Opinión

Aló Chávez / H+D

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La esclavitud es hija de las tinieblas; un pueblo ignorante

es instrumento ciego de su propia destrucción

Simón Bolívar

El Diseño, como cualquier actividad relacionada con las industrias culturales, de producción y comunicación, hunde sus raíces en un complejo entramado de estructuras económicas, políticas y sociales, resultado de procesos históricos dialécticos. En Marx, este término designa tanto el peculiar proceso con el que se desenvuelve la sociedad a lo largo de su propia historia como la forma de pensar dicho proceso, y anteriormente, en Hegel, consiste en establecer una “tesis”, su contrario en una “antítesis” y su resolución en una “síntesis”, derivando que a cada afirmación de algo le corresponde su respectiva negación y al choque entre ambos una solución o conclusión, que posteriormente se convierte en otra tesis, y así sucesivamente.

La República Bolivariana de Venezuela se encuentra viviendo un proceso dialéctico natural teóricamente dicho, pero artificialmente construido; el país cumple más de una semana de marchas (tanto de la oposición como del gobierno) y disturbios en medio de enfrentamientos en varios puntos que reflejan una aguda situación de tensión y que han dejado varios muertos y decenas de heridos. La “tesis” propuesta por la revolución bolivariana que encabezo Hugo Chávez en 1999 basada en una patria justa, solidaria, culta y socialista nos da el punto de partida para la actual situación.

En la serie-documental Presidentes de Latinoamérica (2010), conducida por Daniel Filmus y producida por el canal Encuentro y la TV Pública Argentina, trasmitida también por Telesur, Chávez nos habla de su tesis acerca del poder popular, el autogobierno y la gestión del pueblo para fincar las bases de una patria socialista. En su explicación del socialismo para el siglo XXI menciona el frente económico como uno de los principales puntos de presión para desestabilizar un gobierno democrático -en el caso del Chavismo ha ganado 18 de 19 procesos electorales- por lo cual es uno de los puntos más estratégicos a controlar; dentro de sus ideas el poder económico hay que democratizarlo, el papel activo del estado en los factores estratégicos de la economía deben subordinar en un plan general y constitucional a un sector privado reacio a ello con base al interés general del pueblo.

Continúa exponiendo que la vinculación entre mercado y estado, en un modelo socialista (en el sentido Marxista-Leninista), tendrá que ir derribando el paradigma y la cultura de un libre mercado, el mercado tiene que estar y ser regulado por los intereses del estado que son los intereses del pueblo, pero no por el estado burgués-oligárquico, sino por el estado revolucionario, dando así las condiciones para la creación de un mercado socialista, lejos de los que acaparan productos y alimentos, especulan con los precios, los insumos y la distribución o aquellos que contrabandean alimentos para Colombia y el Caribe, ¡eso no es mercado, esas son mafias organizadas!

Eso nos lleva a la “antítesis”, su contario, la llamada oposición al “régimen”, y una antítesis plantea no estar radicalmente con lo que pensó Chávez y que ahora encabeza el Presidente Nicolás Maduro con la mayoría del pueblo venezolano, esta antítesis plantea un objetivo claro y no negociable; el derrocamiento de un gobierno elegido en las urnas -el tufo de la amenaza fascista recorre de nuevo Latinoamérica-, la anterior afirmación no es una interpretación subjetiva, ha sido expresada en varias ocasiones por los principales líderes e inspiradores locales de la derecha: Leopoldo López, María Corina Machado y Henrique Capriles, expresando su idea de “cambio de régimen” -eufemismo mordaz para referirse a un golpe de estado-, participando así de su idea histórica de antítesis en un objetivo común que es solidarizarse, movilizarse y participar activamente para poner fin a la pesadilla instaurada por el comandante Chávez.

En esta simple ecuación histórica, los factores diferenciales juegan fuerte, e ingenuo sería pensar que la oligarquía venezolana -entiéndase extrema derecha- actúa sobre intereses puros e íntimos de su pueblo. Venezuela carga con la bendición (en este caso maldición) de tener las mayores reservas comprobadas de petróleo en el mundo, petróleo que da gratuitamente a Cuba a cambio de doctores, maestros y artistas cubanos que trabajan con un pago mínimo en los sectores sociales más desprotegidos de la sociedad venezolana combatiendo el analfabetismo, la precariedad en la salud y la inanición intelectual. Petróleo que es celosamente vigilado y operado por el estado, el chavismo significó el fin del saqueo y el pillaje organizado por Estados Unidos, que tuvo como fieles operadores y socios menores a los líderes y organizaciones políticas ahora agrupadas en un frente opositor.

Los intentos por desestabilizar al gobierno popular de Venezuela han sido tan variados que a todas luces son conspiratorios, contarios a “moral y luces son nuestras primeras necesidades”, que apuntara Simón Bolívar, tan variados que van desde apelar libertad de prensa y violación de los derechos humanos, hasta control de los medios, alimentos y productos tan básicos como el papel higiénico. La lección Maduro la sabe bien, sabe que hay diversas maneras en que la oposición radicaliza a las personas y un punto vital es tocarles el consumo de productos, así como la violencia construida desde sectores anacrónicos y reaccionarios, la manipulación de los medios -la verdadera dictadura mediática-, la especulación con el dólar y generar el caldo de cultivo propicio para debilitar y poner en tela de juicio las acciones del gobierno, y así hasta completar una larga lista de deseos por hacer. Lo quisieron, lo quieren y lo querrán hacer con Rafael Correa, con Cristina Fernández, con Evo Morales, con Dilma Rousseff, con José Mujica y lo lograron con Manuel Zelaya y Fernando Lugo (sólo por mencionar a la generación del bicentenario). El guion es el mismo, la misma trama opositora, las corporaciones económicas detrás de la desestabilización, los grandes medios de comunicación, los grandes productores vinculados a las multinacionales y sectores de la derecha que sólo aceptan la idea de ser una minoría privilegiada y rapaz, pero no la idea de ser una minoría electoral e ideológica.

También casi lo logran con Hugo Chávez aquel 11 de Abril del 2002 en el Golpe de estado auspiciado desde Washington. En plena intervención militar para derrocar un gobierno legítimo electoralmente en las urnas y ante ya un destino que parecía marcado e irreversible, el teléfono suena en el Palacio de Miraflores en Caracas, Chávez contesta y Fidel Castro, desde La Habana, le habla un par de minutos, antes de colgar le dice: Chávez, tú no eres Allende, y le dio prácticamente una orden; ¡Chávez tú no mueres hoy, aquí te espera tu pueblo!

La “síntesis” ante la situación histórica estará basada en la aplicación tácita de la justicia, en la activa participación y movilización de las masas rojas chavistas para sostener la Revolución Bolivariana, es lo único que podrá permitir cerrar este capítulo histórico para comenzar la condena cíclica de otra historia y aventar el peligro de un asalto fascista al poder popular que pondría sangriento fin a la gesta bolivariana. Lo que está en juego no sólo es el futuro de Venezuela sino, indirectamente, el de toda Latinoamérica.

 

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