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La sociedad de la distracción I / A lomo de palabra

 

La siguiente afirmación se atribuye a Einstein: “El mundo, tal como lo hemos creado, es un proceso de nuestro pensamiento”. Aserto, me parece, correcto por antonomasia, toda vez que, sensu stricto, el mundo no es el universo, finito o infinito, sino una porción de él, el subconjunto en el que cabe todo lo conocido por el hombre. Y cuidado, en la oración anterior “el hombre” es sólo un decir, por cierto vago e impreciso, puesto que se refiere más bien a una cultura determinada. Mundo es ecúmene, es el inmenso concepto en el que cabe toda la realidad conocida: mundo es el espacio/tiempo humanizado por una civilización específica. Así, en nuestros días la civilización occidental tiene la pretensión de que el mundo es suyo y global.

El mundo, en tanto proceso de nuestro pensamiento, puede ser tan grande o tan pequeño como la cantidad de información significativa que tengamos. ¿Y a qué me refiero con información? Las distintas acepciones que aporta la RAE en su diccionario respecto a la palabra información la convierten en una de las peor definidas del español; hay desde las perogrulladas  (“acción y efecto de informar”) y boberías (“oficina donde se informa sobre algo”), hasta enredos conceptuales (“conocimientos así comunicados o adquiridos”) e intentos fallidos de resolver el asunto vía sinónimos (“educación, instrucción”). Fuera de la séptima acepción (“Biol. Propiedad intrínseca de ciertos biopolímeros, como los ácidos nucleicos, originada por la secuencia de las unidades componentes”), lo que aporta el diccionario es un montoncito de redundancias e imprecisiones.

Para definir información nada como acudir a Newton. Su tercera ley del movimiento establece: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria”. Recordemos el diagrama en el cual de un emisor parte un vector hacia un receptor, y de éste, de regreso, otro: acción y reacción. ¿Cuál es el contenido? Energía, por supuesto. Ahora, si en el mismo esquema se sustituyen las palabras “acción” por “mensaje”, y  “reacción” por “respuesta”, queda un modelo simple de comunicación. El contenido en este caso es, claro, información. Así, información no es más que el contenido de todo mensaje, y dado que para serlo un mensaje tiene que ser recibido, lato sensu, información es todo lo que se percibe. La cuestión se torna más interesante si recordamos que toda percepción involucra procesos de intercambio, y que la esencia de nuestras percepciones no son cosas concretas, sino funciones. Paul Watzlawick sintetiza la cuestión magistralmente: “Lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación”. Los procesos de comunicación, obviamente, son colectivos, sociales, de tal suerte que la realidad es necesariamente resultado de un proceso social de construcción. El punto de encuentro del planteamiento de Einstein, la Teoría de la comunicación humana de Watzlawick y la sociología del conocimiento de Peter Berger y Thomas Luckmann puede expresarse en pocas palabras: el mundo es un constructo social.

La información estructural resulta piedra angular en la construcción social de la realidad. Hace treinta años en México se creó la institución responsable de proveer la información estructural sobre la realidad nacional. En 1983, el INEGI se conformó sobre dos fuertes pilares: la Dirección General de Estadística (DGE), cuyo origen se remonta al Porfiriato (1882), y la Dirección General de Geografía (DGG), también con raíces en el XIX, pero institucionalizada como tal hasta 1968. Para entonces, la DGE ya había levantado diez censos de población, y tenía más de medio siglo realizando censos económicos. Por su parte, la DGG se encontraba concluyendo el primer cubrimiento nacional de la carta topográfica 1:50,000.

Hace tres décadas el mundo comenzaba a tomar la forma que hoy tiene, pero aún era otro. Fue justo en 1983 cuando la Iglesia Católica retiró la condena al polímata Galileo Galilei, quien en 1632 publicó su Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, en el cual se burlaba del geocentrismo; entonces, hace más de 350 años, cuando seguía siendo el centro del universo, la Tierra albergaba a una población total de 0.5 mil millones de habitantes, 4.2 mil millones menos de los que los que vivíamos en este mundo cuando Juan Pablo II se animó a retirarle la condena a Galileo.

Hace treinta años cuando se escuchaba la palabra bipolar uno no pensaba en una señora sufriendo bandazos anímicos o en un fulano de comportamiento extremoso e impredecible, sino en el mundo: Andropov comandaba al bloque soviético, entidad geopolítica que según el presidente estadounidense, el actor Ronald Reagan, no era otra cosa que un “imperio del mal”. La guerra, además de fría, tomó entonces el espacio con el anuncio de la instalación del sistema Star Wars. En 1983 ya existían las computadoras y las redes, pero su uso era asunto de militares y élites académicas norteamericanas; de hecho, aquel año ocurre algo trascendente: ARPANET se desmilitariza y TCP/IP se convierte en el protocolo único de la red de redes. Las PC de IBM funcionaban con el sistema operativo DOS y Motorola sacó al mercado el primer teléfono celular comercial, un armatoste que pesaba casi un kilo y costaba 3,995 dólares. El colapso soviético comenzaba a verse posible: aquel año el sindicalista polaco Lech Walesa recibe el Nobel de la Paz, y la dichosa globalización comienza a inflarse: se inaugura Disneylandia Tokio, y cada vez son más y más disímiles entre sí los jóvenes que en muchos países del orbe quieren bailar como Michel Jackson disfrazados de zombis. En 1983, ET quería comunicarse por teléfono a casa.

@gcastroibarra


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Germán Castro

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