de mostrarse en mingitorios con poca protección a la vista externa, o de plano expuesto en tarjas sin separación alguna. Por ejemplo, antiguamente en las cantinas, exclusivas para hombres, se podía sentar el cliente a la barra, sacar su miembro y orinar plácidamente. Debido a esto es que las y los recientes activistas queer buscan la instalación de mingitorios femeninos, equiparar el poder de la desinhibición corporal de la masculinidad, como en el caso de los pezones.

Es así que ante las movilizaciones sociales de grupos de defensa de personas trans (travestis, transexuales, transgénero) suele escupirse un violento “¿y a dónde irán al baño?”. Si bien este tipo de cuestionamientos parte de la homofobia, al creer que una persona será irremediablemente acosadas sexualmente por una persona trans, también se encuentra en las profundidades el temor a la exhibición del pene en una zona para cagar y mear en cuartitos. Aquí se encuentra uno de los argumentos de la autodenominada disidencia sexual: el politizar lo privado para la expropiación de los cuerpos, perspectiva que no ha sido considerada en la gestión de políticas públicas en varios países y estados mexicanos.

Por otra parte, para muchas personas el placer de desechar residuos alimenticios se complica cuando el trasero está en juego, en especial por los sonidos que pudieran producirse. A pesar de que estamos conscientes de que el baño se emplea para defecar, orinar… la consciencia del espacio público es tan inflexible que confabula para advertirnos que aunque tenemos que expulsar secreciones, algún oído nos puede vigilar. Un ejemplo de esto es que cuando al interior de un retrete aún existen grandes o pequeños restos fecales, se realiza un servicio a la comunidad advirtiendo que no hay agua u otra persona dejó el baño sucio y, o tapó la cañería; aunque también está latente el discurso expiatorio del yo no fui.

Sin embargo, también existe la complicidad de la zona para el desecho orgánico, lo cual posibilita en ocasiones de emergencia poner en juicio al pudor aprendido, como en situaciones de diarreas o simples deposiciones fortuitas que obligan a la persona entrar a un baño público, sentarse sobre el retrete, relajar el esfínter y descubrir que no hay papel higiénico disponible; es entonces que el tocar nuestros restos alimenticios reduce su construida toxicidad.

Además, al interior del baño, fuera de los subespacios para la expulsión de entrañas, se configura una pasarela de vanidad por parte de algunos cuerpos, se ajusta la ropa, el peinado, la ceja, los dientes, los labios. Lo cual también implica un silencioso juicio corporal de las y los otros.

Aunque existen diferencias entre cada hez, como en el peso: las deposiciones de personas vegetarianas pesan entre 300 y 400 gramos, mientras que las de las carnívoras entre 100 y 150 gramos; todas y todos lo necesitamos para subsistir, pero como producto cultural negativo, su normatividad social también presenta sus puntos de cierne a falta administrativa o bienestar físico. Si por alguna u otra razón un individuo está a punto de miccionar, tiene pocas opciones: encomendarse al ser metafísico de su preferencia y rogar por llegar a tiempo a algún lugar con servicio sanitario; orinar en vía pública bajo el temor de ser descubierto y pisar un centro de detención preventiva; o simplemente aceptar la naturaleza y llegar a lavar la ropa.

Algo similar a una leyenda urbana sobre la Feria Nacional de San Marcos que solían contar algunas personas de la tercera edad, en la cual una reina de la Feria subió a un carro alegórico a pesar de tener la necesidad de ir al baño, por lo que al terminar el tradicional desfile de primavera bajó del coche y murió debido a que le explotaron los intestinos. En esta narrativa popular encontramos un mensaje educativo sobre la necesidad e importancia de permitir el proceso natural de nuestros fluidos. Incluso pueden transformarse estas prácticas, en muchos casos vergonzosas, en símbolos de unión y confianza, como jocosamente se dice entre amigos y amigas: la liberación de gases intestinales en pareja son significado de una relación consolidada.

Por otra parte, algún niño o niña en centros escolares de nivel básico puede sufrir un accidente, a lo que la profesora o profesor pueden reprender al infante y exhibir su debilidad para controlar el cuerpo ante la clase, lo cual incentivarán el bullying de las y los compañeros por no lograr la civilidad de mostrar un cuerpo inorgánico. Sencillamente, en áreas laborales es un riesgo el sufrir de vómitos o diarreas, en principio por salud y después por reputación, a lo que las y los individuos se someten a altos niveles de estrés y paranoia al tener que acudir de forma obligatoria al trabajo. Este texto no pretende el defecar, orinar o expulsar flatulencias sin ton ni son, sino que invita a recordar la condición material y limitante de nuestros cuerpos para la concordia.

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez