Opinión

Biopiratería / Piel curtida

 

A pesar de los avances tecnológicos para la mejora en el rendimiento y preservación del cuerpo, como se requiere en las industrias curtidoras de piel; la alimentación y la salubridad, con sus múltiples normatividades que se transforman a lo largo del tiempo, son preceptos indispensables para la vida, aunque también sometidos a paradigmas económicos, pues la administración de los alimentos y los servicios de salud son monedas de alto poder lucrativo, por lo que la competitividad en estos rubros en la economía neoliberal es mayor.

Debido a esto, la propiedad privatizada avanza hacia el terreno intelectual comunal, es decir, hacia el conocimiento popular, y al ser capturado por algunas corporaciones, que se legitiman a partir de mecanismos como la propiedad industrial e intelectual, despoja a quienes desarrollan y preservan varios productos y métodos, como la medicina tradicional y la biodiversidad. Es decir, una biopiratería, de la cual son afectados, en su mayoría, grupos indígenas y de zonas rurales, esto al ser desplazados de las regalías por los llamados secretos industriales, fórmulas o protocolos.

Sin embargo, esto no sólo afecta a dichas organizaciones, sino que también a personas económicamente activas y privilegiadas, pues aún con base en la naturalización de los valores capitalistas, la biopiratería afecta al desarrollo económico de la nación, pues debido a algunos elementos de la geopolítica, son pocas las industrias que rápidamente acceden a los procesos para el registro de patentes; como fue el caso del proyecto “Investigación, farmacéutica y uso sustentable del conocimiento etnobotánico y biodiversidad en la región Maya de los Altos de Chiapas”, de la Universidad de Georgia y el Internacional Cooperative Biodiversity Group de Estados Unidos a finales del siglo XX. Es por ello que varias organizaciones mexicanas pugnan por la protección de más de 30 mil especies vegetales y regular la explotación de recursos fitogenéticos, uno de los temas que han sido poco debatidos, a pesar de la polémica Reforma Energética en proceso para el país.

Desde 1995, la Organización Mundial del Comercio ha buscado la estandarización de las patentes y tratados de propiedad intelectual, a través de esquemas que no permiten a poblaciones indígenas, con precarización económica y educativa, el acceso a resguardar y capitalizar los saberes sobre la agricultura y la salud tradicional que han desarrollado por años.

En México, desde 1997, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) elaboró la “Estrategia nacional sobre la biodiversidad de México”,que estipula el desarrollo de políticas públicas para la protección de la diversidad vegetal y la promoción de su uso sustentable y económica de benéfico a la población; planteamientos que son rebasados por el neoliberalismo, pues simplemente la importación de chile, producido en China, representa 50 mil toneladas en México, misma cantidad de producción en las 35 mil hectáreas de cultivo anual en Zacatecas; según el investigador José de Jesús de Luna Ruiz de la UAA.

Este tipo de biopiratería no sólo atenta a la estabilidad productiva del campo mexicano, sino que implica la pérdida de especies de chiles criollos en el país, pues ante un posible desplazamiento del mercado nacional, se detendrían los plantíos y la rotación de cultivos, lo que significaría una posible pérdida de la biodiversidad del país, que representa el 10% de la internacional; e igual impactaría en las recetas nativas de la comida mexicana, declarada como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Por otra parte, también ha quedado en el olvido el saqueo de la herbolaria mexicana para fines terapéuticos, en su mayoría desarrollados por generaciones de santeros, curanderos y, en específico, brujas: un vocablo que ha sido utilizado por grupos feministas como reivindicación a partir de los múltiples asesinatos y ataques a los derechos humanos de las mujeres en ciertas épocas históricas y actuales; pues, con base en la división sexual, las mujeres fueron relacionadas directamente con la naturaleza y la crianza, es así que han gestionado múltiples competencias, como el curar de empacho con un masaje, los efectos placebo de ciertas plantas como la hierbabuena, la ruda o la manzanilla para dolores de cabeza, estómago o limpieza del ojo; habilidades que han sido capitalizadas y producidas a niveles industriales por múltiples marcas.

Otro ejemplo de la pugna por la manufactura rentable de conocimientos comunales es la goma de mascar moderna, obtenida de la savia de un árbol endémico de América Latina que desde la mitad del siglo XIX se ha producido y exportado por países como Estados Unidos y Gran Bretaña, como la empresa Cadbury, conocida como Adam’s.

Si bien, la biopiratería pareciera un concepto radical, con tintes de un extinto comunismo, es necesario el debate respecto a la protección y preservación de la riqueza natural de México, pues aunque el petróleo representa por cuestiones histórico-culturales el gran tesoro en vilo, también el conocimiento de las poblaciones indígenas y rurales es oro, no sólo para empresas transnacionales, sino que también para industriales mexicanos que, tal vez, no sólo pueden olvidar el pago de regalías a los autores originales de sus productos, sino que en algunas zonas del mundo se han llegado a desplazar a sociedades para la libre explotación de recursos con respaldo de la llamada propiedad intelectual o industrial.

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Twitter: @m_acevez

 


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Juan Luis Montoya Acevez

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