Opinión

Jóvenes, situaciones y políticas públicas / Piel curtida

Según datos del más reciente Censo de Población y Vivienda del INEGI, existen cerca de 30 millones de personas entre 15 y 29 años de edad, alrededor del 26% de la población total en México, grupo al que se le suele nombrar como juventud. Sin embargo, esta categoría suele ser segmentada entre adolescentes y jóvenes, a los cuales se les asignan características específicas, en especial psicológicas, lo cual evidencia el conflicto entre las edades cronológicas, biológicas, sociales y psicológicas.

Por lo general, ser adolescente significa pasar por la pubertad y estar en el proceso de definición de una identidad personal, consolidar valores y creencias, hasta llegar a una estabilidad emocional para ser funcional en la sociedad. Aunque no siempre existió la adolescencia tal y como se encuentra en nuestros idearios, ya que en principio surgió como un público meta de la economía occidental tras la segunda guerra mundial. Anteriormente, el niño pasaba directamente a la adultez debido a las necesidades de fuerza de trabajo y crecimiento poblacional, pero con la aparente estabilidad de la década de los 50, surge el adolescente como un punto intermedio de exploración vivencial. Para fines prácticos de administración pública y biopolítica, se implementan algunas normatividades para establecer el fin de esta etapa de vida, como en México que se alcanza la edad adulta al cumplir los18 años, mientras que en otros países se logra hasta los 21 años.

Es así que se segmenta a los adolescentes de los otros jóvenes, quienes en la búsqueda por empoderarse y ser reconocidos como adultos, deben insertarse al sector productivo con un trabajo respetable, identificar y asumir su posición en las reglas del mercado laboral, así como establecer un vínculo afectivo perdurable para formalizar una pareja, es decir: madurar. Por otra parte, las expectativas de éxito serán mayores con el paso del tiempo, una eterna insatisfacción a causa de lo que Zygmunt Bauman llama cultura del consumismo; aunque estas aspiraciones ya no sean las mismas que en otras generaciones a causa de diferentes transformaciones económicas, educativas y sociales. Por ejemplo, se considera necesaria una mayor cantidad de estudios para el desarrollo profesional, aunque la posibilidad de contar con una estabilidad y seguridad laboral sea casi nula, lo cual representa una menor probabilidad de obtener una vivienda propia; es así que se presenta un retraso en la edad de abandono del hogar paternal, que incluso puede llegar hasta después de los 35 años, fenómeno que suele ser calificado por generaciones más viejas como símbolo de una juventud inmadura e incapaz de hacerse responsable de sí, aunque más bien esto refleja la precarización en las vías de desarrollo para los jóvenes; debido a esto, se les ha nombrado durante los últimos años como adultos emergentes (early adulthood), personas quienes no disfrutaron los beneficios de crecimiento económico y social de la generación x, y quienes se enfrentan al nombrado “desencantamiento del mundo encantado”, producido por las expectativas de la economía liberal y la democracia al derrocar al comunismo.

A causa de ello, es común la búsqueda y goce de prácticas de esparcimiento, las cuales sirven como catalizadores de energía, socialización y minimizan en alguna medida las posibilidad de enfrentarse al aislamiento y desasosiego, lo cual puede orillar a los jóvenes a prácticas delictivas y autodestructivas; por lo que también la diversión se emplea por el Estado y organizaciones civiles como políticas públicas de tercera generación, como en Aguascalientes, donde la Casa del Adolescente del DIF Estatal, el Instituto de la Juventud del Estado, y la anterior administración del Ayuntamiento de la ciudad capital, han sido las entidades con mayor realización de eventos de este tipo, como cursos de parkour, destinación de espacios para graffitis y conciertos, oferta que ha sido destinada de forma especial hacia sectores con situaciones socioeconómicas adversas, por lo cual, los eventos musicales han sido enfocados hacia lo “popular”, como música grupera y el vallenato, aunque también se han realizado algunos de rock y reggae. Sin embargo, los jóvenes en el estado representan un grupo más amplio, quienes también desean salir a bailar un momento para olvidar que no han conseguido un empleo. No toda la música, ni su baile, son iguales, pues también manifiestan diferentes tipos de discurso.

Mientras que el rock puede agrupar a jóvenes que desean manifestar su disgusto con los sistemas en diferentes instituciones y aspectos sociales, como la familia y el sexo; la música electrónica aparenta ser superflua. Sin embargo, en grandes eventos como la extinta “Fiesta del amor” (Love parade), los miles de jóvenes agrupados por el bit del dance, techno y el house levantaban las manos en forma de corazón (hand heart gesture) para decir, “¡hey!, dame un respiro, es tiempo de bailar”; incluso el festival migrante Tomorrowland lo dice con su nombre, habrá un mañana.

Es necesario que las entidades gubernamentales enfocadas al trabajo con jóvenes pluralicen sus ofertas y generen políticas públicas a corto plazo, para ser evaluadas y reestructuradas tantas veces sean necesarias, adaptándose a las exigencias de cada situación; además de identificar aquellos aspectos cotidianos que no sólo son actividades aprendidas e históricas, sino que cuentan con un trasfondo; en el cuerpo de las y los jóvenes se encuentra la superficie de la realidad comunitaria, no es casualidad que actualmente esté en boga el dejarse crecer la barba y bigote (o al menos desearlo), o que tras la popularidad de los piercings ahora sea mayor la demanda por las expansiones.

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Twitter: @m_acevez


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Juan Luis Montoya Acevez

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