Opinión

La inclusión digital y el aprendizaje / Borrador de futuro

Al día de hoy, el Gobierno Federal, así como algunos gobiernos estatales han emprendido una serie de programas dirigidos a mejorar el acceso a las tecnologías de la información en el sector educativo. La intuición con la que se implementan estos programas, y se realiza el gasto, es que generando un ambiente más inclusivo en esta materia se podrán mejorar los logros educativos. La ecuación es simple: sumar tecnología e información redituará en un mejor aprendizaje. Incluso, existen posturas que señalan que la tecnología, como una herramienta para personalizar la enseñanza, puede ser capaz de reducir la importancia del maestro.

Así pues, el día de hoy pretendemos anticipar que esto no es cierto. El uso de las computadoras y el internet no son la panacea para la mejora de la calidad del sistema educativo. La evidencia que se discute en este texto muestra que estas herramientas no garantizan mejora en el aprendizaje, incluso lo pueden reducir.

En el año 2004, en Rumania, se implementó un ambicioso programa de subsidios para acceder a computadores en los hogares, dirigido a los estudiantes pertenecientes a familias de bajos ingresos. El propósito del programa “Euro 200” fue incrementar el uso de los computadores en los hogares de las familias de bajos ingresos y promover las habilidades para el manejo de la información de los estudiantes en sus responsabilidades escolares.

Metodológicamente es interesante analizar este programa. El criterio de selección de los beneficiados fue arbitrario. Los diseñadores del Euro 200 fijaron como requisito que las familias obtuvieran un ingreso mensual igual o menor a 50 dólares. Esto, para fines de su evaluación, permitió generar un grupo de comparación similar al grupo que recibiría el beneficio. Me explico, si una familia generaba un ingreso mayor a 50 dólares, aunque fuera 50.2 o 51 dólares, automáticamente ya no era seleccionable. Así, estadísticamente las diferencias entre una familia que en ese entonces generaba un ingreso de 49 dólares mensuales (por lo tanto beneficiada), y una familia que generaba un ingreso de 50.2, no eran significativas. Esto permitió comparar los efectos del programa entre dos grupos de características similares: uno que recibió el subsidio y otro que no (ambos cercanos a los 50 dólares fijados como requisito).

En el año 2008, aprovechando esta oportunidad generada por el criterio de selección de beneficiarios, se evaluó el programa. Ofer Malamud, de la Universidad de Chicago y Cristian Pop-Eleches, de la Universidad de Colombia, encontraron que los estudiantes que fueron beneficiados disminuyeron de forma significativa el tiempo que empleaban para realizar sus responsabilidades escolares. También, comparado con el grupo que no recibió el beneficio, estos estudiantes mostraron resultados más bajos en sus logros académicos. Sin embargo, los autores también destacan que estos resultados dejan de ser negativos cuando existe un involucramiento por parte del profesor y los padres de familia.

El acceso a las tecnologías de la información puede ser un instrumento complementario, pero no determinante para mejorar el sistema educativo. No hay evidencia que así lo confirme. En primer lugar, no se ha creado, aún, herramienta que sustituya la interacción del alumno con el maestro. Esta interlocución directa es insustituible. Incluso, tal como lo dice la evidencia acá discutida, el uso del computador puede ser más un distractor, si éste no está supervisado por un titular o los padres de familia.

Quizá el texto de hoy abusó de términos técnicos, pero esto obedece a la necesidad de contar con cada vez más y mejores políticas basadas en la evidencia. Acá la utopía es que el gasto público verdaderamente incida en el bienestar del ciudadano.

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Twitter: @ruelas_ignacio


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Ignacio Ruelas Ávila

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