Opinión

Cuerpos viejos en los ritos de la política / Piel curtida

El cuerpo, más que un cúmulo de órganos para los procesos necesarios para subsistir, es la materialización y herramienta del pensamiento colectivo, es por ello que las y los jóvenes suelen experimentar con él en mayor medida, una de las características principales con las que se llega a identificar y categorizar una tendencia idiosincrática: las culturas juveniles. Sin embargo, no son los únicos sometidos a la unificación de la piel, pues también quienes están inmersos en la política deben recurrir a procesos de curtido, la ingeniería en imagen; a la que se le suele agregar el adjetivo de pública, aunque en la actualidad también se requieren estrategias de comunicación desde lo privado y con una perspectiva vanguardista, ya que las concepciones de la ritualización política siguen bajo una visión del poder vertical y elitista, lo cual no ha considerado las existentes vías para compartir información, en especial entre el grueso de la población que representa el voto posible a ejercer: la juventud.

El protocolo ceremonial es aprendido por politólogos y comunicólogos, aunque desde la teoría inflexible de la época del auge monárquico, y aunque muchos profesionales con habilidades contemporáneas suelen asesorar a titulares de instituciones, las recomendaciones quedan ocultadas tras la idea de que la experiencia la hacen los años, sin recordar que así como el tiempo es lineal, también cambia y ahora estamos en otros tiempos.

Una de las acciones más recurridas por quienes ostentan el poder de alguna institución es el abarrotar eventos, con los llamados “acarreados”, con el objetivo de legitimar una simpatía al mero estilo del concierto de  un rockstar. Los asistentes se dividen en personajes públicos, trabajadores o integrantes directos de una comunidad institucional y finalmente los externos, por quienes, se cree, se otorgará credibilidad al representante de la ceremonia; es por ello que se suele recurrir a personas de estratos socioeconómicos bajos, por así decirlo, las consideradas como de “la raza”. La moneda de intercambio con los primeros es la exposición mediática, con los segundos una actividad laboral requerida, mientras que con los últimos es la esperanza de obtener un favor, un apoyo económico o de “palancas”; mismo que suele no llegar a materializarse.

Si bien, la preocupación principal es que en las fotos estáticas o en movimiento se observe una horda de seguidores, se suele cometer el error de que, además de llenar espacios, realicen prácticas de promoción a un punto de divinización: porras, agradecimientos efusivos, manifestar que se le debe algo al personaje a alabar, entre otras acciones; las cuales suelen ser identificadas inmediatamente por la prensa, asistentes y transeúntes. Lo cual termina por arruinar el objetivo que se pretendía. Sin embargo, varias personas que laboran en estas operaciones creen que no hay mejor performance que aquel en el que se eleva a un ente político a un nivel de deidad mítica.

Debido a este vetusto pensamiento, ya caduco para una época en la que información e imágenes se critican y comparten de forma inmediata y transfronteriza, también se suelen generar fotografías en las que la persona pública se transfigura en un cristo caritativo y simpático, y aunque también es posible que las acciones realizadas sean sinceras, es fácil identificar aquellas montadas de forma deliberada, como el político con maquillaje y bien vestido, sonrisa mecánica, al centro de la foto, y la mirada directo a la cámara.

A lo largo de la historia, se ha enseñado y aprendido a espectacularizar a las personas que fungen como servidores públicos, quienes deben dedicarse a administrar los recursos e instituciones de una región para, se dice, ofrecer las más amplias posibilidades de desarrollo personal y profesional de sus habitantes; y aunque el ejercer este tipo de trabajo implica una pugna por el poder y su respaldo, se suele olvidar que alabanza en boca propia parece vituperio, impidiendo que la propia población sea la que legitime el trabajo realizado, y por otra parte, copiando fórmulas de los considerados líderes mundiales que por lo general no pueden ser aplicadas a contextos culturales distintos.

Muestra de ello son campañas que han tratado de adaptar las emblemáticas imágenes de campaña de Ronald Reagan, Barack Obama o Nicolas Sarkozy, e incluso adaptaciones de la estructura del discurso político de Adolf Hitler, basado en la estructura de biblia cristiana: alegorías de la historia cultural de la población, problemáticas estructurales y finalmente, la redención.

Según el investigador de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Salvador de León Vázquez, en el sexenio anterior del gobierno estatal de Aguascalientes el gasto en comunicación social fue de 160 millones de pesos al año, lo que superó el gasto que hacía el sector salud a nivel estatal; es por ello que la política mexicana debe de reconocer nuevas actividades de comunicación e imagen pública, para reducir gastos e invertir en otros rubros, generar acciones de mayor credibilidad ante la interconectividad de las tecnologías de información, y en especial, recordar que el mundo es cambiante y genera formas específicas de interacción, por lo que se debe de confiar en profesionistas en constante actualización, tanto en lo formal y lo informal, en la cultura popular; pues el ego es fenómeno que suele costar bastante en el juego del ganar o perder en lo público.

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Twitter: @m_acevez


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Juan Luis Montoya Acevez

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