Opinión

Gimnasios y ejercicio / Piel curtida

Abdomen, bicep, tricep, espalda, hombros, glúteos, pecho, piernas; las formas de dividir al cuerpo para las rutinas de gimnasio no han sido las mismas, ni tampoco lo ha sido el deporte. Aunque el proceso de civilización de las y los humanos siempre ha tenido la consigna del control de la naturaleza debido a un pensamiento de supremacía del animal racional, incluyendo el alargar el arribo de la muerte, el trabajo físico no siempre tuvo un discurso a favor de la salud como el de Mens sana in corpore sano. Su origen radica en una exhibición de distinción, vigor y poder, lo cual no ha cambiado del todo.

Además de la historia griega sobre el deporte, durante el siglo XVI se iniciaron las competencias de combate como parte de distintas fiestas, lo cual dio pie a una calendarización y estandarización de reglas y técnicas, la exposición de la fuerza y resistencia humana como disciplina y poder, lejana a rituales espirituales y no sólo como espectáculo. Sin embargo, hasta inicios del siglo XIX, el ejercicio corporal desarrolló prácticas y objetivos específicos que empezaron a medirse, en principio, como una táctica política para la regulación de la violencia que se vivía en algunas zonas de Europa a causa de la migración de diversas partes del mundo.

El ejercicio y las prácticas de gimnasio, como son conocidos actualmente, se gestaron en 1770, cuando Moreau le Jeune a través de su trabajo artístico divulgó la estética de la cintura y el vientre de la aristocracia europea. Más tarde, en 1807 se descubrió en Italia la mejora de la respiración gracias a la reducción en el consumo de ciertos alimentos y la activación física constante: el nacimiento de las dietas reductivas. En 1820 surgió el énfasis por la belleza del pecho masculino, y en 1810 aparecieron los primeros gimnasios formales en Europa, lo cual posibilitó en 1815 el primer informe de ejercicio físico en un recinto de Berna, Alemania; los resultados fueron el incremento de la fuerza de presión en las manos al doble en sólo cinco meses, de la mitad en brazos y su crecimiento a poco más de 7 centímetros. Poco a poco, el deporte se popularizó y en 1850 se introduce por primera vez en escuelas de nivel básico.

Aunque la historia del ejercicio corporal se basa en la fuerza, resistencia y musculación, su trasfondo se centra en la superación de la humanidad ante la carne pútrida y débil sobre la condición natural, es así que se enaltece la condición humana; una muestra de poder que se disputa. Tal es su impacto en la sociedad que la división sexual y la inequidad de género sigue con un alto arraigo. Por ejemplo, las primeras pruebas de sexo se hicieron en el Campeonato Europeo de Atletismo en 1966, tras la presencia de diversos casos de hermafroditismo genital en los Juegos Olímpicos. Así fueron constantes este tipo exámenes para las mujeres. A partir de las olimpiadas de Atlanta en 1996 se dejaron de hacer estas pruebas generales para las competidoras. Sin embargo, aún se exige la evaluación por parte de endocrinólogos, ginecólogos, genetistas y psicólogos para las mujeres que presentan una fisonomía masculinizada (que puede o no ser producto del entrenamiento), lo cual ha desatado diversos casos polémicos, como el de la velocista Ewa Klubokowska, quien presentó una composición cromosómica prohibida en 1964; o el reciente suceso de la sudafricana Caster Semenya, quien por su apariencia y resultados en la pista fue sometida a una verificación sexual.

Tal es la presión del poder, que para muchas personas la transfiguración del cuerpo humano ejercitado es indispensable, lo cual no sólo es un fenómeno psicológico individual que se sustenta en la “baja autoestima”, sino que forma parte de una sociedad cultivada bajo preceptos estéticos de la fuerza y resistencia encarnada. Es así que en los gimnasios es recurrente la presencia, recomendación y tráfico de esteroides, que incluso pueden generar infartos. Poco a poco se debate si se debe posibilitar y asistir de forma médica el uso de anabólicos u otras drogas, esto bajo el argumento de mayor rendimiento: un punto de confrontación entre la base de la exhibición corporal deportiva y la salud. Tal es el caso de Lance Armstrong y sus épicas frases: “Yo no inventé el dopaje […] Yo simplemente tomé parte del sistema”.

Este texto invita al lector y la lectora a reflexionar sobre nuestra corporalidad y sus transformaciones de percepción, lo cual no implica la promulgación de un ascetismo que promocione el aceptar la naturaleza corpórea y aspire a la exaltación de lo que se hace llamar alma; nos encontramos en un momento en que de nuevo la carne se presenta con diversos fenómenos, discursos, experiencias y aspiraciones. Por un lado, la obesidad atenta a la vida productiva y económica de las naciones, y por otro, la distinción a través del cuerpo sigue manteniendo una brecha racial, de clase, laboral y afectiva que debe considerarse.

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Juan Luis Montoya Acevez

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