Opinión

El banco funerario / Piel curtida

Uno de los mercados con mayor rentabilidad y perdurabilidad es el funerario, sencillamente porque siempre habrá algún cliente, alrededor de cinco por cada mil habitantes al año, lo que para la ciudad capital de Aguascalientes significaría entre 4 mil 500 y 5 mil defunciones; y aunque esta cifra no parece impresionar, las facturas de los servicios fúnebres sí lo puede hacer, en especial a las y los responsables de realizar el proceso de consorte y despedida.

“Colgar los tenis” es una buena expresión popular para referirse a la muerte, pues sin considerar posturas filosóficas ni religiosas de lo que hay en el más allá, en el más acá quien fallece descansa, pero quienes se quedan batallan. Plantearé algunos escenarios para recordar y repensar estas tragicomedias que en su momento son difíciles de analizar.

Si planteamos la muerte natural de una persona que no consideró prevenir sus servicios fúnebres, alguien tendría que pagar cerca de 50 mil pesos, lo cual incluiría una modesta caja de muerto; pues aún en nuestros tiempos, en el país no se ha promovido de forma decidida una concientización a favor de la cremación, lo que no sólo reduciría costos en sepelios, sino que también representaría menor explotación de recursos naturales, químico e industriales, así como un aprovechamiento territorial de deshecho. Sin embargo, la implementación de estas acciones no son serán posibles sin la participación activa de los líderes y nodos de relaciones sociales de múltiples religiones; para informa y desmitificar perjuicios que todavía existen ante la quema del cuerpo caduco al pensar que habrá una resurrección, literal, el día del juicio final, que se cree terrenal.

En algunos casos, también se deben realizar trámites legales, como el realizar nuevas escrituras de las propiedades del o la finada, lo cual implicaría el pago de alrededor de 10 mil pesos por bien hipotecario; esto sólo si se trata de un proceso de cesión de facultades sin altercados, pues si la herencia se somete a juicio, la disputa puede, al menos, duplicar los egresos monetarios.

Debido a esto, algunas instituciones han tratado de indagar el costo promedio de darse el lujo de morir y no sólo ser enterrado en una fosa común, lo cual puede oscilar, al menos, entre 50 mil y 100 mil pesos, pues todo depende del tipo de servicios: religiosos, de velación, entierro, cremación, exhumación en situaciones de criptas compartidas, incluso el material y acabado del féretro, o simplemente el tipo de flores para adornar los diferentes espacios de despedida. A causa de ello, también se comenta que gran parte de la población mexicana termina endeudada a causa de sus familiares difuntos.

Al realizar cuentas de estos gastos de operación, nos pueden parecen exagerados por lo que son en sí mismos: materiales que serán enterrados para pudrirse o, de otra manera, que serán reutilizados por otros cadáveres. Sin embargo, desde que las y los seres humanos hemos aprendido a dominar la naturaleza (al menos eso parece), algo contra lo que siempre se luchará es nuestro ir innhato hacia la muerte en sus múltiples variedades y presentaciones. Es así que, además de las construcciones filosóficas y religiosas para ofrecer el consuelo de un fin no definitivo, los humanos sublimamos, enaltecemos y ritualizamos nuestra decadencia. Debido a esto, es común el solicitar a nuestros seres más cercanos caprichos fúnebres, últimas voluntades que no se distancian de las prácticas prehistóricas de ofrenda mortuoria: que toque el mariachi en el entierro, que me pongan en la caja con tal o tal objeto, que me velen hasta que lleguen todos los hijos, por mencionar algunos ejemplos. Sin embargo esto es normal ya que el ego, al recordar su condición caduca, busca preservarse a través de los demás, ¿quién no ha pensado en su funeral e imaginado quiénes lloran? Es por ello que se promueve cada vez más la compra de servicios funerarios por adelantado, por una parte el asegurar los caprichos de fallecimiento y por otro lado el prevenir el desfalco económico de la familia al momento de la muerte.

Es así que con la ritualización de la pérdida y el traslado de lo íntimo (el hogar) a lo público (salas y centros funerarios), las industrias mortuorias han tenido que expandir sus servicios a prácticas de espectacularización del dolor, y aunque este término parece alarmante, se trata de simplemente exhibir el sentimiento colectivo, generado en la ceremonia fúnebre, algo incluso terapéutico al exponer a los partícipes a los sentimientos viscerales. Debido a esto existe una selección de color en las salas de velación, se uniforma al personal, algunas ocasiones se ofrece el servicio de comparsa a pie hasta el cementerio o una caravana en autobús; y aunque el ser plañidera se ha convertido en un oficio obsoleto, los coordinadores de entierro se las ingenian para que las y los asistentes compaginen sentimientos y se unan a la melancolía grupal. Recuerdo que en el funeral de una profesora de educación básica, el orador contratado por la misma funeraria enfatizó su discurso hacia los estudiantes asistentes, pidió minuto de silencio, minuto de aplausos y solicitó a los demás que expresaran su pérdida.

En otros países la capitalización de la muerte por la industria privada se ha incremendado, como el ofrecer féretros no convencionales en formas y colores, y la organización de recepciones sociales tras el entierro, muy parecidas a una boda o cumpleaños: comida de tres a cuatro tiempos, mesas y sillas decoradas, centros de mesa, música e incluso la generación de mini presentaciones por parte de terceros o la propia familia para remembrar al o la finada. Algo similar, a una reciente tendencia a celebrar fiestas de divorcio.

Si bien, la economía ha logrado explotar las emociones y reconstruirlas a nuevas prácticas de consumo, también es importante reflexionar sobre quién es el sujeto adscrito a este proceso de compra y venta, pues en ocasiones son ajenas quienes terminan pagando las transacciones funerarias. Sin embargo, ¿esto no será una muestra de agradecimiento y despedida para con nuestros seres queridos?, sí, lo es; aunque también se debe prevenir los efectos colaterales del negar la decadencia corporal. Esta ocasión la/lo invito a pensar en estas cifras y procesos, bien se dice: “¡uno como quiera!, pero… ¿los que se quedan?”.

 

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Juan Luis Montoya Acevez

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