Opinión

Premios y Castigos

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Ricardo A. Martínez Espinosa*

 

Si el comportamiento de nuestros legisladores es reflejo de nuestras preferencias al momento de elegirlos, es un buen momento para reflexionar sobre las señales que estamos enviando y el costo que tiene para nuestra democracia no impulsar un debate más inteligente. Para ponerlo en un caso actual, la inminente aprobación de la reforma petrolera será más producto de una oposición sin ideas que de una verdadera imposición.

Comisiones que trabajan de madrugada, escondiendo dictámenes por dos días. Partidos que utilizan las tribunas y las calles para protestar las injusticias de los políticos como si no formaran parte del mismo cuerpo colegiado. Políticos que deciden salirse de las mesas de negociación al tiempo que exigen espacios para ser parte de ellas. Una tribuna legislativa que parece más preocupada por hablar con los que están fuera que con los que forman parte.

No intento pecar de ingenuidad, entiendo la lógica detrás de estos comportamientos. Mientras unos buscan avanzar una agenda de gobierno lo más rápido posible, otros hacen su esfuerzo por distanciarse suficientemente de ella para congraciarse con la opinión pública y ofrecer una alternativa real en la próxima votación.  Pudimos verlo en contraparte cuando el PRD empujó con el PRI la agenda fiscal, mientras los que gritaban eran los panistas. Lo que me preocupa es que, si los legisladores actúan con base en incentivos, esto sea lo que estemos premiando como votantes.

La distancia entre los discursos de legisladores de oposición y de gobierno varía según el tema discutido, pero la reforma petrolera expone en buena medida las fallas de nuestro debate ¿Cómo podemos pasar de un consenso artificial y hueco, como resultó ser el Pacto por México, a una lucha ideológica sin argumentos como la que hemos visto estos días? La gran mayoría de las posiciones de senadores durante la discusión de esta iniciativa tuvieron dos tintes: aquéllos que parecían levantarse a leer o repetir ideas memorizadas, en su caso más chusco los verdes, y aquéllos que llenaron el parlamento de discursos apasionados sin sustancia, que tuvo su clímax en la mentada de madre de Layda Sansores.

¿Cómo estamos dirigiendo nuestra decisión para elegir legisladores? ¿Por qué estos personajes consideran electoralmente redituable su comportamiento, sea para ignorar el debate o para ridiculizarlo al extremo de pasiones de cantina? ¿A quién le están hablando mientras hablan? Tendríamos que pensar que existen cálculos detrás de esas acciones, o de lo contrario nos encontramos frente a personajes que no les importa lo que piensan de ellos, una conclusión mucho más preocupante.

La inclusión de oradores es una estrategia de dilación, eso me queda claro. El apasionamiento del discurso es una estrategia que busca poner un tema de la agenda legislativa en la agenda de los medios, no se hable de cercar el Senado. La idea detrás es crear consciencia en un país donde los medios de comunicación se encuentran parcialmente controlados en algunos de los canales con mayor difusión. Podrían ser útiles en el corto plazo mientras se preparan nuevas tácticas que complementen la oposición. En sí mismas me parecen acciones insuficientes.

La reflexión tendría que venir sobre lo que nosotros premiamos o castigamos de estos comportamientos, pues es claro que en este momento la oposición no ha sido efectiva durante el debate petrolero. Necesitamos un discurso más sofisticado, pero sobre todo con mejores resultados para la oposición. Esto tendría que pasar por una evaluación seria sobre lo que han venido haciendo, y lo que esperan ganar con ello. Si el premio de mentarle la madre a los privatizadores sigue siendo más espacios para el PRD en la próxima elección, entonces lo están haciendo bien. Si como electores queremos una oposición que gane algunas batallas más allá de la anécdota chistosa, entonces es momento de llamar a nuestros legisladores a cuentas.

ricardo.martinez@cide.edu

 

*Coordinador de Gobierno y Finanzas Públicas en CIDE Región Centro

 

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