Opinión

En el amor, como vacas marcadas / Piel curtida

Las relaciones humanas, en especial las sexuales y afectivas, son como el ganado: después de marcar la res, quien conoce al propietario, no puede permitirse el volver a marcar la vaca como de otro rancho, pues se trataría de una práctica deshonesta; comentaba con unas amigas y amigos de la universidad, y aunque esto se asemeja a los carteles de la Sociedad Mexicana de Eugenesia para el Mejoramiento de la Raza de la década de los 40 y 50, el tema central de la metáfora es la posesión.

Se ha enseñado a la población que el amor debe ser sólo entre dos personas y hasta que la muerte los separe; esto debido a múltiples factores psicosociales, como la historia de Adán y Eva, y las políticas de diferentes gobiernos; o como en México, que durante la década de los 20 a los 70 se promovió el amor romántico por empatía, convivencia, y para la reproducción, una forma de reacción ante los matrimonios por conveniencia del siglo XIX y la Reforma Carrancista del Divorcio Vincular en 1917. Esta visión del cariño también nos ha transformado en objetos de consumo y venta, pues en una inversión a largo plazo es necesario evitar o minimizar los costos de pérdida. Algo similar a lo que plantea Bauman en la Cultura del Consumismo.

Según las teorías sobre la evolución, las especies estamos sometidas a una selección natural y sexual, es decir, para sobrevivir debemos adecuarnos al momento y espacio en el que vivimos y ser atractivos para sobrevivir y preservar la especie, y la humana es la más sexualizada: se cuenta con labios abultados y externos, con nalgas expuestas en cuerpos bípedos, o pechos redondos que no sólo se observan en temporada de embarazo o lactancia, además de otros procesos químicos. En ocasiones se puede escuchar, “cuando estás soltera/o ni las moscas, y cuando tienes pareja ahí están todos/as”, y es que los ejemplares que demuestran potencial para el apareamiento son más llamativos, como cola de pavorreal que se abre como ofrenda. Debido a esto, prácticas corporales y procesos químicos intervienen en el cortejo entre las personas, lo cual se potencializa con ambientes especiales como en bares y galerías, perfumes con feromonas, así como la vestimenta que emite mensajes sobre nuestra capacidad de supervivencia ante las expectativas de vida del auditorio que puede ofrecer y comprar.

Algunos antropólogos y científicos naturales comentan que si los humanos pudieran reproducirse por clonación, el deseo se separaría del amor: pues sólo sería necesario aparearse en situaciones de tensión, como las fresas que sólo producen flor para la reproducción sexual en ambientes inseguros.

El deseo con sus aristas, ya sea por capricho de la naturaleza o construcciones sociales e históricas, es algo innegable, aunque también, como animales racionales que nos hemos civilizado, pensamos en esto como un recurso para otro tipo de objetivos: autoestima, venganza, compañía, por mencionar algunas opciones.

Por eso, algunas mujeres dejan de procurar una imagen llamativa al tener hijos, pues cumplieron con la meta de preservar la especie, aunque el cuerpo aún cuente con esa posibilidad. Por otra parte, socialmente, los hombres no han sido sometidos exclusivamente al cuidado de los hijos, por lo que la época de cortejo amplía su temporada. Es decir, existe un conflicto entre el potencial de apareamiento y cortejo, con relación al deseo.

La sexualidad más que una práctica meramente lasciva, es la escena en la que nuestra identidad se construye. Por ejemplo: el exhibir el cuerpo desnudo frente otra persona implica desarmarnos, olvidar los uniformes y vestuarios que utilizamos en el trabajo o la calle, un momento en el que afloran nuestro disgusto por alguna parte del cuerpo y aprovechamos el uso y exposición de otras. Por otro lado, al dormir se da un momento de mayor intimidad que el sexo, pues es una situación en la que nos encontramos a entera disposición y sin defensa de con quienes compartimos la cama.

Así de diferentes y diversos son el amor o cariño, y el deseo. El amor, en la mayoría de los casos se transforma en posesión, el ser de alguien implica el aceptar la condición de objeto, con sus múltiples grados de codependencia; en ocasiones durante el duelo ante un divorcio o separación las preguntas constantes son: ¿por qué se fue?, ¿en qué fallé?, ¿por qué me mintió?, él o ella son el único; y la respuesta es sencilla: ya no quiere a quien quiso. Al convertirnos en objetos de consumo y sujetos de compra, olvidamos la libertad de las personas, como el decidir y/o sentir a quien se ama en un momento y tiempo, o a quién se desea.

Por ejemplo, las infidelidades son relaciones cortas o largas, sexuales y/o afectivas, con personas distintas a un vínculo oficial que no es acordado; en ocasiones se pregunta el porqué fracasamos como pareja o qué atractivos tuvo el o la amante para ser mejores, sin embargo, en muchas ocasiones sólo se trata de simple deseo y satisfacción del ego, cuestiones de evolución y selección sexual; en otras, puede ya no existir un vínculo afectivo con la pareja, pero ¿cómo dejar libre a algo mío?, por ejemplo: personas que siguen conviviendo con el esposo o esposa aunque se odien, para evitar que otra fulana o un cabrón sea el ganón.

Las relaciones humanas pueden ser tan pueriles, como importantes y conflictivas, pues además de seres racionales, también somos animales sujetos a procesos bioquímicos. Sin embargo, partiendo del supuesto que pugna por el análisis crítico, es necesario repensar y debatir el amor y el deseo para caminar hacia la concordia. El fenómeno del suicidio y el feminicidio son muestras de esta educación en el amor como posesión, pues el ahorcarse en zonas comunes en la casa o en un lugar público, así como el acuchillar o patear en repetidas ocasiones hasta la muerte, son prácticas que muestran dolor, ira y venganza. Tal vez, para algunos animales basta con orinar para marcar territorio, para los humanos, en ocasiones, debemos hacer lo mismo, enseñar el colmillo o devorar a los demás para evitar que el amor se nos vaya.

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Juan Luis Montoya Acevez

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