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La crónica, el ensayo y la columna son verdaderos laboratorios de la escritura

  • Entrevista a Fernando Iwasaki, sobre El laberinto de los cincuenta
  • Vivimos en una época donde hay mucho “face” y poco “book”

 

En un mundo en donde la juventud y las imágenes asociadas a ella son cada vez más importantes mediáticamente, en donde la juventud se puede extender hasta los cuarenta, cuarenta y cinco años, un mundo en donde la idea de belleza se encuentra irremediablemente asociada a la juventud, el hecho de que un escritor, un artista, se tome el tiempo para hablar de lo bello que es llegar a los cincuenta años resulta ser un proceso contradictorio y chocante para muchas personas. En un mundo que cada vez adora más a los jóvenes no se puede permitir que la gente hable bien de la madurez pues para eso existen todas las cirugías estéticas que hemos inventado en los últimos treinta años: para que nadie se sienta viejo.

Sin embargo el escritor peruano Fernando Iwasaki, nacido en 1961 en la ciudad de Lima, retrata en su libro El laberinto de los cincuenta (Cal y Arena, 2013), cómo el proceso de madurar no es tan doloroso, ni tan extraño como ahora pareciera ser si nos atuviéramos a los que se ve en los medios de comunicación. Llegar a los cincuenta puede ser el momento justo para revalorar, para medir todo lo logrado hasta el momento. Y el escritor lo hace: puede voltear hacia atrás y ver cómo ha cambiado, cómo se ha transformado el mundo, cómo ahora sus jóvenes hijos interactúan con la tecnología, con los libros, con su entorno y compararlo con la forma en la que los jóvenes de los sesenta, de los setenta veneraban ese objeto llamado libro o a ese otro objeto que parece desaparecer lentamente llamado disco de vinil.

Sí, el mundo cambia, pero la madurez es un espacio de respiro, de autoconocimiento, que no da la juventud y sus tormentos, y eso lo sabe muy bien Fernando Iwasaki, quién en este libro que compila varias de las crónicas que el autor publicó durante varios años en el suplemento Laberinto del periódico Milenio y que el autor decidió dividir en tres partes tituladas: Vicios, Achaques y Manías, en donde se repasan, con humor e inteligencia, nuestra relación con el sexo, la lectura, el deporte, la tecnología, etc.

Platicamos vía correo electrónico con el autor de libros como Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006), España aparta de mí estos premios (2009), entre otros, y esto fue lo que nos comentó sobre su más reciente libro publicado en México:

Javier Moro Hernández: Envejecer no tiene por qué ser tomado con una actitud negativa, o eso nos dice en este libro publicado por Cal y Arena en México, y esa es una de las características que más me llamó la atención pues demuestra que el autor no le tiene miedo a envejecer, y eso en un mundo que se solaza en la juventud y sus posibilidades, es algo para considerar. De hecho hay un texto en el que dices que la juventud empieza a los 90. La juventud es energía y entusiasmo pero en muchas ocasiones es muy egocéntrica y a veces muy ingenua

Fernando Iwasaki: La juventud -como decía Wilde- es algo que se quita con la edad, pero en nuestra época la juventud se ha convertido en algo muy parecido a la expresión «ahorititita», ese maravilloso adverbio de tiempo latinoamericano que no significa ipso facto sino que vamos a demorarnos más bien el doble. Jóvenes fueron Rubén Darío y Arthur Rimbaud cuando publicaron Azul y Una temporada en el infierno, porque ambos eran menores de veinte años. Pero cuando veo antologías de poesía joven con chicarrones de cincuentitantos me pregunto si sus urólogos pensarán lo mismo. El suicidio de Romeo y Julieta nos parece una tragedia porque tenían quince años, pero el suicidio de dos amantes de cincuenta sólo tendría éxito como comedia.

JMH: Quería que nos platicaras un poco cómo se da la idea para reunir estos textos, que ya habían sido publicados en tu columna del suplemento “Laberinto” de Milenio, pero ahora reunidos en este libro de Cal y Arena.

FI: Delia Juárez y Rafael Pérez Gay me animaron a hacer una selección de mis colaboraciones y procedí a elegir las que me parecieron más literarias o más divertidas, así como las menos dependientes de la actualidad. Cuando las leí todas juntas me di cuenta que me había salido un libro más bien “retro” y por eso me apunté al vintage cultural.

JMH: El libro está dividido en tres partes: Vicios, Achaques y Manías, y en ellas abordas temas y visiones personales sobre los mismos. ¿La posibilidad de escribir una columna te da más libertad para acercarte a estos temas?

FI: La crónica, el ensayo y la columna son verdaderos laboratorios de la escritura, cuyos resultados pueden convertirse más tarde en cuentos y novelas. Pienso en autores españoles como Julio Camba, Álvaro Cunqueiro, Wenceslao Fernández-Flórez y Enrique Jardiel Poncela, pero especialmente en el mexicano Jorge Ibargüengoitia.

JMH: Uno de los temas es la memoria, los recuerdos, la posibilidad de comparar con desparpajo y humor negro el pasado y el presente. Me parece muy interesante esto porque parece que de alguna manera tomas distancia de ti mismo para hablar sobre estos temas, sin dejar de burlarte de esta época en el que tanto las lecturas y el cine (por ejemplo) han cambiado y no para bien.

FI: Como yo me inicié en el género galáctico viendo Perdidos en el espacio y mis hijos con La amenaza fantasma, ellos están condenados a ser menos comprensivos con el pasado. Yo no quiero que todo lo que brille sea láser, sino que brille nomás. Descubrí a los Beatles con 6 años, a Pelé con 8, a los 4 Fantásticos con 10, a Homero con 12 y a Borges con 14. No cambiaría nada de mi infancia y de mi adolescencia por ninguna modernidad contemporánea. Lo único que me asombró fue el fax y que conste que me casé en Betamax.

JMH: ¿Las formas de leer (y de conocer mujeres) han cambiado mucho en estos últimos años?

FI: Cuando yo era adolescente era imprescindible evitar que las chicas supieran que me gustaban. En cambio, ahora las chicas se molestan cuando nadie les marca “me gusta” a sus fotos del facebook. Las mujeres de mi generación leían más, pero vivimos en una época donde hay mucho “face” y poco “book”.

JMH: Uno de los temas centrales del libro es la lectura, la forma en la que ella te conformó como persona y escritor. Sin embargo desde hace unos años se habla de una crisis de la lectura a nivel Hispanoamérica. ¿Crees que estemos en una crisis nueva o sólo es una crisis continuada desde hace muchos años?

FI: Probablemente nuestra época sea la de mayor índice de lectura en la historia de América Latina, pero los criterios y las jerarquías han cambiado de forma rotunda. Hoy los índices de lectura se miden más por las ventas que por los préstamos de las bibliotecas, pero esas operaciones no son extrapolables a la calidad literaria. Lo que tiene que cambiar es la manera de asumir la realidad de dichas cifras y lo que representan. A saber, que la cultura, el conocimiento y la sensibilidad para gestionar ambas cosas nunca serán un atributo de las mayorías, como tampoco lo son la belleza, la inteligencia o los talentos artísticos. Lo único nuevo es que por primera vez en nuestra historia los individuos pueden elegir deliberadamente ser ignorantes. ¿Habrá algo más soberano?

JMH: ¿Los libros y los discos se han conformado como una parte esencial de tu familia?

FI: En mi casa había más discos que libros y más pasiones musicales que literarias. Mis hermanos son excelentes profesionales en sus respectivas carreras y no les ha hecho falta tener más lecturas para conseguirlo. Mi padre no era un intelectual sino militar, pero al morir quise conservar su vieja máquina de escribir y su Diccionario Ilustrado Sopena de 1932. Aquel Diccionario fue mi primera biblioteca y ahí permanece, todavía, todo mi padre.

JMH: Decía Milán Kundera en Los testamentos traicionados que lo mejor de algunos grandes escritores se escribió cuando éstos tenían más de sesenta años, pues la madurez da mayor claridad sobre lo que se quiere contar. Al leer tu libro uno podría pensar que estás de acuerdo con esta idea.

FI: No sé si a los sesenta seré mejor escritor que a los cuarenta o a los cincuenta, pero sí creo que tendré más tiempo para la escritura. Henry James comenzó a escribir al cumplir los cincuenta y Mario Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros con veintitrés. No creo que podamos decir algo absoluto al respecto. Thomas Mann escribió Los Buddenbrooks (1901) con veinte años, Muerte en Venecia (1912) con treintiuno y La montaña mágica (1924) con cuarenta y dos. Cuando ganó el Nobel de Literatura tenía cincuenta y cuatro años y el mejor de sus más de veinticinco títulos posteriores fue Doctor Faustus (1947). ¿Cuál fue el mejor Thomas Mann? Sin duda el de cuarentitantos.


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Javier Moro Hernández

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