Cultura

Entrevista a Jaime Mesa, autor de Los predilectos

  • El movimiento detonado por el deseo produce monstruos
  • Nos hemos alejado de una idea básica: la vida es aburrida y ahí radica su esplendor

 

Los predilectos es la segunda novela del joven escritor mexicano Jaime Mesa después de la exitosa Rabia, con la que el autor, nacido en 1977 en Puebla, se dio a conocer y se ganó el favor de la crítica y de los lectores a través contarnos la historia de Foster y de confrontar virtualidad con la realidad y en donde el sentimiento de la culpa y la fascinación se confunden en el interior del personaje central de esa novela. En su segunda novela, Jaime Mesa continúa con la línea trazada en su anterior novela de crear personajes fuertes, que dominan todo el escenario, a través de Scarlett, una chica que a los 30 años parece haber terminado de conocer la vida después de conocer los oscuros entresijos de las fiestas sexuales en donde personas infectadas con Sida tienen relaciones con personas sanas. Así es como se interna en una clínica de rehabilitación en donde conocerá a los tres miembros de una banda de rock, entre otros personajes, que en un año han conocido el triunfo musical y todo lo que esto conlleva: drogas, fiestas, mujeres y que están en la clínica tratando de definir cómo seguir con su carrera. Los predilectos es una novela que cuestiona la idea de triunfo que nos ha vendido una sociedad cada vez más mercantilizada, en donde todo puede ser comprado o vendido y en donde los placeres son cada vez más intensos, más peligrosos, porque el vacío se ha instalado en todos y cada uno de nosotros:

“Desconfío de lo que sé acerca del origen de mis novelas. Descubrí esa desconfianza con mi primera novela Rabia. Durante la escritura, la edición y luego la promoción pensé que la había escrito por algo: un malestar que me rondaba por las mañanas cuando despertaba y me sentía vacío, o algo así. Tiempo después, cuando, por decirlo así, la fiesta ya había acabado y mientras hablaba con jóvenes del Tec de Monterrey sobre esa novela, y ante la pregunta de una alumna, descubrí que Rabia se había originado años antes de cuando yo creía. Fue durante mi primera juventud, mientras cursaba la universidad, y a raíz de experimentar con las primeras etapas de las salas de chat, en el Intranet. Recordé todo eso y, entonces, me di cuenta de que uno nunca sabe realmente cómo se origina una novela. De Los predilectos pienso que se originó por mi obsesión por los “lados b” de las vidas de los famosos, por lo que hacen después de un concierto o un domingo aburrido. Veía mucho MTV, VH1 y me intrigaba buscar conexiones, digamos, con Slash o con Kurt Cobain. Descubrí que no puedo tocar la guitarra como el primero, ni componer con el segundo, pero que puedo comer hot cakes como ellos. Esa conexión y entendimiento respecto a que el tedio o lo normal nos toca a todos por igual encendió la maquinaria literaria. Luego, muchos años después, lo convertí en novela con cientos de matices. Empecé a escribir Los predilectos en 2007, justo cuando había firmado el contrato por Rabia y antes de que fuera publicada. Luego la dejé descansar y la terminé a principios de 2012. He dicho en alguna parte que es una novela vieja y nueva por lo tanto”.

Javier Moro Hernández (JMH): Hay varios puentes comunicantes entre Rabia y Los predilectos: uno de ellos sería el vacío, del absurdo, la sensación de que ya todo lo conocemos, lo hemos vivido y nada nos satisface pero no sé si tú estás de acuerdo.

Jaime Mesa (JM): Creo que podría entender los puentes comunicantes entre Rabia y Los predilectos desde la intuición de que los personajes de la segunda novela son los que Foster (protagonista de Rabia) observa a través de su pantalla de televisión. El deseo por adueñarse virtualmente del Otro, de la vida del Otro, es la sustancia que compone la intención de moldear a los personajes de Los predilectos. Son aquellos que Foster nunca conocerá pero que cree conocer por ver un documental. Son aquellos a los que Foster aspira. Este deseo de ser Otro es un impulso muy juvenil, muy de la infancia. Un deseo, quizá, primario. Así, los personajes de Los predilectos son esa representación. Mi descubrimiento fatal fue que tanto Foster, un tipo común y corriente, como Scarlett o los ucranianos de la novela, están unidos por un mismo destino: la muerte, y por un mismo medio de acción: el tedio y el aburrimiento. Ese tedio compartido, ese vacío del que hablas, es el punto de conexión que une ambas novelas. “Todos estamos tan enfermos de lo mismo”, dice Foster en Rabia.

JMH: La idea del vacío, la idea de que una vida llena de satisfactores materiales, me asalta al seguir el paso a la vida de Scarlett, la protagonista, quien justamente es una persona privilegiada, una “predilecta”, y que sin embargo vive un constante acercamiento hacia la destrucción personal, y la de los personajes que va conociendo a lo largo de su vida, como una forma de paliar ese vacío, esa insatisfacción que ella siente.

JM: La idea del vacío va de la mano del mecanismo del deseo, que es uno de los motores de la humanidad desde sus primeros días. Deseas algo, lo obtienes, estás satisfecho; pero luego deseas algo (otra cosa o lo mismo), lo obtienes, estás satisfecho; pero luego deseas otra cosa y así hasta el infinito. Me perturba mucho que estemos deseando algo todo el tiempo. Sé que es uno de los principales mecanismos para vivir pero no deja de inquietarme. El movimiento detonado por el deseo produce monstruos. Creo que este tema va a estar siempre en mis novelas hasta que yo no logre resolverlo.

JMH: Una de las cosas más impactantes de la novela es la participación que tiene Scarlett en las fiestas en las que personas sanas tienen sexo sin protección con personas enfermas de Sida. El riesgo, la adrenalina desatada en situaciones límites son lo único que llena la vida de muchas personas. ¿Es lo que nos espera, una vida cada vez más llena de comodidades pero sin grandes motivos para vivir?

JM: Creo que esa ansiedad e histeria nos las han legado la síntesis intensa del cine y la televisión. El cine y la televisión son intuiciones ficticias de que el placer, los buenos momentos (o malos momentos), de que la intensidad que tiene la vida se mantienen en un movimiento continuo. Vemos una película y en dos horas están sintetizadas muchas emociones humanas, muchos problemas humanos, preguntas, respuestas, y todo pasa frente a nuestros ojos y luego acaba. Entonces volvemos al tedio. La exposición sistemática a ese fenómeno, creo, nos ha hecho desear “llenar” las 22 horas libres que nos deja ver una película de dos horas. ¿Por qué el mundo es tan lento y tan estable si nos hemos educado visualmente con las historias sintéticas que inician y acaban (y vuelven a iniciar o a acabar si volvemos a poner play)? ¿Por qué el mundo no es como en las películas, así tan intenso? Nos hemos alejado de una idea básica: la vida es aburrida y ahí radica su esplendor. Lo hemos olvidado por completo y entonces estamos todo el tiempo buscando detonantes del placer, excitación perpetua, algo explosivo que dure. Y cada nueva cima luego de un tiempo nos deja insatisfechos y vamos por otro límite.

JMH: Seguimos la voz de Scarlett que nos va contando su vida pero ella va dando saltos hacia atrás y hacia adelante. Es una estructura narrativa compleja.

JM: Mis primeros intentos de novela en el taller de Daniel Sada eran ejemplos tenebrosos de zonas muertas en el presente que sólo servían de anclas para ir al pasado. Podía contar algo en una cuartilla y enseguida irme hacia atrás para contar veinte cuartillas del pasado. Mataba la progresión dramática en pos de la memoria. Pero lo hacía mal. Es decir, no era un ejercicio claro sino más bien un impulso de mis ritmos internos. Así, me quedaban novelas de 300 páginas sin avance, pura detención arbitraria. Entonces escribí Rabia, todo hacia delante, sin muchos retrocesos ni detenciones, como una forma de romper mi viejo hábito y pulirlo. El suicidio de mi tendencia natural fue, luego lo entendí, una purificación. Los predilectos tiene una estructura en espiral, o funciona como un ovillejo: presento un tema, varios temas sin ilación aparente, voy narrando y en algún punto, justo cuando todo está por caerse, vuelvo al primer tema y lo desarrollo. Así, rumbo a la página 60 hay cinco temas abiertos pero ya un avance de cada uno. Sucede, casi, sin aviso y entonces le explotan al lector en las manos. De pronto se encuentra interesado en cinco líneas temáticas que no sabe de dónde salieron. Al final, cierro todas a un mismo tiempo. Esta estructura está basada no en una intención meramente estética sino en escuchar y afinar mi propia respiración. Es decir, así pienso, así concibo el mundo. La estructura de Los predilectos es la traducción de cómo voy construyendo mis pensamientos en la vida real. Y en esa “traducción” encontré la manera literaria de hablar de mi mundo interior. Todas las técnicas literarias que voy usando en mis novelas responden a esta traducción, en entender cómo pienso, siento, vivo, y en adaptarlas estructuralmente o lingüísticamente.

JMH: ¿Cómo fue el desarrollo, el proceso de creación de los personajes que aparecen en la novela?

JM: La construcción de Foster, el personaje de Rabia, fue un amasijo de buena parte de las personas que había conocido. Es decir, hice un Frankenstein con una emoción de acá, una mano de allá, una idea de acá. Los predilectos fue muy distinto. Me di cuenta de que por más documentales y videos de músicos, actores, futbolistas y millonarios que había visto, o por más personas que hubiera conocido de estas áreas de la humanidad, no los conocía a fondo. Así que adopté estereotipos o carcasas y los llené con mi propia vida. He dicho que Los predilectos es mi novela más personal no por las historias que cuento si no porque la materia de todos y cada uno de los personajes la saqué de mí, de lo que soy o he sido, de lo que pienso o he pensado, etcétera. La máscara es artificial y su mundo interior es completamente humano.

 

 

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Javier Moro Hernández

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