Opinión

Salvador Allende (Morandé 80) / H+D

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Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino.

Superarán otros hombres este momento gris y amargo,

donde la traición pretende imponerse.

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde,

se abrirán las grandes alamedas por donde

pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!

Salvador Allende

*Desde Santiago de Chile. Las anteriores fueron las últimas palabras de uno de los líderes políticos más grandes que ha dado el continente Americano en toda su historia, y que hoy es parte fundamental de la gran mayoría del pueblo chileno como líder moral, ético e ideológico. Hoy he visitado el Palacio de la Moneda en la Plaza de la Constitución, el corazón político de Chile, y he dirigido mis pasos a Morandé 80.

Morandé 80 es la dirección de la puerta ubicada en la fachada este del Palacio de la Moneda, la puerta fue construida en 1906 por el Presidente Pedro Montt, quien mandó a abrirla para poder entrar al Palacio de manera informal (sin recibir el saludo protocolar de honor de la Guardia Presidencial), hasta 1958 el Presidente de Chile vivía en “La Moneda”, usando esta puerta para entrar a la residencia presidencial, también se salía desde ahí de forma simbólica después de terminar el mandato presidencial. Esta puerta fue cruzada por última vez por el presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, por ella fueron retirados sus restos mortales; sería clausurada y cubierta por 30 años.

Es 1970 y Chile está por iniciar una de las etapas históricas de mayor enseñanza para los pueblos del mundo y para el desarrollo de Latinoamérica, el 4 de septiembre el pueblo chileno, a través de elecciones democráticas, eligió al primer presidente en su historia que proclamaba un socialismo en democracia; así, apoyado por el campesino, el obrero, los intelectuales, las clases populares, el pueblo, el gobierno de la Unidad Popular se convertía en ejemplo mundial de una izquierda revolucionaria con un proceso de justicia social sin derramamiento de sangre.

El proceso para el triunfo de un movimiento social venía desde la década de los 30, sumando sectores políticos y fuerzas progresistas, socialistas, comunistas, radicales y socialdemócratas que habían apoyado a Allende en sus candidaturas pasadas (1952, 58, el 64 y el 70, apoyado por el Partido Comunista que deja de lado a su candidato, Pablo Neruda), periodo en donde se fue cimentando un amplio movimiento social y político revolucionario que buscaba transformaciones profundas en Chile. Allende fue el gran líder de la Unidad Popular -coalición de izquierda- y dio forma a su proyecto de gobierno a través de la “Vía Chilena al Socialismo”. Ahí los dos discursos hegemónicos en el mundo dejaron de monopolizar el pensamiento latinoamericano, ya cuestionado años atrás por la Revolución Cubana y Fidel Castro, pero ahora con amplias expectativas para los pueblos del cono sur con “la revolución con empanadas y vino tinto”, como la llamaba el propio Allende. Concebía el socialismo como un humanismo, libertad e igualdad como estandarte, contrario a todo dogma y la violencia como forma de lucha, estas ideas de transmisión simple pero de compleja estructura política e ideológica transformaban la realidad de una sociedad agobiada por el atraso y la pobreza, propios de la dependencia y el subdesarrollo.

Su gobierno alcanzó importantes logros en educación, distribución del ingreso, salud, vivienda, cultura y devolver al Estado la propiedad del cobre en Chile (el 11 de julio de 1971 se instituye como “Día de la Dignidad Nacional”) y la implementación de una reforma agraria; este carácter de pensamiento independiente y de alto compromiso popular se manifestó incorporándose al Movimiento de Países no Alineados. Chile con Allende creyó que la utopía era posible. Ya había pronunciado en su discurso de celebración al ganar la presidencia: “Irán a sus trabajos, mañana o el lunes, alegres y cantando; cantando la victoria tan legítimamente alcanzada y cantando al futuro”.

Estas profundas transformaciones iban a permitir solidificar un Estado progresista, industrializado, con miras de igualdad y justicia social. Ese inicio de la década del 70 fue caracterizada por las grandes manifestaciones populares, los artistas y la cultura como motores, la organización social y sindical consolidándose, los estudiantes, campesinos y obreros bajo un mismo frente político a lo largo de todo el país en la Unidad Popular, construyendo un país posible liderado por el Compañero Presidente o del Chicho, como el pueblo lo llamaba. Pero también fue uno de los momentos más complejos de la historia chilena, tiempo de luz y sombra, donde el pueblo y su gobierno contendieron con varios frentes: desde la derecha golpista y su constante hostigamiento económico y mediático, la incomprensión de la ultraizquierda y sus demandas, el embargo e intromisión del gobierno norteamericano de Nixon -con todo el potencial que esto implicó. Henry Kissinger justificó la campaña intervencionista en Chile arguyendo: “No podemos aceptar que un país vaya al comunismo por la irresponsabilidad de su propia gente”.

La utopía imaginada fue rota abruptamente. El 11 de septiembre de 1973, a las 6:20 de la mañana, Allende es informado del desarrollo de un golpe militar, tomará la decisión de enfrentar al fascismo desde el Palacio de la Moneda, entrará por la puerta principal. Ya con el golpe de estado en plena movilización, la junta fascista lo conmina a la renuncia de su cargo, la rendición y el exilio; Allende responde: “como generales traidores que son, no conocen a los hombres de honor”, rechazando el ultimátum. Al mediodía se inicia el bombardeo liderado por los militares, refuta reiteradamente la oferta de exilio y combate junto a su guardia y colaboradores dentro del Palacio. El edificio fue bombardeado por cañones del Ejército de Chile y por los cohetes Sura 3, de dos aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile, quedando parcialmente destruido, los primeros rockets cayeron en el Patio de Invierno que está en el centro de La Moneda, perforando los techos y estallando en el interior. Los impactos se suceden unos a otros, mientras la Plaza de la Constitución es sitiada con la artillería, los tanques y la infantería disparando a Palacio. Allende combate personalmente el ataque acompañado de un pequeño grupo de colaboradores con poco armamento. En palabras del discurso del 28 de septiembre de 1973, Fidel Castro, en la plaza de la Revolución en la Habana, anotará: El propio presidente cargó sobre sus hombros numerosas armas para reforzar los puestos de combate, exclamando: “Así se escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el resto”.

Los fascistas introducen carros blindados, tropas y tanques por la calle Morandé 80, mientras el Palacio arde y Allende, combatiendo, resiste por esa puerta la entrada del fascismo chileno que se había levantado contra el gobierno de la Unidad Popular. Allende y 40 hombres resistieron durante casi siete horas el golpe militar efectuado con la infantería, los tanques y la aviación de los generales golpistas. Sin polemizar, Allende sería asesinado en el Palacio de la Moneda y con él un futuro de millones de chilenos. Nunca en este continente ningún presidente protagonizó tan dramática hazaña.

Ese día, horas más tarde, los restos mortales del presidente Allende fueron retirados por Morandé 80, y luego de la reconstrucción del Palacio la puerta fue cubierta por orden de Augusto Pinochet, quien encabezaría una despiadada dictadura militar de largos 17 años, tapándola creyó evitar su simbolismo. Sin embargo, después del regreso de la democracia en Chile, la dirección de esa puerta es usada como símbolo de Salvador Allende y la Unidad Popular. El 11 de septiembre del 2003, 30 años después del Golpe Militar, el presidente Ricardo Lagos Escobar reabrió la puerta durante una ceremonia. La actual presidenta Michelle Bachelet dispuso la restauración del Salón Independencia donde falleciera Allende.

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