Opinión

Víctor Jara / H+D

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Yo no sé lo que es el destino,

caminando fui lo que fui,

allá dios, que será divino.

Yo me muero como viví.

Silvio Rodríguez. (Fragmento de “El necio”, Silvio, 1992, CD)

Desde Coquimbo, Chile. Me acerqué a él por el enorme poder de la reina madre música que es incuestionable, a la edad de mi encuentro con su nombre, no sabía nada de Chile, de comunismo o capitalismo, mucho menos de folklore latinoamericano, tampoco de un tal Pinochet, Allende, La Moneda, Kissinger, el FMI, el plan cóndor, los desaparecidos, el Estadio Nacional, la picana, las torturas, los escuadrones de la muerte, las luchas sindicales, los campesinos, los obreros, las oligarquías, los banqueros, y tantas otras cosas, de balas y flores. Era apenas un chamo de 12 años cuando escucho en mis walkman el estribillo que empezaría de a poco a llevarme al camino. “Matador, mira hermano en que terminaste por pelear por un mundo mejor, que suenan, son balas, me alcanzan, me atrapan, resiste, Víctor Jara no calla” eran los Fabulosos Cadillacs con su canción “Matador” en su disco Vasos Vacíos y desde ahí Latinoamérica me llamaba a recorrerla.

Jara nacido en 1932 en una familia humilde encara lo que un ser humano es capaz de hacer con tesón y humildad en el corazón, hijo de padres campesinos sabría a temprana edad lo duro de trabajar en el campo, en un suelo que no le pertenecía a su padre Manuel y que trabajaba incansablemente para alguien más, su madre Amanda a atender a los hijos, el hogar y enseñarle a su hijo empecinadamente a leer y escribir a regañadientes del padre el cual sólo se concentraba en el campo y en olvidar el trabajo con alcohol. Los nombres de sus padres lo escribirá muchos años después en su icónica canción “Te recuerdo, Amanda”.

Jara va creciendo, tocaba la guitarra, cantaba, escribía poesía. Su querida madre muere cuando él tiene quince años, pérdida que significó la disolución de la familia. Entra al Seminario Redentorista de San Bernardo. Deja el seminario y es llamado al Servicio Militar. Echando de menos la música entra al coro de la Universidad de Chile para cantar en la obra Carmina Burana. En 1958 se inicia como folklorista en el conjunto Cuncumén, estando ahí ingresa a la Escuela de Teatro de la Universidad, realizando ambas actividades en paralelo.

Entre 1962-63 termina sus estudios de Dirección Teatral y el Instituto de Teatro de la Universidad de Chile lo contrata para su equipo de directores, aquí a través del hondo bagaje campesino de Jara el teatro puede tocar hondo en el alma del pueblo por medio del folklore. Es una joven director promesa del Teatro Chileno, sin un lugar fijo donde dormir -a veces en la propia Universidad- pasando penumbras económicas y situaciones de carencia que no son obstáculo para su pleno desarrollo creativo y personal, en 1965, fue galardonado con el ‘Laurel de Oro’ por la mejor dirección del año, su talento como director teatral hace que el British Council lo invitara una temporada en Inglaterra para observar ensayos de diferentes compañías y la enseñanza en las escuelas de teatro inglesas. Víctor en simultáneo no deja de tocar la guitarra su compañera de batalla más fiel, no deja de cantar e interiorizarse, de poetizar problemas sociales, idiosincrasia chilena, la libertad, la vida, la sencillez, las casitas del barrio alto, la mujer, la tierra, la sonrisa. Con el conjunto de folklore realiza en 1962 una gira por Europa, visitando países socialistas como Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria y la Unión Soviética. Conoce a la inmensa Violeta Parra, la cual ejerce una impronta fecunda en su creación musical, y comparten las ideas sobre el papel que debería tener la canción popular en la creación artística.

En Jara, el hombre y el artista es una aleación que se retroalimenta y ejerce un diálogo abierto y anti ortodoxo, fresco y liberador, constante para expresar su época y su visión de país que vería en Salvador Allende su cima ideológica. Cada vez más profundiza su rol de artista-militante comprometido con el Socialismo y Comunismo, el artista para él será el creador auténtico y por lo tanto, en su esencia, un revolucionario, trabajará incesantemente para lograr llevar un gobierno popular al poder. En 1970, la campaña electoral de Allende con la Unidad Popular se alimenta sonoramente de la explosión del fenómeno de la nueva canción chilena y el compromiso político de Víctor es desmesuradamente audaz y esperanzador, con su guitarra y con sus versos sería el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende

La victoria de Allende en las urnas, la primera de un marxista en Occidente en plena guerra fría, sorprendió a Estados Unidos y ensanchó esperanzas en muchos países, aliándose con Cuba, donde Jara había estado diez años antes en pleno inicio de la Revolución y donde regresaría en 1972 para conocer a los músicos de la Nueva Trova como Nicole Nicola, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez para ir a cantar a la Sierra Maestra. Ese mismo año se celebró el 50 aniversario del Partido Comunista en Chile, Jara dirigió a cientos de actores, ninguno de carrera, sino campesinos, obreros, recolectores de basura, docentes, etc. para contar “La Historia del movimiento obrero chileno”, clausuró el Séptimo Congreso de las Juventudes Comunistas de Chile y cerraría el año 72 con el homenaje masivo que el pueblo le brindaría a Pablo Neruda su reciente Premio Nobel de Literatura.

Pero el gobierno popular de Allende enfrentaba a diario los intereses de la oligarquía local y al más voraz imperialismo en medio de una gran agitación social acentuada por los intentos de la administración Nixon por desestabilizar el gobierno con una campaña intervencionista exacerbada por la derecha chilena -militares, iglesia, oligarquía.

El 11 de Septiembre de 1973, Víctor cantaría en la Universidad Técnica del Estado en Santiago de Chile donde acudiría el Presidente Allende respaldado por la inmensa comunidad académica y estudiantil, -presuntamente llamaría a un plebiscito donde se decidiría si tenía o no el apoyo popular para seguir en el poder-. Allende nunca llegó. Los militares golpistas bombardearían el Palacio de La Moneda, donde el Presidente por radio pide a los trabajadores que permanezcan en sus puestos, que no se dejen provocar, y anticipa en su lúcido discurso final que otras generaciones superarán ese momento. Será asesinado en el mismo palacio.

Cientos de académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad que esperaban a Allende incluyendo a Jara son tomados prisioneros y transportados al Estadio Chile. Ahí a Víctor le destrozan las manos a culetazos a sabiendas de quién era y qué representaba, fue torturado lentamente y con la mayor saña por un par de días, los militares jugaron a la ruleta rusa con él, y finalmente fue asesinado de 44 disparos. Tenía 41 años, una esposa, dos hijos. El ensañamiento con Jara fue uno de los signos de la dictadura de Pinochet, dejando miles de muertos y desaparecidos, torturados y decenas de miles de exiliados. La imagen que me gusta recordar de Víctor, es una fotografía blanco y negro en un banco cuando estudiaba teatro con sus compañeros de sueños y esperanzas, y él ahí, sonriendo al futuro tan lúcidamente como aquel que sabe que sólo se trata de vivir. Ahora los caminos me han traído a él y yo lo llevaré conmigo por siempre.

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