Opinión

Chau Juan / H+D

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Ni a irse ni a quedarse, a resistir,

aunque es seguro que habrá más penas y olvido

Fragmento Mi Buenos Aires querido, Juan Gelman

Te conocí por la voz, ese fue nuestro primer encuentro y ahí se me abrió otro mundo, te conocí por la voz, ese tono parsimonioso, sereno, tranquilo, con ese acento rioplatense, con tu pausa calculada llena de sabiduría, de dolor, melancolía y esperanza que podías construir en una sola palabra.

Te conocí por la voz que es el lenguaje, después comencé a leerte y a descubrir el exilio, la soledad, el desasosiego y la lucha, el amor. El hombre hecho poesía y la poesía hecha hombre. Al tiempo, tuvimos nuestro primer encuentro, para ti uno más en entre tantos encuentros y desencuentros, para mí un encuentro con mayúsculas, te mencioné una idea delante de esa mesa rectangular donde dedicabas libros, y ahí alzaste la mirada con tus ojos azules y me dijiste: Pibe, justo de eso hablaba con Fito en estas fiestas.

Adentré en vos, poeta, periodista, traductor, militante; el barrio de Villa Crespo en Buenos Aires te vio nacer un 3 de Mayo de 1930. Tus padres, inmigrantes judíos ucranios, se buscaron la suerte en este continente que tanto amarías y padecerías. A tus quince años ya estabas inmerso en la Federación Juvenil Comunista, saltaste de la química a la poesía, y empezaste a ser un alquimista de las palabras y el lenguaje. Fundaste el grupo de poesía “Pan Duro” y ahí ya proponías una nueva poesía, un compromiso con tu tiempo y con tu existencia arropada en lo colectivo. Los tiempos se volvían cada vez más amargos y sombríos y tú mantenías tu poesía encendida impregnándola de militancia en las luchas contra la dictadura y dentro del peronismo revolucionario. Tu compromiso moral, profesional y político te llevó al exilio de Argentina en 1975 perseguido por la Tripe A; recorriste el mundo con la desazón de la nostalgia, la justicia y la fuerza en el corazón hasta que encontraste en México un abrigo para tanta pena, donde ahora descansas y al que tanto amaste.

Utilizaste la lengua de manera exquisita, enigmática, con simple complejidad, con tu capacidad de crear neologismos, diminutivos y rupturas de sintaxis. Tu discurso poético abofeteó cariñosamente, como un mazo moldeado a base de ternura y sinsabores con ese radicalismo avasallador, una poesía peligrosamente atrevida de tu sentida inconformidad, tu grito susurrado a todo pulmón esperanzador y desgarrador a la vez, suave y duro, tierno y hostil, dualidad de la vida que enfrentaste en primera fila.

A su vez, un ritmo melódico asomas, el lunfardo fue poesía, escribías con cadencia y ritmo de tango, como un milonguero con acordes de reflexión existencial, rupturas trágicas, compromiso y cotidianidad popular. Me enseñaste -entre tantas cosas- que una cosa es el amor y otra cosa es la palabra amor, mientras llovía como si Dios quisiera lavar al mundo.

Te fui conociendo más hasta la conmoción emocional en la búsqueda de tu nieta, nacida en cautiverio en Uruguay cuando su madre fue secuestrada con ocho meses de embarazo, para después de su nacimiento ser desaparecida al igual que su esposo que era tu hijo. Desaparecidos por la última dictadura militar Argentina en los tiempos de la ferocidad y la extrema barbarie. Vos seguiste, te echaste el dolor al hombro, tus muertos, y seguiste con tu poesía constante y cotidiana, política, denunciante, indignada ante la injusticia, la infancia, el exilio, incandescente y subversiva bajo la luz suave y brillante de tu lucha por la libertad. Después de la carta a tu nieta, de golpe entendí algo de tu mirada y también de tu forma de tomar el cigarro y dejar ir el humo con la seguridad de que todo lo que está dentro inevitablemente se eleva y se diluye en el aire.

Tiempo después nos volvimos a ver, aún estaban con nosotros los Maestros Víctor Sandoval y Tomás Segovia, los tres estaban juntos y los tres leían para nosotros. Y ahí, entre el museo y la iglesia, caminabas con un paso sereno, llevando en el bolsillo el Premio Nacional de Poesía Argentina, el Juan Rulfo, el Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, el Pablo Neruda, el Reina Sofía de España, la medalla Bellas Artes y el Premio Cervantes, ninguno te pesaba, los llevabas como un niño lleva sus canicas. Tu último premio la “rosa de cobre”, te lo entregaron en sala Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional de Argentina, me hubiera gustado estar ahí, guardar silencio mientras leías tu poesía y escucharte, escuchar tu voz.

Hoy, a estas horas ni el recuerdo de los merecidos premios literarios, ni el hacer un repaso de tu imponente obra, ni la remembranza y el recuerdo de tus luchas, tus pérdidas y tus encuentros alcanzan para dar la dimensión de tu partida, contigo se va el poeta, el periodista, el militante que surcó las imposibilidades del lenguaje para crear una nueva vida, tu propia vida es un poema comprometido.

Escribo esto la noche de tu muerte a sabiendas de que mañana cuando despierte al mundo le faltara un poeta. Y ahí vas Juan, a alguna reunión con Rodolfo (Walsh) y con Paco (Urondo) y otros de tus compañeros que soñaban con un mundo mejor; ve, anda a contarles a los treinta mil -desaparecidos durante la dictadura- que pudiste encontrar a tu nieta, que pudiste reformular un mundo posible con tu poesía, que luchaste hasta las últimas consecuencias del lenguaje del exilio y del amor, ve y diles que soplan otros vientos y que aquí obligaremos al futuro a volver otra vez. Chau Juan.

1 Comment

  1. Rodolfo Narvaez

    23/01/2014 at 22:18

    La palabra es una herramienta de lucha. Decia el maestro excelente articulo mi buen Nestor gracias por tus palabras por tu lucha porque siempre seguirá vivo en cada una de las personas que lo lean en cada sala de lectura en cualquier lugar en columnas como esta simplemente gracias por tus palabras y tu lucha viejo. Felicidades!

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