Opinión

El pasado nunca se acaba / A lomo de palabra

Que no pase otro año sin que hayas leído Las Benévolas, “el acontecimiento literario del siglo”, según Jorge Semprún.

Un desconocido, Jonathan Littell, publicó en 2006 su primer libro en francés. Les Bienveillantes pronto fue un bestseller y conquistó los premios literarios más importantes de Francia, el Goncourt y el de Novela de la Academia. Le Figaro declaró al novelista como “el hombre del año”; no es poca cosa, tratándose Littell de un joven norteamericano (Nueva York, 1967).

Littell es un híbrido cultural. Sus antepasados, de origen judío, llegaron a América procedentes de Polonia a finales del siglo XIX. Jonathan estudió en Francia, pero regresó a Norteamérica para graduarse en Yale. Luego viajó durante varios años por el Congo, Afganistán, Bosnia y Chechenia, trabajando para Action Against Hunger. Antes de Las Benévolas, Littell apenas había publicado una novelita ciberpunk de escaso impacto, Bad Voltage.

Desde la perspectiva de un nazi, Las Benévolas narra el holocausto. Pero aunque es evidente que el autor se soporta en sólidas bases históricas, la obra va mucho más allá y problematiza asuntos universales. El gran tema es la naturaleza del mal.

Entrada a un texto de casi mil páginas, el incipit de Las Benévolas es certero: “Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os los aseguro. Existe el riesgo de que resulte largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa… Y además no es algo ajeno a vosotros.”

Maximilian Aue escribe sus memorias para contarnos los años durante los cuales fue oficial SS de alto rango. ¿Arrepentimiento, disculpa, cargas de conciencia…? No. ¿Para qué entonces? El mismo Aue, lapidario, apunta: “… las únicas cosas indispensables para la existencia humana son respirar, comer, beber, defecar y buscar la verdad.” Aunque varias veces el narrador muestra que la versión hegemónica de lo ocurrido es necesariamente imparcial, la verdad por la cual indaga no es la histórica. La novela de Littell puede leerse como una pesquisa de aliento épico: persigue la verdad entre los vivos y entre los muertos.

Las Benévolas es una novela magistral porque su autor consigue pasar desapercibido: quien lleva la voz es en efecto un viejo llamado Max Aue, quien fue un oficial SS, hijo de madre francesa y padre alemán, doctorado en leyes, culto, inteligente, un homosexual diletante y políglota que asesinó a muchos inocentes, hombres, ancianos, mujeres y niños… ¿Un monstruo? No, sólo un ser humano como tú y como yo: “El auténtico peligro para el hombre soy yo, y sois vosotros…” ¿Y cómo somos? “Todo hombre desea satisfacer sus necesidades y las de los demás le resultan indiferentes.” ¿Queda sólo la ley del más fuerte? Aue apuesta por la organización social a partir de normas: “… para que los hombres puedan vivir juntos, para evitar el Estado hobbesiano… y, antes bien, poder satisfacer una suma mayor de sus deseos, merced a la ayuda mutua y al incremento de la producción que de ella se deriva, se precisan procesos reguladores que pongan límites a esos deseos y es preciso que los hombres egoístas y flojos acepten el imperio de la Ley y ésta debe, pues, referirse a una entidad externa al hombre y debe basarse en una potestad que el hombre sienta superior a él…” La entidad superior durante mucho tiempo fue, claro, Dios, y luego sus sucesivas potestades terrenas y bípedas, desde el chamán y el rey, hasta el Führer… Muerto Dios, sólo quedó el hombre y sus ideas: el humanismo o el ideal igualitario de los revolucionarios burgueses del siglo XVIII, pero también el nazismo, el comunismo, el capitalismo salvaje…

La cultura que persigue construir la armonía social contra la naturaleza egoísta del hombre, sí, pero la cultura que no basta. Ni el refinamiento ni el progreso son por sí mismos una garantía ética. Tampoco el mero transcurrir del tiempo significa necesariamente avance alguno. Así, por muy lejana que aprecies la época en la que para mucha gente resultó perfectamente válido asesinar a miles y miles de congéneres indefensos sencillamente por su condición de raza, cualquier cosa que eso pudiera significar, no lo es tanto. La vertiginosa aceleración del cambio que hemos experimentado desde mediados del siglo pasado, así como el horror mismo de los testimonios que muestran la capacidad de la maldad humana, contribuyen a que la gran mayoría de nosotros podamos sentirnos cómodamente ajenos a ese pasado. Por eso mismo, hoy, los lectores de Las Benévolas quizá se vean obligados a revalorar la distancia que nos separa de la II Guerra Mundial. La novela de Littell nos recuerda algo que más valdría mantener presente: en esencia, los humanos que habitamos el planeta actualmente somos iguales a los hombres y mujeres que participaron en el conflicto armado más grande de la historia, víctimas y victimarios todos. Aue insiste: “el pasado…, cuando te ha hincado los dientes en la carne, ya no te suelta”. Para él, lo dicho es un certeza dolorosa. Max y Una, su hermana gemela, hablan luego de varios años de no verse; ella, lectora de Freud y Jünger, intenta amonestarlo: “… El mundo cambia y hay que saber cambiar con él. Tú sigues prisionero del pasado… El pasado se acabó, Max”. Pero él responde: “El pasado nunca se acaba”.

 

@gcastroibarra


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Germán Castro

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