Opinión

El derecho fundamental al Medio Ambiente Sano

 

Agradezco a la OSC Visión Aguascalientes su amable invitación a través de mi querido colega José Carlos Romo para participar el pasado 28 de junio en el Foro de Derechos Humanos que organizaron. Aquí ofrezco una versión de mi participación escrita en dicho foro. Vaya una entusiasta enhorabuena para esa iniciativa que ojalá continúe con otros temas de interés público para nuestro estado. Sin duda que hay mucho que decir y que hacer en materia de derechos fundamentales.

Casi resulta normal pensar que en principio no se considerase al medio ambiente sano como un derecho fundamental, más si se tiene en cuenta que la preocupación por este tema es relativamente nueva, en el mejor de los casos no más de 50 años. Sin embargo, las transformaciones económicas y sociales en las pasadas décadas, así como la grave alteración antrópica del medio natural, que ha desembocado en un cambio climático acelerado, han obligado a los estados y los gobiernos en casi todo el mundo a regular con gran profusión las medidas necesarias para garantizar la protección de un entorno que nos es común.

Pero no es tan común encontrar hoy en día un ordenamiento constitucional que recoja en su capítulo de derechos fundamentales o garantías del gobernado la enunciación del derecho a la vida como derecho fundamental. Ello es así también en numerosas declaraciones internacionales y tratados internacionales, aun cuando parece clara la indudable relación existente entre el derecho a la vida y la protección al Medio Ambiente. Enormes desastres ambientales como los de Chernóbil, en Ucrania o Bhopal, en India, ponen de manifiesto la, por desgracia, evitable pérdida de vidas humanas asociada a catástrofes ambientales extremas, aunque no es necesario acudir a ejemplos tan graves como los mencionados para entender que el derecho humano a la vida se ve amenazado siempre que se degrada al aire, el cielo, la tierra o el agua. Tal es el caso de la aguda contaminación atmosférica en las ciudades de México, donde el caso de Aguascalientes no es la excepción. Se sabe, por ejemplo, que la contaminación del aire por gases provenientes de vehículos automotores en las ciudades representa aproximadamente el 80% de la contaminación atmosférica, y sin embargo es muy cuestionable la eficacia de los programas obligatorios de verificación vehicular instaurados hasta ahora en algunas entidades federativas del país y en la capital, pues sólo parecen pretender sancionar y recaudar, sin lograr una incidencia real y medible en la remediación de la contaminación del aire.

Es así que pese a que la protección del Medio Ambiente es esencial para el desarrollo del derecho a la vida, muchos expertos cuestionan todavía la existencia de un verdadero derecho fundamental al Medio Ambiente sano. A este “nuevo derecho” se le ha situado dentro de los llamados derechos de solidaridad, o de tercera generación, tales como el derecho a la paz o al desarrollo. Pero estos contenidos no se definen de manera clara, y su aparición es relativamente reciente. Se trata entonces de derechos que tienen que ser efectivos a través de la intervención del estado, como los denominados de segunda generación. Ellos son los derechos económicos, sociales y culturales, como el derecho a la salud, al trabajo o a la vivienda. Y es claro que la vigencia de estos derechos se condiciona por las posibilidades de desarrollo de los mismos en cada país y la voluntad política de los estados para hacer su tutela efectiva y expedita. Lo contrario ocurre con los derechos denominados de primera generación o claramente fundamentales, como el derecho a la vida o a la libertad, cuya existencia ciertamente no depende de ninguna actividad estatal. Ellos fueron los primeros en ser consagrados en las declaraciones de derechos humanos, mismas en las que no aparecía formulado el derecho al Medio Ambiente en forma expresa.

No obstante, en esas primeras declaraciones ya se reconocía indirectamente la relación entre el medio ambiente y el derecho a la vida. Por ejemplo, la Declaración de las Naciones Unidas de 1948 establecía que: toda persona tiene derecho a un nivel adecuado de vida que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar. En la misma línea se puede citar al Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966, que ya hacía referencia expresa al Medio Ambiente como un requisito indispensable para el desarrollo de las personas.

Aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, es preciso recordar tres cuestiones importantes:

Decir que existen derechos humanos o derechos del hombre equivale a afirmar que existen derechos que el hombre posee por el hecho de ser tal, por su propia naturaleza y dignidad, que le son inherentes y que están lejos de nacer de una concesión de la sociedad en tanto entidad política, sino que más bien han de ser por ella consagrados y garantizados. Así, los derechos humanos representan el contenido esencial de la ética pública en tiempos modernos, realizados a través del derecho. Estos expresan la legitimidad del poder público en una sociedad democrática. Se supone entonces que los grandes valores de libertad, igualdad, seguridad y solidaridad, que derivan de la dignidad humana, fundan directamente a los derechos humanos. La progresiva afirmación de los derechos humanos en el Derecho Internacional contemporáneo ha propiciado que junto al principio de afirmación de soberanía de los estados, haya aparecido otro principio constitucional de orden internacional, el de la dignidad intrínseca del ser humano. Así los derechos humanos se conciben hoy como derechos individuales y universales, por encima de la ideología, la cultura o la religión que se profese.

Cotejando la Declaración Universal de 1948, la Carta Social Europea de 1961, o el Protocolo de San Salvador de 1988, pueden encontrarse y enumerarse los derechos de tercera generación: 1. El derecho a un orden internacional apto para los derechos humanos. 2. El derecho a la libre determinación de los pueblos y la libre disposición de sus riqueza y los recursos naturales, 3. El derecho de las minorías étnicas, religiosas o lingüísticas a su cultura, su religión y su lengua. 4. El derecho de los trabajadores migrantes a trabajar bajo condiciones dignas y justas, 5. El derecho al Medio Ambiente.

No es ocioso agregar aquí que la problemática ambiental es de hecho la última frontera del derecho público por cuanto la naturaleza patrimonial, en la cual se asienta y se inserta el hombre, y se concibe cada vez más como el bien común por excelencia. De ahí que de un tiempo a la fecha proliferan los convenios y tratados sobre temas ambientales, así como la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo Sostenible, adoptada en Río de Janeiro en junio de 1992, y que ha sido tomada como el punto de partida de una codificación general del nuevo derecho ambiental internacional.

Pero ciertas organizaciones internacionales, como el Consejo de Europa, El Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950, o la propia Unión Europea, se han caracterizado por no aceptar el derecho al medio ambiente como un derecho humano, frente a otras organizaciones internacionales que sí lo han aceptado.

En todo caso, para autores como Antonio Vercher o Shelton no está del todo clara la frontera entre la aceptación del derecho al medio ambiente como derecho humano, aunque el hecho incuestionable es que la degradación del ambiente y su evitación son el más elemental tema de sobrevivencia en cualquier lugar y al tiempo para todo el mundo. Por eso, no sobra en ninguna carta constitucional habida y por haber el reconocimiento del derecho al Medio Ambiente como un derecho fundamental. Tampoco sobraría en las constituciones políticas de todas las entidades federativas de los Estados Unidos Mexicanos; tal es el caso de Aguascalientes; así como el reconocimiento expreso del medio ambiente como un tema rector y transversal a todas las políticas públicas, gobierne el color o el partido que gobierne.

@efpasillas


Vídeo Recomendado


The Author

Enrique F. Pasillas

Enrique F. Pasillas

No Comment

¡Participa!