Opinión

“Masculinidades cómplices” / Piel Curtida

 

Hace días se llevó a cabo la II Cumbre Iberoamericana sobre Agendas Locales de Género en Aguascalientes, esto como parte de los proyectos del Ayuntamiento de la ciudad capital, en el programa de actividades era clara la problematización de las situaciones de las mujeres, y a pesar de que es entendible esta perspectiva por el sentido político del evento, ante una población que recién se enfrenta a la diversidad social más allá de la frontera local, es indispensable reconocer la carencia del debate a profundidad sobre las masculinidades; pues aunque este tema es inherente al hablar de la igualdad de derechos para las personas de sexo femenino, aún se requieren analizar las entrañas de los hombres.

En algunas bodas civiles todavía se recita la “Epístola de Melchor Ocampo”, un texto de 1859 que exhibe un discurso a favor de la desigualdad, como el que los principales dotes sexuales del hombre son el valor y la fuerza, por lo que tendrá que dar protección y dirección a la mujer, “con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él”; mientras que la mujer “dará al marido obediencia […] , tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende”. Y aunque muchos hombres pueden manifestarse en contra de tales frases, en muchas ocasiones se convierten en cómplices de la masculinidad hegemónica.

Este término se suele emplear para describir a los biohombres heterosexuales que consideran tener y asumen una posición superior al de la mujer, con varios niveles de posesión y represión. Sin embargo, también se encuentra la masculinidad cómplice, aquella que aunque no presenta agresiones físicas, sexuales, psicológicas o económicas contra las mujeres, peca de omisión. Por ejemplo, al momento de limpiar la mesa en reuniones, los hombres esperan y/o permiten que se les retire la loza, o cuando falla el automóvil de una mujer, a la cual se le sugiere o incita siempre asesorarse de un hombre aunque ésta se considere capaz de revisar el vehículo.

Más allá de victimizar o culpabilizar, se debe de reconocer la presión social en la que están circunscritas las personas que nacen con pene, como el desempeño sexual, el poder adquisitivo y de proveeduría; debates que poco a poco se trasladan a lo público, promovidos por instituciones como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Un caso importante es el consumo del citrato de sildenafi (Viagra), pues aunque el mercado meta de este producto eran hombres mayores a 40 años de edad, y con disfunción eréctil (cerca de 6 millones de mexicanos según la Revista Médica de Urología), un importante porcentaje de jóvenes de entre 18 y 21 años lo compran, lo cual aumenta en 50% las ventas a nivel mundial que representan 35 millones de hombres. Esto sin considerar otro tipo de productos como energizantes sexuales.

Por otra parte, se muestran transformaciones relevantes respecto a la igualdad de género. Con base en la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo de 2009, se analizó a los mexicanos que se asumieron jefes de hogar, de entre 20 y     59 años de edad, con hijos menores de 15 años, unidos y en cohabitación con la pareja; algunos de los resultados relevantes son que existe una mayor participación en el quehacer doméstico por parte de los hombres con estrato socioeconómico medio y alto (cerca del 80%) y de zonas urbanas (76%), pero esto se debe en gran medida a que la pareja trabaja como asalariada (80% de los casos) o por cuenta propia (70%); lo cual no representa totalmente una sociedad en desarrollo por la equidad, sino que se enfrenta ante una precariedad económica, e incluso no se puede ahondar en los posibles discursos de reproche para una madre que no asume el rol de omnipresencia.

En el tema de la igualdad de género, en ocasiones se realizan consultas ciudadanas que son interpretadas literalmente, lo cual no permite considerar lo que no se expresa o lo que se actúa, aún más frente a la masculinidad que no admitirá sus deficiencias físicas, su pérdida de fuerza o el miedo a ser tachado de mandilón o laxo al enfrentarse a la incorporación, cada vez mayor, de las mujeres al mundo laboral y la educación.

Debido a esto, es importante considerar el trabajo en colaboración con las instituciones de educación superior y los centros de investigación, pues aunque el Estado aplique diferentes estrategias de acuerdo a los grupos que representa, la plataforma de acción debe estar sustentada en la ciencia y la interdisciplinariedad para lograr el impacto que espera y así obtener la legitimidad esperada; además de que con estas actividades las instituciones educativas se benefician al obtener mayores recursos para las y los integrantes de sus comunidades. La brecha entre la academia y la política formal sólo preserva la forma sin fondo, sin impacto en la calidad de vida integral de la población.

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Twitter: @m_acevez


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Juan Luis Montoya Acevez

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