Desde La Jornada Nacional

Nelson Mandela fue el protagonista de un polémico culto que sorprende a propios y extraños.

DEL ARCHIVO / ORIGINALMENTE PUBLICADO EN JULIO 2008

Johannesburgo, 15 de julio. A tres días de cumplir 90 años, Nelson Mandela es el protagonista en Sudáfrica de un polémico culto que sorprende a propios y extraños.

Mientras en Johannesburgo, en barrios marginales, como Soweto (donde se gestó la lucha contra el apartheid), niños, jóvenes y adultos no tienen pudor alguno en describirlo con entusiasmo como “superhéroe”, “nuestro padre”, “libertador”, “un gran hombre” y hasta “mesías”, entre la población blanca las muestras de respeto son menos entusiastas.

“Claro, los blancos, sobre todo los que ahora son mayores, querían morirse cuando Mandela llegó al poder, pues se terminaron sus privilegios”, explica Henry, taxista de origen zulú, una de las etnias con más población en este país.

En Sudáfrica todo mundo sabe de política y habla con lujo de detalles de los sueños que tienen como nación libre y democrática. Pero el tema favorito es Mandela, cuyo rostro, siempre sonriente, se ve por todos lados: en las portadas de revistas y periódicos, en los espectaculares y en los comerciales que transmiten las cadenas televisoras locales que lo felicitan por su cumpleaños.

Que si se casó con la viuda del presidente de Mozambique, que si se conocieron mientras ella estaba casada y él era mandatario, que si a todos los empresarios del mundo les pide donativos, que si sólo sus hijos y los de sus colaboradores van a buenas escuelas, que si ya no tiene voluntad porque está muy viejito y lo controlan sus asistentes.

Souvenirs con la efigie de Madiba

Los dimes y diretes en torno a Nelson Mandela están a la orden del día, como si todos fueran fans y él, más que un luchador social, fuera un artista del que desean conocer hasta los más íntimos detalles de su vida.

Por ello no resulta extraño encontrar en las tiendas de los centros comerciales gorras, llaveros, camisetas, tarjetas postales, un sinfín de artículos con la imagen de Madiba, como le llaman en referencia al máximo cargo de la tribu thembu a la que pertenece.

Para las personas de gustos más intelectuales, en las libre-rías hay decenas de ediciones en torno al líder sudafricano (biografías, testimonios de quienes han convivido con él, álbumes fotográficos) y desde hace unos meses circula una historieta de ocho capítulos en la que se narran las “hazañas” de la vida del ex presidente.

También, sobre todo en lugares turísticos, se ofrecen camisas como las que Mandela muestra en público y que pertenecen a una marca nacional que se llama “ropa presidencial”, a precios, eso sí, muy elevados. No cualquiera se puede vestir como él.

A algunas personas les irrita esa mercadotecnia, sobre todo, les parece una exageración que los reflectores giren casi exclusivamente en torno a él cuando se habla del nacimiento de la República sudafricana.

¿Y dónde están los otros luchadores? “El Congreso Nacional Africano (partido político del que emergió el gobierno negro) no lo hizo un solo hombre”, reprocha un tanto tímido Ingo Moller, quien vende artesanías.

No desea que lo escuchen sus compañeros de banqueta, pues para algunos cualquier crítica a Mandela es un tabú, afirma, antes de seguir vendiendo las réplicas talladas en madera de la casita donde vivió Winnie, la esposa del líder, mientras éste estuvo en prisión.

Una mafia en la isla de Robben

Los claroscuros en torno al culto “mandeliano” se perciben con mayor intensidad precisamente alrededor de la isla de Robben, donde se encuentran los edificios que funcionaron como cárcel de máxima seguridad hasta mediados de los años 80.

Ahí estuvo recluido el líder negro durante casi dos décadas, en una pequeña celda que ahora recibe cientos de visitantes al día y que luce como nueva, con los muros recién pintados de verde y muy limpia.

Las casas que durante la época del apartheid sirvieron como residencia de los custodios, inclusive se rentan a quien tenga ganas de dormir una noche en ese recinto donde tantas personas fueron torturadas por el simple hecho de no tener la piel blanca.

Los guías de turistas de agencias externas a la isla de Robben se quejan de que ésta se encuentra en manos de una suerte de mafia de personas negras que no permite, por ejemplo, que se traduzca a turistas que no hablan inglés las explicaciones que ofrecen.

Además de confundir al visitante, “los negros proporcionan en muchos casos información errónea”, asegura Pamela, una guía argentina quien se queja de esos muchachos que organizan apresurados paseos por la isla de Robben con tal de llevar y traer a tierra firme en un ferry al mayor número de personas, que deben pagar unos 20 dólares por el tour de una hora.

Los jóvenes afirman: “Yo estuve preso aquí”, pero cuando uno hace cuentas se percata de que esos chicos no pertenecen a la generación que padeció el encierro. Sin más museografía que dos fotos en las que se ve a Mandela con otros prisioneros, muchas personas se aburren de un recorrido por cuartos vacíos, patios donde corretean algunos conejos e información vaga.

“No tienen más opción que ir a la tienda de recuerdos a mirar o comprar mientras esperan el viaje de regreso, el cual dura unos 15 minutos

“La isla de Robben debería ser un santuario, pues se trata del lugar donde se originó la levadura de los cambios políticos de este país; es el punto de llegada obligado para quienes visitan Ciudad del Cabo siguiendo la ruta de la lucha contra el apar-theid, y eso no sucede debido a esas personas que se apropiaron de la isla con la anuencia del propio Mandela”, concluye Pamela.

En el puerto no falta quien venda piedras de la isla a la persona que ya no le dio tiempo de ir al recorrido por la prisión de Robben.

Muchos pasan de largo, otros se interesan, no vaya a ser que sea un pedazo de la cantera que picó el mismísimo Madiba, el hombre ante el que hacen antesala hasta millonarios, estrellas de Hollywood o rockstars para rendirle culto.

Vía La Jornada


Vídeo Recomendado


The Author

La Jornada

La Jornada

Noticias de La Jornada en su edición nacional.

No Comment

¡Participa!