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Entrevista a Fabrizio Mejía Madrid, autor de Días contados

  • Existen un montón de pequeñas culturas que responden a otra idea de estar en el mundo
  • Tenemos una cultura fragmentaria, ya no hay la idea de principio y fin, le estamos dando sentido a una cultura que está en un callejón de salida

 

El más reciente libro del escritor, cronista y periodista  mexicano Fabrizio Mejía Madrid (Ciudad de México, 1968) es la antología de crónicas titulada Días contados publicada por Almadía. Este libro que reúne trece crónicas por Mejía Madrid a partir de 1989, año de la caída del Muro de Berlín, hasta el 2009 en el que el autor retoma el problema del narcotráfico en nuestro país para contarnos el triste desenlace de un dealer de drogas de Ciudad Universitaria, pasando antes por el entierro del Che Guevara en Santiago de Cuba o la visita que hace el cronista a la Venezuela de Hugo Chávez en 2005 o la protestas en la ciudad de Oaxaca en contra del gobernador Ulises Ruíz, pasando también a través de la historia del Viagra, la famosa pastillita azul que vino a revolucionar la vida sexual de la humanidad.

Mejía Madrid es uno de los cronistas más importantes de nuestro país y su labor periodística ha sido publicada en diarios y revistas de circulación nacional, ha escrito también las novelas Hombre al agua (2004), El rencor (2006), Tequila DF (2008). Recientemente publicó junto al monero José Hernández la novela gráfica Septiembre. Zona de desastre sobre el terremoto de 1985 y la novela Nación Tv:

En entrevista, Fabrizio Mejía Madrid cuenta que el libro se debe a la  labor del editor de Almadía, Guillermo Quijas, quien le pidió un libro de crónicas que no tuviera como base la Ciudad de México, “y pues yo he hecho varios libros de crónica y tengo cientos de crónicas perdidas en revistas y periódicos, lo que Elena Poniatowska llama ‘los papelitos’; yo tenía la idea de que no había hecho pocas crónicas que fueran en otros países, por eso dije que no, pero me asaltó la curiosidad y fui al recinto en donde están guardando todo, hasta los dibujos del kínder, que es la casa de mi madre, y me encontré con un montón de crónicas, con otras ideas, distintas a la de seguirle la pista a la transición mexicana y me encontré con una pequeña historia que se contaba a partir de estas crónicas que fueron escritas y publicadas en momentos muy precisos, como son todas las crónicas, del mundo que yo conozco que es un poco Europa, un poco América Latina y un poco de Estados Unidos.

“Esas crónicas contaban una historia que si a mí me hubieran dejado ponerle otro nombre al libro hubiera sido Breves historias del fin del mundo, porque contaban breves historias del fin del mundo desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y el terremoto en Chile en 2011 en el cual yo no estuve en realidad, es una crónica construida a partir de los tuits de Pancho Hinojosa y Juan Villoro”.

Javier Moro Hernández (JMH): Las crónicas que se incluyen en el libro retratan al mundo desde la caída del Muro de Berlín y nos dan una idea de lo que esto significa: la caída de las utopías que aún existían, el fin de la historia, el retrato del mundo que haces es un mundo que cambia hacia el capitalismo.

Fabrizio Mejía Madrid (FMM): Es un mundo que cambia, un mundo en el que la cultura estaba cambiando y hoy lo podemos ver con mayor claridad, y el libro es un informe del fin de la profundidad. Octavio Paz hizo mucho hincapié en el fin del marxismo como una manera de explicarnos la sociedad y la cultura, pero también en ese momento, y por eso lo llamó el fin de la profundidad, porque también se estaba destruyendo el psicoanálisis y la idea de la profundidad interior, o sea desaparecía la profundidad social pero también la profundidad subjetiva, y entonces esa es la historia que me llamó la atención, que íbamos de la caída del Muro de Berlín, el entierro del Che Guevara, con lo que la idea de la revolución quedaba fuera de la historia, pero al mismo tiempo nuestra narrativa personal había sido desterrada por la idea de las pastillitas y ahí está la crónica sobre el Viagra que fue publicada por el suplemento de cultura de La Jornada, pero la hice del Viagra pero bien la pude haber hecho sobre otra pastillita que se llama Prozac y que resolvía todos los problemas interiores y por lo tanto ya no necesitabas terapia ni una narrativa personal para ser tú.

JMH: Es la época de la superficie y de la imagen.

FMM: De una imagen que ya no es la imagen fotográfica sino que es la imagen de la pantalla, porque se sustituye la narrativa de la fotografía que uno tiene colgada en su casa y que se puede contemplar por días, horas, todo el tiempo que quieras y te van diciendo cosas, la imagen de la pantalla es sustituible, cambiable, es relativa el peso que tiene cada imagen, de tal manera que es un mundo superficial pero también sintomático, sólo son síntomas pero no son registros de nada.

JMH: Las redes sociales son resultado de esta transformación, son ágiles y manejan mucha información pero mucha de esta información es completamente superficial y pasajera.

FMM: Creo que han existido dos cambios importantes en este siglo XXI, y que empiezan a finales del siglo XX que, como dice Eric Hobsbawm, fue el siglo más corto de la historia porque el siglo XXI empieza en 1989, no sólo por la caída del Muro de Berlín y la caída de la Unión Soviética y la disgregación de Europa del Este, sino también por el cambio en la percepción porque teníamos la idea de que la historia era un casete e iba de principio a fin, cuando en realidad lo que estaba pasando era con la percepción, es que se estaba fragmentando y ahora tenemos una cultura de la lista, de los diez mejores no sé qué, y esa una cultura en donde todo equivale, todo es fragmentario y todo es simultáneo y ya no hay la idea el principio y fin, y ese es uno de los cambios fundamentales en la culturales, y la otra idea fundamental en el cambio de la cultura y para eso tengo que citar a Paul Virilio cuando habla de la aceleración del tiempo, la aceleración de la percepción, de la interactividad  y a veces nos pasa que creemos que las cosas que escribimos el jueves, el lunes ya han quedado rebasadas, se ha reducido a tal grado el horizonte de futuro porque el futuro es mañana o la próxima semana y es borrado por el nuevo acontecimiento y así vivimos, así le estamos dando sentido a una cultura que está en un callejón de salida.

JMH: Me parece muy importante la reconstrucción que haces de estas transformaciones culturales y sociales en Europa y en América Latina, porque como país nos hace falta vernos en perspectiva con lo que sucede con el resto del mundo

FMM: Siempre todas las crónicas son en primera persona, y eso fue una elección mía escoger las que estaba en primera persona, de tal manera que fuera un mexicano en París, un mexicano en Hannover, un mexicano en Cuba, es decir porque sí traemos y de eso estoy consciente,  un peso por la cultura que es la nuestra, con la que crecimos, esta burla del nacionalismo-revolucionario que no ha terminado nunca de ser otra cosa, no ha terminado de ser un nacionalismo raro, paródico, pero que es la que tenemos, y el resto del mundo está igual, la cultura en general ha tenido muchos desenlaces, muchos finales, y mi generación es una cultura de epílogos, pero sin ningún comienzo claro.

JMH: La crónica es periodismo y tiene la oportunidad de atrapar los momentos pero al mismo tiempo puede ser la oportunidad de hacer un análisis de ese momento, pienso en la crónica que haces del viaje a Hannover para la feria de las culturas, en el que prevalecen los discursos ecologistas pero que cuando analizas de quién viene te das cuenta que son las grandes empresas las que esgrimen estos discursos.

FMM: Cuando leí las crónicas sí fue una sorpresa para mí lo que me encontré, además de que era un poco una autobiografía laboral, esa fue la primera sorpresa. La segunda sorpresa es que sí parece existir una especie de futurología, por ejemplo si uno vuelve a leer Días de guardar de Monsiváis te das cuenta de que ahí hay una cultura que se va a desplegar en los setentas, igual cuando lees a Hunter S. Thompson te das cuenta de que ahí están ya los Estados Unidos de los setenta y de buena parte de los años ochenta, porque como dice Villoro la crónica es un ornitorrinco y entonces contiene dentro de la propia narración pedazos de ensayos, reflexión, además de diálogo y tiene la capacidad brutal de prever desde un instante lo que se puede desplegar en el futuro.

JMH: ¿Cómo fue el trabajo de selección de las crónicas y de ordenamiento de las mismas dentro de Días contados?

FMM: Decidí arbitrariamente que cada capítulo tuviera tres crónicas y ponerle un título sexy a cada capítulo. Pero como eran al final doce crónicas decidí escoger una más para que fueran trece, un número cabalístico porque finalmente trata del fin del mundo o de nuestra idea del fin del mundo; es decir, frente a la reducción del futuro lo que le había quedado a esta cultura a la cuál pertenezco es la persecución de la catástrofe, incluso cierto gusto por el accidente frente a la reducción de los horizontes aquellos de que iba a llegar una sociedad mejor y más justa a través de una revolución o la creación de una sociedad equitativa, frente a esa reducción lo que nos queda es la catástrofe y ante eso pensé que tenían que ser trece que es el número de la mala suerte o con el cual se identifica el mundo y pensé que tenía que el libro tenía que llamarse Días contados y no Breves historias del fin del mundo porque es un juego de palabras que habla sobre el hecho de que yo cuento estos trece días pero que también hace referencia que pareciera que nos quedan los días contados.

JMH: Ahora que los mayas nos fallaron con el fin del mundo y que la historia parece que sigue hacia algún lado, no sabemos adónde, las ideas sobre la catástrofe, ¿tendrán que cambiar o seguiremos siendo tan catastrofistas?

FMM: Yo esperaría que la cultura se tenga que enfrentar con este callejón sin salida en el que estamos, finalmente la cultura es lo que da sentido a las cosas y a nosotros mismos. Reitero, la cultura se encuentra en un callejón sin salida y puede decidir dejar de perseguir el accidente y puede renovarse con las piezas pequeñas que se han ido creando. Como yo lo veo es que hay una cultura dominante, que es la cultura del mercado, que es la cultura de la mayor ganancia en el menor tiempo posible, pero existen un montón de pequeñas culturas que responden a la otra idea de estar en el mundo que responde a la empatía con el otro, que te preocupe que el otro se muera de hambre, que lo golpeen, lo que antes se llamaba “solidaridad” antes de que Salinas de Gortari nos quitara esa palabra, por eso yo uso empatía, que suena más de uno en uno, solidaridad era mucho más colectiva, pero el sentido comunitario de estar en el mundo ha tenido muchos ensayos y los pongo en las crónicas, pues se ve en las nuevas religiones, en el rollo altermundista, etcétera. Frente a una cultura que no tiene más respuestas que ganar, ganar, ganar y por ahí podríamos empezar a rascarle, pero si te soy sincero lo veo muy lejano.

 

Foto: Natalia Bermúdez


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Javier Moro Hernández

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