Opinión

La maldición de Príapo. Sobre la castración química para los violadores

Hace apenas una semana un diputado del H. Congreso Legislativo de Chihuahua, para más señas perteneciente al partido Movimiento Ciudadano, tuvo la desafortunada ocurrencia de sugerir ante el pleno, la modificación del Artículo 172 del Código Penal que impone la pena de 6 a 20 años para violadores y abusadores sexuales, y cambiarlo por la castración química. Para colmo de vergüenzas, sus compañeros pertenecientes a los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional aplaudieron la propuesta. Esto nos confirma que las viejas ideas y los viejos errores tardan en morir. Como una tenue luz de prudencia, el ombudsman local sugirió que primeramente “se informaran”.

Es penoso recordar que hace unas dos o tres legislaturas, a un diputado de nuestro congreso aguascalentense (cuyo nombre felizmente olvidé) se le ocurrió hacer la misma recomendación.

Es oportuno recordarles a los actuales legisladores, antes de que se les antoje volver a sacar el tema, que la castración química es una aberración moral, legal, psicológica y fisiológica. Quien se atreva a proponer semejante tratamiento para reducir los delitos por abuso o violación, es que no tiene la menor idea de lo que es la psicopatología sexual.

El violador o abusador tiene un grave conflicto mental. Los orígenes son muy diversos y puede ser congénito, o sea que nació con esa disfunción. Puede ser adquirido por maltrato infantil. Es posible también que se adquiera por deformación, cuando el niño viven en ambientes de gran hostilidad y una sexualidad abierta y desvirtuada, como ocurre con niños que crecen en penales, en prostíbulos o en barrios de alta violencia. Su problema NO está en los genitales, está en el cerebro. Por lo tanto el tratamiento es a base de separación, o sea el encarcelamiento, pero que obligadamente debe ir acompañado de tratamiento psicológico, de lo contrario, la prisión no le sirve, y puede agravar su problema.

Los argumentos que suelen aportar los defensores de la castración química es que en muchos países ya está autorizada. Estados Unidos, Francia y Polonia principalmente. Olvidan decir que aun cuando está autorizada es prácticamente nula su realización ya que los resultados son totalmente negativos.

¿Cómo se realiza este tratamiento? Mediante inyecciones trimestrales de acetato de medroxiprogesterona, que es una hormona femenina o estrógeno. ¿Qué ocurre? Efectivamente al hombre se le reduce el apetito sexual y no puede tener erección. Pero además le crecerán las mamas, perderá pelo en la barba y otras partes del cuerpo y en algunos casos hasta llega a adelgazársele la voz. Se feminiza. Si el hombre ya de por sí tenía una patología sexual que no lograba controlar ¿Cómo se sentirá ahora? Los niveles de resentimiento y agresividad crecerán hasta niveles incalculables. Sentirá un enorme rencor contra las autoridades judiciales que le hicieron semejante daño y entonces buscará cobrar venganza ¿Contra quién? No contra la policía o los jueces, ni siquiera con la persona que le aplica las inyecciones, sino contra los más débiles, otros niños. El remedio, peor que la enfermedad.

El asunto, como casi todo lo que pasa en la vida, no es nuevo. En la Italia medieval comenzaron a usarse las sales de nitro (el salitre de las paredes) (KNO3) para conservar algunos embutidos, particularmente el salami. Por similitudes de imagen y por la picardía local, los comentarios sarcásticos que hacían a los cocineros que fabricaban los salchichones, era decirles impotentes (disfunción eréctil) y que ello se debía a las sales que usaban como conservadores del alimento. Sólo que la broma se convirtió en superstición y desde entonces en los colegios de adolescentes varones y en los cuarteles militares, se aderezaba la comida con sales de nitro, para reducir el apetito sexual de los internos. Si acaso funcionaba era más por el efecto placebo que por su acción fisiológica. Está comprobado que las mencionadas sales no ocasionan ningún efecto en la sexualidad de hombres o de mujeres.

Incluso la mitología griega, tan sabia en cuestiones de la vida real, narra la historia de Príapo, hijo de Dionisio (dios del vino) y de Afrodita (diosa del amor), era un dios menor, con un pene de grandes dimensiones que vagaba por el mundo intentando violar doncellas. En castigo, Juno, la diosa madre y protectora de niños y jovencitas, lo castigó condenándole a que nunca fuera amado por nadie. Un castigo inmenso para alguien quien no tuvo la culpa de haber nacido así.

Los violadores y abusadores sexuales en su enorme mayoría nacieron así. No son culpables de su problema, aunque sí son responsables por sus actos. Por ello la justicia que merecen es sancionarles por el daño que infringen a las víctimas, pero al mismo tiempo y con la misma intensidad se les daba dar ayuda psicológica para que resuelvan o controlen su patología mental.


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Héctor Grijalva

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