Opinión

La maldad. Brujas, santas y mujeres / Piel curtida

 

Durante los últimos años se ha promocionado y capitalizado la emancipación de las mujeres, lo cual ha apoyado la visibilización de varias situaciones de inequidad, tanto en lo público, lo considerado como privado, y en lo íntimo. Aunque también una de las estrategias de venta de nuevas identidades femeninas ha sido la “maldad”, entre comillas puesto que lo bueno y lo malo sólo existe en el momento en que alguien evalúa un fenómeno o individuo como tal, respecto a otro. Por ejemplo, el homicidio pude parecer negativo debido a la implementación de una política administrada por el Estado sobre la vida y la muerte, pero su percepción puede cambiar a compasión en casos de eutanasia.

Durante el proceso de civilización de la humanidad, varias consignas se basaban en el control y minimización de lo natural, por lo que las mujeres, al tener la capacidad de gestar en sus entrañas, estaban directamente relacionadas al medio ambiente y su irracional desarrollo, es así que fueron consideradas malas, como Eva en el mito judeo-cristiano o Coatlicue en la época prehispánica, castigada por sus hijos al enfurecerse por la infidelidad de su esposo Mixcóatl. Ante estos paradigmas y la expansión del cristianismo, se produjo una propaganda por rescatar la bondad femenina, misma que estribó en la entrega corporal y afectiva hacia el hombre amado y a los engendrados, a tal punto de perder la autonomía como miedo a la culpa y el reproche. Con el paso de los años, y gracias a múltiples movimientos sociales, académicos e individuales, surgió el feminismo y la lucha por las mujeres, no sólo por las mismas, lo cual impulsó la pugna por la libertad de elección e incrementar la igualdad de oportunidades en diversos aspectos: la inserción laboral, el salario equitativo, la planificación familiar, el gozar de una vida sexual plena, por mencionar algunos.

Tal fue el impacto de estas transformaciones que se han capitalizado por múltiples giros; si antes las antiheroínas de Disney eran las que buscaban el poder (Úrsula), las empresarias (Cruella Devil), vengativas (Maléfica) y hedonistas (las madrastras de Blancanieves y la Cenicienta); ahora “Los hombres aman a la cabronas”, Gabriel Solís fue uno de los personajes más populares de “Desperate housewives”, algunas personas quedaron fascinadas por Miranda Priestly en “The devil wears Prada”, muchos mexicanos y mexicanas recuerdan las telenovelas de “Rubí”, las actuaciones de Itatí Cantoral como Soraya Montenegro en “María la del barrio” y María Rubio como Catalina Creel en “Cuna de lobos” resurgen en el imaginario social. Es así que los insufribles y dóciles personajes femeninos de Tennessee Williams quedaron rezagados ante la posmodernidad obcecada por la emancipación femenina.

Pero, ¿dónde radica lo malvado? En ocasiones, algunos personajes como Paris Hilton, María Antonieta, Las Poquianchis o Elba Esther Gordillo, son recordadas por presentar conductas “inadecuadas”, que con sus varios tintes, muestran mujeres independientes, con poder, estrategas o preocupadas solamente por sí mismas. Para ejemplificar mejor estos comentarios se puede recordar la frase “hasta parece hombre”. En esto radica la maldad de las mujeres, en atreverse a vivir como ser humano libre, en realizar lo que también pueden los hombres; debido a esto, suelen ser juzgadas con mayor severidad por algunos, o enaltecidas y admiradas por otros.

Si bien, estos discursos pueden ser muestra de una apropiación de la vergüenza, deconstruida y resignificada como reforzamiento (empowerment) de una contestación hacia las normas del género; el pensamiento de la maldad sigue presente en ciertos grados. En ocasiones, algunas mujeres insertas en el mundo laboral se encuentran en una lucha interna constante, entre la responsabilidad del trabajo y lo que, consideran, su deber como madres; y a pesar de la existencia de guarderías y el apoyo de personas, se asoma la culpa y el sentimiento de ser malas mujeres. Lo cual no es sólo por un razonamiento individual, sino que incluso discursos políticos, religiosos y académicos manifiestan el peligro de que las mujeres se emancipen del cordón umbilical, aún antes de contar con un cuerpo que pueda reproducirse. Muestra de ello es la declaración del gobierno japonés que ha declarado “catástrofe nacional” porque el 45% de las japonesas de entre 16 y 24 años de edad no muestran actividad sexual con frecuencia.

Por otra parte, la filósofa Amelia Valcárcel plantea “El derecho a la maldad”, por ejemplo, se asume que los hombres son infieles por genética y que las mujeres son incapaces de ello, a pesar de que múltiples investigaciones socio-antropológicas muestran que son normales las prácticas de cortejo en múltiples ocasiones, a pesar de los discursos disciplinarios de la racionalidad y control de impulsos ante las condiciones de la especie.

Si bien la ética es un tema complejo de dilucidar, que va más allá de la realidad jurídica, la “la maldad” de o en las mujeres es muestra de una inequidad en los juicios que se realizan día a día, ya sea como acción punitiva o de admiración, pues hombres y mujeres cuentan con las mismas capacidades de realizar acciones que puedan ser interpretadas como “malas”, en espacios y tiempos determinados. Aunque históricamente, los hombres han tenido la batuta de la violencia.

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Juan Luis Montoya Acevez

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