Opinión

Palabras provocativas

 

Contra la idea de que la poesía refleja la realidad, el interior del poeta o cualquier otra cosa, en algún momento del siglo pasado surgió la visión de la poesía como la producción de una realidad hasta entonces inexistente. Este enfoque modificó la manera de entender la poesía y el arte en general, condenados a la incomprensión en la medida en que nuestros maestros los veían como espejos donde podíamos encontrar algo externo a ellos, desde injusticias y desigualdades sociales hasta miedos y obsesiones de los poetas y artistas.

Desde entonces, la crítica se acerca a las obras con instrumentos más finos que la simple teoría del reflejo, insostenible para quienes piensan que ni el mundo extra-artístico ni el interior de los autores están concluidos, como para encontrarlos simplemente reflejados en un escrito, una pintura o una composición musical. En lugar de semejante candidez, resulta más conveniente hablar de la expresión de ciertos contenidos y de la productividad de significados inéditos y realidades novedosas.

Pues bien, si la actividad poética se caracteriza por su productividad, la de Renata Armas tiene como producto o consecuencia una provocación y, en la medida que ésta nos alcanza, el lugar donde se da ese hecho se convierte en un nuevo punto de arranque, a partir del cual pueden suceder cosas imprevistas, en las que jamás habíamos pensado y tal vez ni siquiera deseábamos. Pero están ahí, aunque no las queramos.

De acuerdo con el Breve diccionario etimológico de la lengua española, de Guido Gómez de Silva (México, FCE, 1989, p. 573), entendemos provocar como: ‘incitar al enojo, irritar; incitar a la acción, estimular’: latín provocare (‘provocar; desafiar; hacer salir, llamar para que salga’, de pro- ‘hacia fuera, hacia delante’ (véase pro-1, per-) + vocare ‘llamar’.

La escritura poética de Renata Armas muestra este carácter de provocación en su más reciente título: Bar y tono (Guadalajara, Jalisco, Ediciones El Viaje, 2013), que se puede leer como una sola o como tres palabras, que después de recorrer senderos particulares van a dar al mar de las lecturas libres. Esto incita al lector a realizar acciones que tienen como consecuencia un ser verbal antes inexistente, de doble cara: el cantante con cierta tesitura de voz, más bien grave y asociada a cantantes masculinos; o el ambiente festivo de un lugar que visitamos para entonarnos. Desde este momento tenemos la posibilidad de cantar más o menos entonados o de entonarnos para cantar mejor.

Según el poema que da título al volumen, “las palabras intoxican”, en franca analogía entre esos bichos verbales y el alcohol. O cualquier otra sustancia capaz de alterarnos provocándonos cambios en nuestra percepción, pero también en nuestra emisión de mensajes. Su lectura cambia tanto la manera en que recibimos las impresiones del mundo sensible como los modos que tenemos de soltar las amarras de esas grandes naves hechas de palabras que llamamos libros para que naveguen entre nosotros.

Así, como toda la poesía verdaderamente grande, la de estas páginas aspira a transformar nuestra manera de entender el mundo y a nosotros en él. Para lograrlo, nos pica y muerde, despertándonos de la siesta inducida por el lenguaje doméstico, estéril, previsible; pero también nos besa y lame, incitándonos a tomar un lugar en su cubierta siempre bamboleante, a punto de zozobrar pero que por algún desconocido motivo logra mantenerse a flote, con nosotros a bordo.

Entre los recursos utilizados destacan las repeticiones que, a semejanza de rieles que dirigen el avance de las ruedas de un tren hecho de palabras, conducen al lector hasta el ámbito del poema. Los rasgos de este espacio que no existe hasta que entramos en él pueden entonces cambiar tanto como su ocupante. Sin embargo, entre los elementos más comunes con que está construido se pueden mencionar las repeticiones, que arrojan letanías, generan un ritmo y delinean un cuerpo verbal. Dependiendo de cómo se encuentren acompañadas, las reiteraciones dejan de aparecer como insistencias de lo mismo para mostrar sus variaciones hasta revelar las mutaciones de lo que ya no coincide consigo mismo y nos dice algo diferente, a pesar de que su apariencia coincide en todo con la de las cosas más familiares para nosotros.

Antes que hablar de temas (amor-desamor, soledad-solidaridad, vida-muerte, etcétera), conviene hablar de procedimientos provocativos. La lectura de estas páginas nos llevará a un lugar en el que, si atendemos a estas incitaciones, encontraremos motivos para iniciar un nuevo viaje, cuyo principal atractivo consiste en tener por derroteros puntos y regiones nuevos para nosotros mismos. Llamados por estos poemas a salir de nuestra domesticidad o para adelantarnos a nuestro propio avance, agradecemos que existan poetas como Renata y obras como esta para recordarnos que nuestro destino se encuentra más allá de lo que hasta ahora hemos conseguido. Y nos incita a buscarlo dentro y fuera de sus páginas.


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Ricardo Esquer

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